Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 26
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Capítulo 26

Leila

—Bueno, ¿vas a decirme por qué estás aquí? — Ethan y yo estábamos sentados en el muro con las piernas colgando en el vacío. Acababa de empezar el mes de febrero y el aire nocturno era cortante; por suerte, la azotea del hotel contaba con algunas estufas de exterior repartidas aquí y allá.

—Ya te lo he dicho, tenía hambre. —Hincó el diente en la hamburguesa con la mirada puesta en el perfil de la ciudad.

La bolsa de comida que me había obligado a llevarle estaba situada entre nosotros.

Desde el primer momento supe que no había sido idea de Ethan que me subieran la cena en una bandeja cuando estuvimos en la cabaña de los abuelos de Nate , porque, además, había oído a Vince hablando con él al otro lado de la puerta, pero aun así había decidido hacerle caso y devolverle el favor; por ese motivo, esta noche había ido a buscar algo de comida con la esperanza de que, si prodigaba un poco de amabilidad, los siguientes «ochenta» días resultaran menos complicados.

—Podías haber cenado con tus amigos —objeté.

—No tengo amigos. —Lo dijo con tranquilidad, sin ningún rastro de tristeza o arrepentimiento en la voz.

Lo miré inclinando la cabeza.

—Es lo que tiene ser un capullo hasta con las piedras.

Me fulminó con la mirada y se metió en la boca un puñado de aros de cebolla.

—No necesito amigos. Si alguien cree que tenerlos te mejora la vida, te garantizo que es un iluso.

—¿Ah, sí?

—Sí, nadie se queda el tiempo suficiente como para que merezca la pena. —Volvió a contemplar el horizonte de New Haven —. El tiempo y las circunstancias separan a todo el mundo; es inevitable: al final, solo quedas tú.

Me habría gustado contradecir ese argumento tan solo para llevarle la contraria, pero por primera vez me di cuenta de que estaba de acuerdo con él.

Tenía razón.

Al menos en mi caso las cosas habían sido así: cada vez que creía que había encontrado a alguien con quien podía contar, esa persona se había ido, me había traicionado o me había dado la espalda.

Daba igual cuánto me hubiera esforzado por cuidar la relación o cuántas cosas hubiéramos compartido; nadie se había quedado a mi lado cuando lo había necesitado.

Con el tiempo, al crecer, había aprendido a no esperar nada de nadie. Por eso seguía sorprendida por el vínculo que había creado con Sam .

—¿Esa es la razón de que tengas tan mal genio con todos? —pregunté, con curiosidad—. ¿Alguien importante para ti se marchó de tu vida?

—No te he pedido que vinieras para hacerme de psicóloga —respondió con brusquedad. En ese momento supe que me había equivocado de lleno al pensar que podría mantener una conversación amistosa con Ethan —. Puedes irte, ahora —sentenció y siguió comiéndose la hamburguesa.

Por supuesto, ya podía irme. Le había llevado la cena, había cumplido con mi parte fingiendo que era una novia presente, pero la verdad era que… no quería marcharme.

Después de lo que había pasado con Vince en el ascensor, estar sentada con las piernas colgando en la azotea era un alivio.

Allí fuera, lejos de todo y con el aire frío de la noche acariciándome el rostro, tuve la sensación de que volvía a respirar.

Había dejado de hacerlo en el instante en que me había encontrado a Vince delante, con toda su espectacular belleza, con el pelo rubio oscuro que resaltaba todavía más el azul de sus ojos.

Los pantalones elegantes le ceñían las piernas como un guante, mientras que la camisa blanca se ajustaba a sus hombros anchos y musculados.

El corazón había empezado a latirme muy fuerte, pero había conseguido aparentar indiferencia.

Al menos hasta que decidió arruinar toda mi farsa eliminando la distancia que nos separaba.

Su cercanía me había vuelto vulnerable y sus manos sobre mí me habían llevado a perder el control.

Cuando después había admitido que seguía pensando en aquella noche en la cabaña, en lo mucho que le había gustado sentirme bajo su cuerpo, todas mis defensas se habían derrumbado.

Había pasado los últimos días intentando olvidar cada instante de lo sucedido en la cabaña, convencida de que Vince no había sentido las mismas emociones que yo. En el fondo, se había echado atrás, otra vez.

Sin embargo, para él también había sido un momento importante.

Y cuando me había hecho la fatídica pregunta: «¿Habría merecido la pena?», lo único que había podido pensar fue que quería descubrirlo.

Pensaba que intentarlo sería la única forma de descubrir si la atracción que sentía por él era un mero capricho, un mecanismo psicológico que me hacía desear aquello que no podía tener, o si esa atracción estaba alimentada por un sentimiento más profundo.

Por ese motivo, reuní valor y lo besé.

La sensación de sus labios sobre los míos había sido agradable, pero nada que ver con lo que sentí cuando me empujó contra la pared del ascensor y me devolvió el beso, introduciendo la lengua en mi boca.

Pensé que iba a morir.

Sabía que las cosas entre nosotros no cambiarían, pero, aun así, me permití el lujo de perderme, solo aquella vez, sin pensar en el momento en que todo terminaría.

Sentir que él estaba implicado, encendido por nuestro beso, compensó todos los años que había pasado fantaseando con él en secreto mientras yo permanecía al margen y lo veía ligando con otras mujeres.

Besando a otras mujeres.

Tocando a otras mujeres.

A todas menos a mí.

Para mí, el beso que acabábamos de darnos había sido una confirmación; para él, tal vez un descubrimiento.

Marcharme había sido más difícil de lo previsto, pero no iba a darle la oportunidad de disfrutarlo hasta el final.

En especial, ahora que por fin había comprendido lo que se había perdido y cuánto deseaba repetirlo.

Lo dejaría con las ganas y fingiría que para mí no había merecido la pena.

Si había algo que había aprendido de mi experiencia con Travis Baker era que, ante una novedad, los chicos se encendían como una llama ardiente, pero ese interés se desvanecía con la misma rapidez en cuanto conseguían lo que deseaban.

No repetiría el mismo patrón nunca más.

—En realidad, prefiero quedarme aquí —respondí a Ethan cuando regresé a la realidad—. Sam se ha perdido por alguna parte del hotel, es probable que esté ocupada sobornando al camarero para que le sirva una copa, y no me apetece estar sola.

—Tiene que haber pasado algo trascendental para que prefieras mi compañía a la soledad.

Suspiré.

—Sí, exacto. Es grave.

Me lanzó una mirada poco convencida, pero luego se encogió de hombros y siguió comiendo la hamburguesa.

—No creas que el asunto me interesa, no tengo la más mínima intención de quedarme aquí escuchándote.

Lo miré estupefacta ante su absoluta falta de empatía: claro, no era ninguna novedad, pero no dejaba de sorprenderme para mal.

—Oye, Ethan , ¿de pequeño te acosaba algún matón?

¿Tus compañeros de clase te pegaban chicles en el pelo o te tiraban tus cosas por el váter?

Es que tuvo que pasarte algo terrible para que te hayas convertido en el chico insensible e insoportable que eres.

—Di rienda suelta a toda mi frustración, pero mis palabras no parecieron afectarle en lo más mínimo.

—No me pasó nada de eso. Si te soy sincero, el matón era yo —dijo como si estuviera orgulloso de ello.

—Claro, tendría que haberlo imaginado —respondí, todavía más disgustada.

Ethan negó con la cabeza entre risas.

—No estás en condiciones de darme lecciones. He perdido la cuenta de cuántas narices rompió tu hermano cuando estaba en la OSU.

—Ni se te ocurra hablar mal de él —le advertí con tono severo.

Yo podía criticar a mi hermano y decirle de todo, pero no toleraba que los demás se tomaran la libertad de hacer lo mismo.

—¿O qué? —me desafió Ethan con una mueca burlona impresa en el rostro—.

¿Vas a correr a contárselo al rector? Ups, no te conviene, porque es mi padre —se mofó.

Entrecerré los ojos hasta convertirlos en dos finas hendiduras.

Tuve que contar hasta diez para no propinarle una bofetada en toda la cara o, peor aún, empujarlo desde la azotea.

—Pensándolo mejor, tengo la clara sensación de que la próxima nariz rota será la tuya.

—Me giré y bajé del muro, dispuesta a marcharme—.

A Thomas no le gustan las amenazas; cuando descubra que un niñato hijo de papá me obligó a fingir una relación con él, se sentirá con todo el derecho del mundo a solucionar el asunto a su manera.

—Curvé los labios en una sonrisa maliciosa y me marché.

Mis palabras eran un farol: Thomas jamás debía enterarse del chantaje, eso estaba claro, pero ver a Ethan preocupado y tragando saliva resultaba muy satisfactorio. Se lo merecía.

—No ha sido solo cosa mía —gritó antes de que saliera por la puerta de la azotea—. Nada de esto habría pasado si no me hubieras destrozado la consola.

«Dios mío, otra vez la maldita consola».

—Echaste por tierra mi entrevista para unas prácticas en uno de los periódicos más prestigiosos del país; era mi única oportunidad —dije, mirándolo—. Ya estábamos en una situación de empate, pero no te bastó, quisiste ir más allá.

Vi que me observaba con la mandíbula apretada. Y con un destello de arrogancia en los ojos, respondió:

—No te habrían cogido, ya te lo dije. No tienes madera para eso.

Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas. Habría querido fingir que sus palabras no me afectaban, pero me habían golpeado de lleno. Odié aquella sensación.

—Tú tampoco tienes madera para triunfar en el hockey. Y, sin embargo, sigues convenciéndote de lo contrario.

Fue todo lo que le dije antes de abrir la puerta y cerrarla de un portazo a mis espaldas para dejar a Ethan allí, solo sobre el muro de la azotea.