CAPÍTULO 32
JOSH
—¿Estás mejor? —Sean no ha dejado de hacer la misma pregunta una y otra vez.
Da por hecho que todo lo que me sucede es por Anastasia y, aunque en parte es por ella, en realidad, hay todo un mundo detrás de mis ojeras y mi mala cara.
Las sesiones con el psicólogo ayudan y esos pensamientos de mierda no han vuelto a asustarme. Una vez al mes, me hace el mismo test y, aunque no hablemos sobre ello, yo mismo noto que las respuestas son un pelín más positivas.
Sé que la medicación y poder desahogarme me ayuda, pero, a la vez, me reconcome por dentro saber que en casa siempre se vivirá la misma situación.
El consejo del doctor es que me vaya de ahí. Él cree que dejar de convivir con mi padre me ayudará a olvidar el pasado, el problema es que no quiero dejar a mi madre sola.
«Ella eligió su vida y ahora tú tienes que elegir la tuya». Cuando escuché aquella frase, se me grabó en la cabeza y no he podido dejar de pensarlo.
Por eso he decidido que tengo que volver a ser yo, y que se acabó esta espera agonizante con Anastasia.
La trataré bien, como una tía más, pero seguiré siendo Josh Halimton y por mis cojones que hoy, después de meses sin sexo, volveré a follar.
—Estoy de puta madre —miento, escribiendo un mensaje rápido, sin corazones ni nada, a doña Difícil.
Yo: Estamos abajo.
Al menos, ya no me tiene bloqueado, aunque me tiene que dar igual. Es más, ya me da igual.
No, no me lo da, pero me lo dará.
Nos bajamos del coche para esperarlas fuera, en cuanto aparece Brit, ambos nos quedamos muertos al verla. Parece una actriz de esas que salen en las películas americanas y son superguapas.
—Colega, has hecho bien en comprar esos condones —bromeo, porque vuelvo a ser yo, ¿verdad? Quiero volver a reírme de todo y de todos. Estaba perdiendo la máscara humorística en la que me refugié por años y no lo pienso permitir.
Entonces, una chica sale detrás de Cindy, con unas piernas largas, unos muslos carnosos y un escote de infarto. Lleva el pelo totalmente recogido, dejando que sus preciosas facciones resalten mucho más de lo que ya lo hacen, y su coleta cae larga y lisa tras su espalda.
Brittany es como una actriz americana, pero Anastasia es la hija de Afrodita. Estoy malditamente seguro de ello. Joder.
—Y me vas a tener que prestar unos cuantos —musito, queriendo darme una hostia en la cara a mí mismo.
Que no, que esta tía ya no me interesa. He dicho que se acabó.
Sean y Brit empiezan con su pitorreo de siempre, Cindy se sube al coche en la parte de atrás y Anastasia y yo evitamos mirarnos a toda costa.
No me interesa.
No tengo una erección otra vez por ella.
Me da igual.
Mi rabo funcionará con otras.
Sí, lo hará.
Y aquí sigo, contándome mentiras hasta que Sean decide ser un perro de Judas y dice:
—Ana, ponte delante con Josh.
Le abre la puerta para que suba, siendo el caballero que yo jamás seré, y él se va a la parte trasera con Cindy y su chica.
Pues qué bien.
Cuando me subo, suelto embrague y piso acelerador. Me pongo en marcha, mirándola de reojo, a ella y a su escote, porque, bueno, mirarla no significa que esté loco por ella, ¿no?
Con todo su descaro, se echa la coleta hacia atrás y conecta su teléfono a mi bluetooth , poniendo la canción Another Love de Tom Odell.
La letra de la canción se me clava en el pecho y mi cabeza empieza a hacerse un lío.
Me agobio, me pongo rígido, la miro, me mira, la ignoro, me ignora, pero la maldita canción sigue sonando.
«Quiero llorar y quiero amar, pero todas mis lágrimas han sido usadas en otro amor».
¿Quiere decirme algo con esto? ¿Significa que tiene ganas de intentarlo, pero que le rompieron el corazón y no puede confiar en mí? ¿Hemos pasado los dos por lo mismo?
Me reblandezco y no puedo permitirlo, porque casi le rompo la mandíbula a su primo y porque creo que cuando insistes tanto en algo, sin obtener nada a cambio, al final no es para ti.
El corazón me late con más fuerza en el pecho. ¿Otra taquicardia? ¿O es ella que me vuelve a hacer sentir vivo? No lo sé, pero no quiero. Me aterra y me asusta, porque ya he decidido que hoy vuelvo a ser el Josh de siempre y ese no siente este tipo de cosas, ni por ella ni por ninguna.
—¡Se dice zasranet !
Anastasia contesta a algo de lo que hablan Sean y Brit, va sobre chupar pollas y demás. Se ha quitado el cinturón mientras se ríen a carcajadas y su risa me produce náuseas, dolor de sienes y ganas de morirme.
Ella no es mi salvavidas, es mi veneno.
—¡Eh! ¡Eh! —le llamo la atención, porque necesito que deje de hacer eso, de mostrarme a la chica divertida que lleva dentro y que casi nunca muestra—. Ponte el maldito cinturón, que como me caiga una multa, la que me la va a tener que chupar vas a ser tú.
Se ruboriza y me mira con los ojos fuera de órbita, su sonrisa se borra de inmediato y de nuevo vuelve a ser la mojigata insegura. Supongo que eso soy para ella, alguien que arruina todos sus buenos momentos.
Voy. A. Vomitar.
En serio, la ansiedad es una cosa muy loca.
No soporto más esta mierda, así que clavo freno y me bajo del coche, frustrado, enfadado con la vida y con ganas de matar a alguien.
Ya se encargará Sean de quitar el contacto, así que me bajo y camino a largas zancadas hacia la fiesta de Tony Claus.
En estos momentos, quiero perderlos de vista. A todos.
Me cuelo de mala manera, empujando a los niñatos de la entrada. Paula está con sus amigas, bailando y algo bebida; en cuanto me ve, sus ojos relucen, pero la ignoro a ella también. No quiero más mierdas con tías que solo entienden lo que quieren. Se acabó.
—¡Joshi! —Lana, una de las chicas del barrio, de las que suele bailar en el parque para grabarse con sus amigas, se me tira al cuello—. Queremos grabar algo muy loco. ¿Puedes subirte y echarnos esta botella por encima? —Me pone morritos después de dejarme sus labios marcados en la mejilla.
El Josh que yo era antes de que doña Difícil llegase a mi vida, les habría hecho el favor a estas chicas sin dudar, así que le guiño un ojo, cojo la botella y subo.
Débora apunta con el móvil a sus amigas, las cuales saltan esperando que haga lo que han pedido.
Abro el champán y toda la espuma les cae por encima mientras se levantan las camisetas enseñando el sujetador.
Un montón de tíos se les tiran encima y consiguen lo que querían, ser el centro de atención.
Trabajo hecho.
Cuando estoy a punto de bajar, alguien sube a mi lado, agarrándome de la sudadera para que le haga caso.
—Colega, pasa de estas tías, venga, vamos. —Sean intenta tirar de mí; sin embargo, sé muy bien que si ha subido es porque su querida novia le ha dicho que esto le molesta a su amiga.
¿Ah, sí? Pues ahora quiero quedarme.
—Paso —gruño, bailando a mi puta bola.
—Josh, venga.
—Déjame, joder, quiero pasármelo bien.
—Ana está llorando.
Mi espalda se tensa y la música se detiene.
Vuelvo a marearme y otra vez llegan esas ganas de echar la pota.
—Venga, vamos —insiste, tirando de mí y, porque en el fondo soy un gilipollas de cojones, le hago caso.