Josh (Límites Prohibidos 3) EPÍLOGO
100%

EPÍLOGO

JOSH

Meses después

—¡Primer año de uni! —Mi botellín de cerveza choca contra el de Sean y los dos bebemos a la vez.

Hemos venido a tomar algo a una cafetería alejada, porque sé que sigue atrapado —y es normal— en el recuerdo de su madre.

Sean no ha vuelto a ser el mismo desde que perdió a Mary, pero continúa siendo el pilar más importante de las personas a las que ama.

Brittany está bailando en el conservatorio y Anni tiene muchísimo trabajo en su centro de estética, porque va de lujo.

Si es que mi Cleopatra es la mejor.

Mañana iremos a mirar sofás para nuestro piso de alquiler, que nos está quedando superbonito.

—Sí, genial —resopla, dando un segundo trago.

Cuando Brit no está con él, yo soy el encargado de animar a este ruso cabronazo. Me he convertido en su bufón personal, soy capaz de hacer piruetas, saltos e incluso de pintarme la cara si es necesario.

—Tu madre está tela de orgullosa desde el cielo, lo sabes —afirmo antes de dar un bocado al sándwich de pollo, él se lo ha pedido de pastrami.

—Josh —murmura mi nombre sin siquiera tocar la comida—, ¿se cura?

Me doy cuenta entonces de que tiene los ojos rojos y está a punto de romperse como ya ha hecho un millón de veces.

—¿El qué, colega?

Le agarro del hombro, apretándolo con fuerza.

—La depresión.

Me siento un poco extraño al escuchar esto, pues nunca llegué a decírselo, quizá…

—Zahra me llamó cuando mi má falleció y me contó lo tuyo, no he querido decirte nada hasta encontrar el momento.

Él también agarra mi hombro y ahora los dos tenemos los ojos llorosos.

Aprieto los labios, se me ha quitado un poco el hambre.

—No sé si se cura, pero lo que sí sé es que se sobrevive. —Soy del todo franco con él, porque afrontar esta enfermedad mental es la única forma de coger el toro por los cuernos—. Y confiar en las personas que te quieren hace que se lleve mucho mejor.

Él asiente, baja la mirada hacia el sándwich y le pega un bocado, masticando sin ganas.

—Vas a convertirte en médico, vas a formar una familia con Brittany y vas a seguir siendo mi mejor amigo para siempre.

Sean me mira fijamente, asintiendo, y yo sigo hablando:

—¿Sabes cuál es la única diferencia? Que antes nos drogábamos con cannabis y ahora lo haremos con antidepresivos, es la hostia porque no son ni la mitad de caros —me río, sacándole una carcajada a él también—. Prométeme que irás al médico y dejarás que te ayuden, es necesario.

Él deja su comida a un lado, retira el plato y me arrastra junto a su pecho, dándome unas fuertes palmadas en la espalda.

—La vida es una mierda —susurro, dando también unas palmaditas en la suya—. Pero es nuestra mierda, Sean.

—No me importa estar en la mierda si sigo teniendo a mi mejor amigo.

—Exacto, tío, no hemos superado tantas cosas para rendirnos ahora, ¿eh?

—Ni de coña, colega.

—Venga, joder.

Nos recomponemos, bebemos una vez más y empezamos a comer en silencio.

Entonces, la puerta de la cafetería se abre y alguien entra con el uniforme del local, que es un pantalón amarillo chillón y un gorro con forma de pollito, el cual dice: «Cómeme, estoy sabroso y crujiente».

—Eh —Le pego un codazo, intentando que mire hacia la misma dirección—. ¿Ese no es…?

Parece ser que le pagaron la indemnización para salir de la cárcel, aun así, su vida no ha vuelto a ser la misma.

—El puto Stephan —ruge Sean, apretando el puño sobre la mesa.

No tardo en levantar las manos y chasquear los dedos, silbando para captar su atención.

—¡Disculpa! ¡Unas alitas de pollo deliciosas y crujientes por aquí, por favor!

Cuando nos mira, su rostro se descompone y agacha la cabeza corriendo al interior de la cocina. Sean y yo chocamos el puño sin dejar de reírnos de su puta cara.

—¿Cómo habrá venido? —Le pica la curiosidad y mira hacia atrás.

—En ese coche viejo de ahí, le he visto bajarse.

Sean me mira con una sonrisa pecaminosa en la cara y ya sé lo que está pensando.

—Colega… —le llamo, y él mueve las cejas de arriba abajo.

—Joder, qué fácil soy cuando me miras así, en seguida se me abre el culo.

Ambos nos levantamos de la mesa y pagamos la cuenta. Sean se guarda el cuchillo para cortar el sándwich en la sudadera y yo mango un bote de mayonesa.

Nada más salir, nos aseguramos de que nadie mire mientras mi colega le va rayando el coche por todas partes y yo dibujo pollas en cada una de las ventanillas.

—¿Crees que tendrá dinero para ir a lavarlo siquiera? —cuestiono, divirtiéndome con mis obras artísticas.

—No lo sé, pero espero que pueda volver en autobús al menos.

Sean clava el cuchillo en la rueda trasera y esta hace un sonido estridente. Derek sale de la cafetería con su gorro de pollito cabreado justo cuando nos subimos a las motos.

—¡Hijos de puta! ¡CAbrONES! ¡ME VENGARÉ!

—¡Deja de estresarte tanto, Stephan! ¡Te va a salir un huevo por el culo! —Le lanzo el bote de mayonesa a la cabeza, Sean finge querer atropellarle con la moto y él grita como una nenaza mientras todos los clientes se ríen de él. Luego aceleramos y nos largamos de allí.

Seguimos conduciendo un rato, viendo como el sol se pone a lo lejos.

Las motos siempre simbolizaron la libertad para nosotros, las alas que necesitábamos para poder salir del barrio, de la miseria y de la dura vida que nos tocó.

Sin embargo, ya no queremos huir, porque el dolor nos ha enseñado a defender lo que nos pertenece y luchar por lo que nos importa.

Extiendo los brazos para sentir el viento azotar mi cuerpo.

Ya no tengo miedo de los pensamientos intrusivos, porque hay una mujer en mi vida a la que amo más de lo que temo a mis demonios.

Anastasia Mirren.

FIN.