Capítulo Ocho
No necesito un príncipe para ser feliz.
— Valiente.
Arrugo otra hoja de papel y la lanzo hacia la papelera roja de mi habitación. Por supuesto, fallo y cae al suelo. Me da pereza levantarme a recogerla.
Después de una semana ajetreada, llena de ensayos con el grupo y con una presentación programada, necesito demostrar que merezco mi lugar.
Que no fue un error haberme elegido. He estado ensayando todos los días, después de clases e incluso antes de dormir.
Como si eso no fuera suficiente, el semestre apenas empezó y ya tengo un trabajo enorme que entregar en Teatro, Danza y Performance.
Tema: «La importancia de la integración entre ejercicio físico y salud mental: el papel de la terapia en el rendimiento atlético universitario».
Irónicamente, ese tema parece burlarse de mí, considerando cuánto me estoy matando en los entrenamientos y cómo eso me está afectando.
Si llevara esto a mi terapeuta, sé que me diría que bajara el ritmo. Pero no puedo. Para estar entre las mejores, no puedo descansar. Necesito destacar, aunque eso me cueste más de lo que me gustaría.
—Mads. —Escucho dos golpecitos suaves en la puerta y reconozco la voz al instante.
—Puedes abrir. —Enseguida veo aparecer a mi hermano.
Chase es atleta y no lo digo solo porque sea mi hermano, pero es guapo. Cabello claro como sus ojos, físico impecable y un corazón enorme, aunque sé que con las chicas rara vez muestra ese lado más sensible.
Como capitán del equipo de hockey, ya tiene fama de mujeriego. Y sé que es verdad porque llevo pocos días viviendo con él y ya vi a dos chicas diferentes salir de su habitación. Gracias a Dios que es la última del pasillo.
Siempre mantengo la música un poco más alta durante los ensayos. Prefiero no correr el riesgo de escuchar algo y quedar traumatizada para el resto de mi vida.
—Los chicos pidieron pizza y cerveza. Mañana tenemos partido y queremos desconectarnos un poco. Ven a comer y conversar con nosotros. —Por el tono de su voz, sé que está nervioso por el partido. Si no se clasifican, quedan fuera del campeonato.
—Claro, voy. Creo que yo también necesito «desconectarme» un poco. —Hago comillas con los dedos y me levanto de la cama.
—No te estás exigiendo demasiado, ¿verdad? —pregunta, aunque ya sabe la respuesta.
Desde niña, mi vida siempre ha girado en torno a la danza. Entrar en Yale era mi sueño. Pero estar en una de las mejores universidades del país exige mucho. Y, siendo hija de quien soy, siempre esperan más. Crecí escuchando: «¿Eres hija de Ashley? Tu madre era espectacular».
La gente crea expectativas solo por eso. Y sé que con Chase pasa lo mismo. Nuestro padre fue uno de los mejores jugadores de su época en la NHL y también fue capitán del equipo. Vivir bajo la sombra de nuestros padres es jodido a veces.
—Ya sabes... para un Macqueen nunca es suficiente. Siempre tenemos que hacer más que los demás.
Un pesado suspiro escapa de él. Entiende el peso de esas palabras.
—Vamos. —Me pongo los calcetines y mis pantuflas de cerezas.
—Confieso que pensé que esa etapa de las cerezas se te pasaría. —Pone los ojos en blanco mientras bajamos las escaleras.
—¿En serio? Y yo juraba que esa etapa tuya de semental también se te pasaría. —Hace una mueca y yo suelto una carcajada.
Al terminar de bajar, veo a los chicos reunidos en la sala. Están repartidos entre los dos sofás, cada uno con una cerveza en la mano, y hay tres cajas gigantes de pizza sobre la mesa de centro.
Todos están prestando atención a algo que Sebastian está diciendo.
Me cae bien, no solo porque sea guapo y tenga esa aura de nerd, sino porque es divertido.
Hemos hablado unas dos o tres veces desde que me mudé aquí.
Esta semana ha sido agitada para todos, así que todavía me estoy acostumbrando a los chicos.
Justin es el primero en notar mi presencia. Los demás están de espaldas. Una hermosa sonrisa aparece en sus labios.
—¡Mads, hola! Pensé que no vendrías. —Con eso, todos se giran hacia mí, incluido Nathan. Pero aparto la mirada y vuelvo a mirar a Justin.
—Digamos que Chase no me dio muchas opciones hoy. —Me encojo de hombros y mi hermano sonríe mientras me entrega una cerveza.
Camino hasta uno de los sofás y me siento al lado de Sebastian. Puede que esté loca, pero estoy casi segura de que Nathan hizo una mueca por eso. Por segunda vez esta noche, decido ignorarlo.
—Sírvete. —Sebastian señala las cajas de pizza frente a nosotros—. Pedimos varios sabores. Puedes elegir el que quieras.
Abre la tapa y... joder, hay muchísima pizza. ¿En serio van a poder con todo eso? Como si leyera mis pensamientos, mi hermano, que está sentado frente a mí y al lado de Nathan, afirma:
—Sí, nos vamos a comer todo eso. Y Jasper también está por llegar. Confieso que incluso creo que va a faltar.
—No es de extrañar que mamá te llame Hulk a ti y a papá. —Los chicos sueltan una risa ahogada.
Conversamos durante unos minutos. Justin habla de que necesitan marcar bien al otro equipo porque son fuertes. Sebastian me pregunta qué me está pareciendo la universidad. Respondo que la estoy amando y odiando al mismo tiempo, lo que les arranca más risas.
La puerta principal se abre y Jasper entra. Lleva la sudadera del equipo, completamente blanca y con el logo rojo de los Falcons estampado. Pero no es en él en quien me fijo primero, sino en la chica que entra detrás.
Es preciosa. Cabello negro, rizado y voluminoso. Piel negra y luminosa. Los dos parecen haber salido directamente de la portada de una revista. Una pareja de modelos sin hacer el menor esfuerzo.
—Dios mío, no puedo creer que ya no sea la única chica entre estos idiotas. —La voz animada viene acompañada de pasos decididos y, antes de que pueda reaccionar, unos brazos delicados me envuelven en un abrazo apretado.
El perfume a vainilla que desprende me envuelve como una ola reconfortante.
—Soy Margot, mucho gusto. —Se aparta, sonriendo ampliamente, con ese tipo de simpatía que no parece forzada.
—Soy Madison, el gusto es mío —le devuelvo la sonrisa, y ya me cae bien de inmediato.
Jasper, su novio, me saluda con un discreto gesto desde el otro lado de la sala y se acerca a la pizza, tomando dos porciones de una vez. Margot se sienta a mi lado en el sofá y recibe la cerveza que él le tiende, intercambiando una mirada que rebosa cariño.
—Cuéntame, ¿se están portando bien contigo? —pregunta, apoyando uno de los brazos sobre el respaldo del sofá y mirándome directamente a los ojos.
Suelto una risita y doy otro trago a mi cerveza antes de responder:
—Sí. Pero digamos que ya dejé claro que, si se comportan como imbéciles, les pateo las pelotas sin pensarlo dos veces.
—¡Así se habla, chica! —Levanta la mano y brindamos con un ligero choque de botellas.
Miro a mi alrededor, pero todos los chicos parecen demasiado concentrados en la conversación sobre el partido de mañana como para prestarnos atención. El ambiente es relajado, aunque sé que todos están tensos por dentro.
Margot se acomoda mejor en el sofá y yo hago lo mismo, cruzando las piernas y relajándome un poco más.
—Y entonces, ¿te está gustando la universidad? Chase comentó que bailas. Siempre me ha parecido increíble la gente que tiene talento para eso... Yo soy pésima —confiesa, riéndose.
Tomo una porción de pizza y doy un mordisco generoso, dejando escapar un gemido involuntario.
—Esta pizza está realmente buena. Y sí, me está gustando la universidad, aunque me estoy matando de tanto ensayar desde que llegué. El semestre apenas empezó y ya me siento agotada. Sinceramente, no sé cómo voy a llegar hasta el final... Quizá muerta.
Margot se carcajea con tanta intensidad que echa la cabeza hacia atrás, lo que también me hace reír. Su ligereza es contagiosa.
—¡Te entiendo perfectamente! Estoy en cuarto año y juro que pensé que se volvería más fácil, pero solo se pone peor. —Suspira, poniendo los ojos en blanco—. ¿Pero sabes qué me ayuda? Encontrar algo que me recuerde por qué estoy haciendo todo esto.
Frunzo el ceño, curiosa.
—¿Como qué?
—Estudio Medicina Veterinaria y soy voluntaria en una perrera cerca de la universidad. Voy tres veces por semana. Es agotador, claro, pero cada vez que ayudo a un animalito o recibo un lametón de agradecimiento, recuerdo que elegí el camino correcto.
Permanezco en silencio un segundo, reflexionando sobre sus palabras. Tiene sentido.
—Te gusta bailar, ¿verdad? —pregunta.
Asiento.
—Entonces, mmm... ¿por qué no te presentas a las pruebas para el equipo de animadoras? Tienen plazas disponibles. Las chicas son muy agradables. Tengo una amiga allí, Kira. Te encantará conocerla.
Un escalofrío me recorre la espalda. La simple idea de ponerme un uniforme y quedarme sonriendo frente a un público me devuelve recuerdos desagradables de la secundaria. Los traumas. Las bromas. El bullying. La garganta se me cierra un poco con solo pensarlo.
En Francia, empecé a ir a terapia. Fue una decisión mía, silenciosa, como todo lo que llevo cargando desde hace años. Hasta hoy sigo con las sesiones por videollamada, pero nunca se lo conté a nadie. Ni a mi madre, ni a Chase ni a mis amigos.
Solo mi terapeuta sabe lo que realmente ocurrió, todo lo que guardé, todo lo que me rompió por dentro y que nadie jamás notó. Nunca hablé de los traumas que me acompañaron después de lo que viví ni de cómo mi miedo a la oscuridad sigue existiendo, aunque finja que ya pasó.
Es el tipo de cosas que ocultas incluso de ti misma, como si ignorarlas pudiera borrarlas. Pero no las borra.
—No sé si sería una buena idea... —empiezo a decir, pero ella me interrumpe con suavidad.
—Lo sé, las animadoras tienen fama de ser crueles. Yo también les tenía miedo. Pero aquí, te juro, es diferente. Las chicas son más maduras. Kira, por ejemplo, es todo corazón. Al menos piensa en la idea con cariño.
Le dedico una sonrisa vacilante.
—Lo pensaré, lo prometo.
Ella simplemente asiente, como si entendiera que estoy enfrentando una batalla interna.