Capítulo Nueve
¿Confías más en él que en mí?
— Aladdín
—En el próximo partido, tu padre y yo iremos sin falta, cariño. —Escucho la dulce voz de mi madre al otro lado de la línea.
Victoria siempre fue lo opuesto a todo lo que representaba la dura vida de mi padre.
Es el tipo de madre que cualquiera soñaría tener: cariñosa, paciente, intensa sin asfixiar.
Su fuerza nace del silencio, del cuidado en los detalles, de las palabras suaves que consiguen alcanzarte incluso en los peores días.
Apoyo el celular sobre el escritorio junto a la cama. Aparece en la videollamada con su viejo pijama azul, ese que asegura que realza su tono de piel. Sonrío sin darme cuenta.
—Relájate, mamá. Sabes que entiendo la agitada vida del señor «Oliver Thompson». —Hago comillas con los dedos, provocándola, y ella suelta una risa nasal, intentando ocultar su impaciencia.
Mi padre siempre fue más una presencia en la pared que dentro de casa. No era un mal padre, ni mucho menos. Siempre fue educado, honesto, nunca me faltó al respeto. Pero nunca estuvo realmente ahí. El afecto, los cuidados... eso quedó en manos de mi madre.
Exjugador de la NHL, Oliver prefirió estar en los estadios antes que acompañar a mi madre a sus consultas médicas. Aunque yo no fui planeado, fue ella quien tuvo que cargar con todo sola.
Después, cuando intentó tener otro hijo, sufrió un aborto espontáneo y una cirugía que le impidió volver a quedar embarazada. Cayó en una depresión que duró años, mientras mi padre acumulaba entrevistas, torneos y ausencias.
Hoy dice que eligió trabajar desde casa para estar cerca de mí, pero sé que fue la vida la que se lo exigió.
Su salud mental ya no le permitía seguir con el ritmo frenético de uno de los bufetes de abogados más grandes.
Y, aun con todo eso ocurriendo, él nunca se quedó.
Nunca renunció a su carrera por nosotros.
Con el tiempo, dejé de preguntar. Simplemente fui registrándolo todo. Cada ausencia, cada silencio.
Cuando se retiró, pensé que quizá las cosas cambiarían. Pero cambió el hielo de las pistas por los focos de las cámaras. Comerciales, entrevistas y ahora esa idea loca de entrenar a un equipo de la NHL.
Y, en medio de todo eso, todavía consiguió planear mi vida entera.
Hockey. Ser jugador profesional. Ser el mejor. Todo perfectamente organizado. Sin preguntarme jamás si eso era realmente lo que yo quería.
Lo peor es que se lo permití. Cedí. Simplemente acepté.
—Sabes que últimamente no está tan ocupado. De hecho, dentro de poco llegará a casa —dice mi madre, mirando el reloj de su muñeca—. Salió de Los Angeles hace unas horas. Dijo que llegará alrededor de las nueve.
Asiento mientras abro el armario y saco la sudadera del equipo. Ganamos hoy. Ganamos la temporada regular. Eso nos coloca en el torneo de conferencias de la próxima semana. Y, sinceramente, los equipos que van a competir... son monstruos.
—Mamá, tengo que colgar. Los chicos me están esperando, habrá una fiesta esta noche —aviso, inclinándome un poco más hacia la pantalla.
Abre mucho los ojos, divertida.
—Guau, una fiesta universitaria después de una victoria. Cuídate, semental —bromea, con esa sonrisa ladeada que me hace reír.
—Siempre me cuido, mamá —me encojo de hombros.
Está a punto de responder cuando aparta la mirada y, de repente, el rostro de mi padre ocupa la pantalla. Besa la parte superior de su cabeza y luego sus ojos verdes se clavan en mí al otro lado de la llamada.
— Miren nada más a mi campeón... Dos goles en menos de cinco minutos. ¡Eso es sangre Thompson! —dice con ese entusiasmo que parece ensayado.
Esbozo media sonrisa contenida.
—Gracias. Pero tengo que irme. Me alegra verte, papá —digo, firme, directo.
Asiente y, antes de que termine la llamada, mi madre recupera el celular de sus manos.
— Nate, cuida de Mads. Ella va a la fiesta, ¿verdad?
Abro los ojos, sorprendido. ¿Cómo que va a ir? Ayer comentó algo con Sebastian, pero juré que solo lo había dicho por decir. Dudo que Chase se lo permita. Y, sinceramente, yo no estoy preparado.
—Mmm... creo que no. Ha estado ocupada.
— Ah, claro que va. Hablamos esta mañana. Le dije que se permitiera vivir todo lo que la vida universitaria puede ofrecer. Esta etapa no vuelve, cariño. Pero cuídala, ¿sí? Y sin exagerar, con Chase ya es suficiente —dice, sonriendo con ese hoyuelo que yo también heredé.
—Cuenta conmigo. Adiós a los dos —termino sin esperar respuesta y cuelgo.
Respiro hondo. Espero de verdad que no vaya. No quiero estar en la misma fiesta que ella. Con Mads. La chica a la que pasé años intentando olvidar, a la que lastimé de la peor manera y que ahora vive en la habitación de al lado.
La misma que anoche, en plena madrugada, me dejó con la extraña sensación de que me observaba mientras tocaba la guitarra. Como si todavía me escuchara, igual que hacía cuando era más joven.
Infierno. No estoy preparado para esto.
Guardo el celular en el bolsillo y abro la puerta de la habitación, recorriendo el pasillo en silencio. Lanzo una rápida mirada hacia su puerta: cerrada. Gracias a Dios. Debe de estar durmiendo. O meditando. O planeando mi muerte, quién sabe. Lo único que sé es que, por ahora, está tranquila.
Bajo las escaleras a toda prisa y ya preparo mi mente para el ataque verbal que sé que comenzará en tres, dos, uno...
—Joder, ¿te estabas arreglando para una boda? —La voz burlona de Chase me golpea como una patada en el estómago.
Pongo los ojos en blanco antes siquiera de pisar la sala.
—Solo si él es la novia, porque tardó tanto que pensé que bajaría con velo —añade Justin, levantándose del sofá con esa sonrisa idiota pegada a la cara.
—Váyanse a la mierda, estaba hablando con mis padres —refunfuño, lanzando las llaves del auto al aire y atrapándolas de nuevo. Chase simplemente asiente, comprendiendo. Justin, en cambio, niega con la cabeza, incrédulo.
—Esa excusita ya está vieja. Siempre eres el último en bajar, campeón. Acéptalo.
—Cállate, Justin. Tú solo no tardas más porque tu abuela te plancha la ropa y hasta la dobla en tres partes iguales para que no se arrugue —suelto, haciendo que levante el dedo medio al instante.
Chase se carcajea, casi atragantándose con su propia risa.
Justin, criado por sus abuelos, es el más mimado del grupo y nosotros nos encargamos de recordárselo siempre.
Una vez al mes, doña Glória aparece aquí cargada de pastel de manzana y regaños disfrazados de cariño.
Y, antes de marcharse, le aprieta las mejillas como si todavía tuviera cinco años. Jamás le perdonamos esa escena.
Tomo las llaves de mi Skyline, mi mayor tesoro, y hago un gesto con la cabeza para que salgamos. No pienso beber hoy, mañana tengo examen. Así que seré el conductor de la noche.
Caminamos hasta el auto, que brilla bajo la luz de la calle, pero algo me hace detenerme a mitad de camino.
Miro a ambos lados y el ceño se me frunce prácticamente solo. El Mustang GT rojo... ¿dónde está?
—Oigan, ¿dónde está el auto de Mads? —pregunto como quien comenta cualquier cosa, aunque la alarma ya está parpadeando dentro de mi cabeza.
Abro la puerta y me acomodo en el asiento del conductor. Me vuelvo hacia los chicos, intentando sonar casual:
—¿Y Sebastian? ¿No venía con nosotros?
Justin, desde el asiento trasero, ni siquiera aparta la mirada del celular.
—Ya se fue. Dijo que tenía que llegar antes para recibir las cervezas.
Giro la llave y el motor ruge de maravilla, pero mi mente está lejos. Hay algo raro en esta historia. Muy raro.
—¿Y Madison? —pregunto de nuevo, intentando no sonar desesperado—. El auto de la enana siempre bloquea el mío delante, ¿recuerdas?
Mentira. Nunca estaciona cerca de mi auto. Pero nadie necesita saberlo.
Chase, mientras conecta su celular a la radio, responde:
—El auto de Sebs todavía está en el taller. Él iba a ir temprano y Mads se ofreció a llevarlo. Dijo que le quedaba de camino al estudio y que iba a ensayar.
Frunzo el ceño. Esta historia está mal contada. ¿Madison yendo a ensayar de noche? ¿Cuando quería ir a esta fiesta?
Y Chase, por supuesto, nota mi duda con solo mirarme, así que decido tranquilizarlo.
—Calma, no te vuelvas loco. Dijo que iba al estudio y puede ser verdad. Sebastian no haría eso sin avisarte, menos después de la bronca que le diste aquella mañana.
—Sí, tienes razón, no sería capaz. Y Mads también me avisaría.
Silencio.
La tensión dentro del auto es casi palpable. Hasta Justin dejó el celular. Mi mejor amigo respira hondo y yo también, intentando no explotar antes de tiempo. Pero es difícil. Porque si hay algo que sabemos perfectamente... es que Sebastian sí lo haría. Y con gusto.
La radio reproduce alguna canción animada, pero nadie canta. El ambiente dentro del auto está pesado. La fiesta ni siquiera empezó y yo ya tengo ganas de volver a casa.
Pero ahora... ahora necesito verlo con mis propios ojos. Porque algo me dice que esta noche se va a ir a la mierda.
Estaciono el auto y, antes incluso de detenerme por completo, Chase ya está abriendo la puerta y caminando demasiado rápido, como si tuviera un objetivo en mente.
Salgo tan rápido como puedo y voy detrás de él junto con Justin, pero no tardamos en escuchar una risa familiar. Y no cualquier risa.
La de ella.
A medida que nos acercamos, la escena empieza a tomar forma.
Madison está sentada sobre un tronco de árbol junto a Sebastian.
Su cabello suelto brilla con el reflejo de la fogata, ese rojo que parece tener vida propia.
Lleva los labios pintados con un labial rojo intenso, probablemente nuevo, y el cuerpo cubierto con... ¿LA PUTA SUDADERA DE ÉL?
Se me hunde el estómago. El aire parece desaparecer y mis pies se paralizan.
No consigo moverme, simplemente observo cómo el caos se instala frente a mí.
En cuestión de segundos, Chase, que estaba a mi lado, agarra a Sebastian por la camiseta, como un misil directo a su objetivo.
La escena de la cocina se repite y, esta vez... no estoy seguro de querer impedirlo.