EPÍLOGO
EL ÚLTIMO PARTIDO
NOAH WHITMORE
La arena estaba llena. La afición organizada ya cantaba desde antes de que pisáramos el túnel.
Banderas de los Wolves colgaban de las gradas, el lobo Ghost, nuestro mascota, caminaba de un lado a otro cerca de la entrada de la pista, y el ruido era ensordecedor.
Era la final, el último partido de la temporada y yo iba a entrar con la “C” en el pecho.
En el vestuario, el clima estaba pesado, pero cargado de algo más fuerte que tensión: era orgullo. Miré a los chicos, todos ya con el equipo puesto, y respiré hondo antes de hablar.
—Sé que están sintiendo el peso hoy —empecé, mirando a cada uno—.
Y no voy a quedarme aquí diciendo que no lo siento también.
Estoy llevando esta “C” en el pecho con orgullo.
Mucho orgullo, pero también con la conciencia de que no es solo mía, pertenece a todos nosotros.
Y hoy vamos a ganar, porque creo en este equipo, creo en cada uno de ustedes, creo que llegamos hasta aquí por una razón. Así que vamos con todo. Juntos.
Tyler golpeó el stick contra el suelo una vez, los demás lo siguieron. El sonido seco y rítmico llenó el vestuario.
Miller solo asintió, con esa mirada de quien confiaba en nosotros.
Salimos por el túnel. La luz de la pista ya golpeaba fuerte al final del pasillo. Uno a uno, los chicos fueron entrando. Yo me quedé al último y, antes de pisar el hielo, me detuve. Pasé la mano sobre la “C” cosida en mi jersey, sintiendo su peso de una forma que nunca había sentido antes.
Y entonces la vi.
En la zona VIP estaban Violet, Ivy y Scarlet. Y arriba, en las filas de atrás, mis padres, Claire y los padres de Violet. Todos usando la camiseta de los Wolves, con mi nombre y mi número estampados.
El pecho se me apretó.
Respiré hondo, toqué la “C” una vez más y entré a la pista.
La afición explotó. El coro empezó inmediatamente:
—¡VAMOS WHITMORE! ¡VAMOS WHITMORE! ¡VAMOS WHITMORE!
Levanté el stick en agradecimiento mientras patinaba. Cuando miré hacia las gradas, Violet estaba de pie, usando mi camiseta número 27, aplaudiendo con una sonrisa enorme en el rostro. Me vio y sopló un beso discreto. Le sonreí de vuelta.
Tyler se deslizó hasta mí y golpeó el guante en el mío.
—Confiamos en ti, capitán —dijo, serio.
Los demás chicos asintieron con la cabeza. Asentí.
El silbato sonó.
El partido comenzó.
Fue un partido duro desde el primer minuto.
El equipo rival vino fuerte, intentando intimidarnos desde el principio.
Pero nosotros no bajamos la cabeza. Cada jugada que hacía, miraba instintivamente hacia el banco.
Y allí estaba Hunter, sentado al lado de Miller, con la mirada fija en la pista.
Cada vez que hacíamos una buena jugada, sonreía.
Una sonrisa orgullosa de quien todavía estaba dentro del juego, aunque no estuviera en el hielo.
En el primer período, robé el disco en zona defensiva y lancé un pase largo a Tyler, que hizo una pared conmigo y remató en el ángulo.
¡Gol! La arena explotó. Miré directo a Hunter.
Él aplaudió, con una sonrisa amplia. Miller, a su lado, levantó los puños, celebrando como si él mismo hubiera marcado.
En el segundo período, el partido se volvió más físico.
Ellos venían golpeando fuerte, intentando sacarnos del ritmo.
En una de las jugadas recibí un golpe fuerte contra la banda, pero me levanté rápido y seguí.
Cuando miré a las gradas, vi a mis padres y a los padres de Violet de pie, preocupados.
Claire estaba a su lado, gritando mi nombre.
Violet seguía en la misma posición, aplaudiendo cada vez que tocaba el disco. La sentía allí, como si parte de la fuerza que tenía viniera de ella también.
En el tercer período, el marcador estaba empatado 2-2.
Faltaban menos de cinco minutos. Estaba cansado, sudando de cojones, pero con la cabeza más clara que nunca.
Miré una última vez al banco. Hunter estaba inclinado hacia adelante, los codos en las rodillas, la mirada intensa.
Asintió hacia mí, como diciendo: “Vamos”.
Y fui.
Recibí el disco en zona neutral, avancé, regateé a un defensor y lancé un pase perfecto a Tyler, que entraba en zona de ataque. Lo recibió, fintó al portero y marcó.
3-2.
La arena tembló.
Cuando sonó el silbato final, caí de rodillas en el hielo.
Los chicos vinieron encima de mí, gritando, golpeando cascos, levantándome.
La afición cantaba el nombre de todo el equipo.
Miré una última vez al banco. Hunter estaba de pie, aplaudiendo, los ojos brillando.
Miller tenía los brazos cruzados, sonriendo como un padre orgulloso.
Mis ojos se desviaron hasta la zona VIP y allí estaba ella.
Violet estaba llorando, riendo, aplaudiendo de pie y gritando mi nombre.
Mis padres aplaudían eufóricos, Claire gritaba a pleno pulmón y al lado los padres de Violet.
La mirada del padre de ella cruzó con la mía por un segundo y lo que vi allí no fue rabia ni desprecio, sino un mirada de respeto…
y podría decir que hasta un poco de orgullo.
¡Habíamos ganado!
¡Terminamos la puta temporada invictos!
En el vestuario, la fiesta ya había empezado. Los chicos gritaban, se echaban agua unos a otros, cantaban. Me quedé un poco más quieto, observando todo. Después de unos minutos, subí encima del banco y golpeé el stick contra el suelo varias veces hasta que todos se quedaron en silencio.
—Chicos… necesito decirles algo serio —dije.
El ruido bajó hasta que solo quedó el sonido de la respiración pesada de todos.
La puerta del vestuario se abrió. Miller entró, ayudando a Hunter a caminar. Todos se quedaron en silencio absoluto. Hunter se detuvo en medio del vestuario, apoyado en las muletas, y miró a todos nosotros.
—Sería hipócrita si dijera que nunca quise llevar esta “C” en el pecho.
Todos los que estamos aquí lo hemos deseado en algún momento.
Pero cuando Hunter la puso en el pecho por primera vez…
me puse tan feliz o más que él. Porque este tipo creció conmigo, compartimos problemas, regaños de nuestros padres, castigos porque hacíamos travesuras juntos…
y el sueño del hockey. Llevar esta “C” hoy no me trae tanta felicidad como debería, porque sé que nunca más va a volver a Hunter. El hockey se acabó para él.
Vi a algunos chicos bajar la cabeza, otros intercambiaron miradas.
—Él ya sabía eso —continué—. De hecho, se operó y no nos lo contó. Lo hizo por nosotros. Para que no perdiéramos el foco, como un verdadero capitán hace. Pensando en el equipo antes que en todo, y espero honrar este título y ser tan bueno como él lo fue para los Wolves.
Hunter me miró y sonrió. Una sonrisa pequeña, pero verdadera.
Continué:
—Hoy ganamos, pero ganamos por él también. Porque siempre fue el corazón de este equipo y va a seguir siéndolo, aunque esté fuera del hielo.
Los chicos empezaron a golpear los sticks contra el suelo. Despacio al principio, luego más fuerte. Hunter bajó la cabeza un segundo, emocionado. Cuando levantó el rostro de nuevo, los ojos estaban llorosos.
Bajé del banco y fui hasta él. Lo abracé fuerte, en medio del vestuario.
—Gracias por todo, capitán —murmuré.
—Vas a ser mejor que yo —respondió bajito—. Lo sé.
Cuando nos separamos, miré a todos los chicos.
—Ahora vamos a celebrar de cojones, porque ¡somos campeones, joder!
La fiesta volvió a empezar más fuerte que antes, pero me quedé un poco más quieto, observando a Hunter riendo de algo que Tyler había dicho. Violet entró al vestuario poco después. Vino hasta mí y me abrazó por detrás, apoyando el rostro en mi espalda.
—Felicidades, capitán —dijo bajito.
Me giré y la besé, despacio, sin importarme nadie más.
—Te amo —dije contra sus labios.
—Yo también te amo —respondió, sonriendo—. Y estoy muy orgullosa de ti.
Miré alrededor una vez más. El vestuario lleno de chicos sudados, riendo, celebrando. Hunter riendo con Ivy, Miller dándole palmaditas en la espalda a los jugadores. Y yo allí, en medio de todo, llevando la “C” que un día fue de él.
Y por primera vez desde que todo esto empezó, sentí que todo estaba en su lugar.
Aunque el camino hasta aquí había sido una mierda.
Aunque hubiera perdido algunas cosas en el camino.
Había ganado otras mucho más grandes.
Y al final, después de todo el juego de mentira… había encontrado la verdad.
La había encontrado a ella.
Y había encontrado mi lugar.