CAPÍTULO 30
JOSH
«Te odio».
Yo sí que la odio.
Han pasado un par de semanas y sigo bloqueado. ¿Ese es el trato que merece el hombre de su vida? Me cago en todo con doña Difícil.
Estamos en el parque de Candem, unas tías se han traído un altavoz gigante y la música suena a toda hostia mientras se graban bailando para subirlo a redes. Llevan minifaldas tan cortas que puedo ver si están depiladas o no desde aquí, por no hablar de los sujetadores fluorescentes.
Mi rabo sigue roto, sin funcionar, pero la verdad es que tampoco me interesa ninguna de ellas, ni siquiera Paula. No sé si es por volver a medicarme por lo que mi ansiedad por el sexo ha disminuido. Mucho.
En los efectos secundarios que al final me digné a leer en el prospecto, quedaba claro que una disminución de la libido era algo muy común. No me importa, siempre y cuando no me convierta en un idiota impotente.
Si embargo, con ella, no hay pastilla que me calme. Todo funciona a la perfección, y me vuelvo completamente loco cada vez que la tengo cerca.
Por mis muertos, qué guapa que estaba. Es la chica más preciosa que he visto en mi vida, y, sin embargo, cuando parecía que empezábamos a fluir, aquí estamos ahora, con ella odiándome porque sí y yo, bloqueado.
No tiene sentido.
Sean está a mi lado, sentado en el muro lleno de grafitis, le veo más tranquilo. Su madre parece que mejora, con la rubia todo le va bien, aunque el puto Stephan no para de tocar los cojones como siempre. Ver que no todo es malo en la vida me hace sentir mejor.
Le da una calada a su porro y deja salir el humo lentamente. Me lo pasa y lo pego a mis labios, mirando hacia otro lado para fingir que fumo. Las manos me tiemblan por el mono, lo daría todo por volver a probar el cannabis, pero no quiero terminar vomitando el hígado.
Charlie se abre una lata de cerveza y da un largo trago, mirando a las tías bailar, hace bromas sin parar y nuestros colegas le siguen el rollo. Es el payaso del grupo, solo cuando yo no tengo ganas de quitarle el puesto. Nadie supera mi sentido del humor.
Bueno, que siga creyéndose guay por un ratito más, qué me importa.
—Deja de mirarle así —murmura el ruso a mi lado, alzando las cejas.
Resoplo.
—Oye, tíos. —Leonard se acerca a nosotros con las manos en los bolsillos, forma parte de otro grupo de chavales que está en la esquina contraria del parque—. Necesito que me pilléis algo.
Niego con la cabeza y Sean se yergue, apoyando los codos sobre sus rodillas.
—Lo hemos dejado, ya no vendemos.
Él se frustra, no parece contento con la respuesta.
—¿Y ahora a quién le tengo que pedir la droga?
Mi colega se encoge de hombros y yo doy un salto para bajar del muro.
—¿No has escuchado ya lo que ha dicho? No vendemos, búscate la vida.
Leonard me mira desafiante, es un niñato pijo al que le gusta la mala vida, pero le falta calle y cojones para estar a nuestra altura. No es más que una puñetera cebra en una jaula llena de leones.
Apoyo mi frente sobre la suya y empujo.
—Que te largues —repito, y noto como se tambalea antes de dar media vuelta y perderse.
Sean me agarra de la capucha de la sudadera y tira hacia él.
—¿Se puede saber por qué tienes tantas ganas de pelearte con alguien? ¿Mmm?
—¿Yo? ¿Pelearme? Para nada, solo protejo a mi mejor amigo de volver a caer en el lado oscuro, ahora que el sol empieza a salir para nosotros.
Me mira con una ceja arqueada, sin soltarme.
—¿Seguro que también ha salido para ti? —insiste.
Uf, sí, estoy en pleno verano.
—Por supuesto, Kiev, soy un arcoíris, ¿es que no me ves?
A regañadientes, me suelta y me deja estar, aunque no deja de vigilarme, intuye que algo raro pasa y no quiero.
Podría simplemente contárselo porque tenemos confianza, pero sé cómo es Sean, siempre se preocupa por mí, me sacó de la mierda y me cuidó como si fuese un hermano mayor que lleva mi sangre en sus venas.
De hecho, soy quien soy gracias a él, dejé las pastillas gracias a él y he superado ciertas cosas también gracias a él.
No voy a decirle que he recaído cuando él no está pasando por su mejor momento.
Tengo que salir de aquí yo solo.
Sin poder evitarlo, tengo mi mirada asesina clavada otra vez en Charlie, cierro los ojos, aprieto los párpados y suspiro. Necesito relajarme, joder.
Charlie deja de hacer el idiota y sube al muro para sentarse con nosotros; los demás de nuestro grupo siguen tonteando con algunas chicas que bailan, bebiendo cerveza y poco más.
—Eh, Josh, no sabía que tenías novia —comenta, aceptando el porro de Sean para darle una calada.
Sean me mira con cara de «¿pero qué mierda?» y yo me encojo de hombros.
—Y no la tengo, ¿ya te ha ido Paula llorando por las esquinas?
—No hables así de ella.
Le miro fijamente y él, en vez de ser un buen chico y apartar la mirada, me la mantiene.
Uh…, mala decisión, colega.
—No he hablado de ninguna manera, solo te he preguntado que si ya está Paula comiéndote la cabeza. Es lo que hace cada vez que discutimos, llorar en tu hombro.
—¿Celoso? —cuestiona. Está nervioso y se cree que, por pensar que tiene la razón, Sean le va a defender si me lío a hostias con él.
—Y una mierda —respondo de mala gana—. Ella y yo no tenemos nada serio, siempre he sido sincero, le he dejado claro lo que quería de ella y ha aceptado, sin más. Así que la próxima vez dile que no llore tanto y cuente la verdad.
—¿Pero tienes novia o no? —pregunta el ruso a mi lado, que se ha quedado atascado en esa parte de la conversación.
—¡Que no, joder! ¡Que fue una trola para quitármela de encima!
Charlie me mira de reojo, chasquea la lengua y se baja del muro, diciendo algo en voz baja que no logro entender.
Entonces mi cabeza empieza a sumar dos más dos.
Aquella noche en su casa, su prima y yo, la interrupción tan brusca y que diese la quedada por finalizada, así, de golpe, y luego su negativa a que la llevase a casa.
Ha sido él.
Le ha dicho algo a Ana para que me bloquee, estoy seguro.
Y cuando llego a esa conclusión, ya nada me detiene.
Salto del muro y Sean me sigue porque por mi postura ya sabe lo que voy a hacer. Me tiro sobre Charlie, pegándole un puñetazo en toda la cara. Los demás tíos se apartan, sabiendo que no es buena idea meterse en medio cuando yo formo parte de una pelea, y Sean me pide que entre en razón.
Pero no puedo.
Le agarro de la chaqueta, le zarandeo y vuelvo a pegarle, tirándole al suelo; él intenta defenderse, sin embargo, ya le he acorralado contra el muro y no dejo de darle patadas.
Tengo tanta ira contenida en mi interior que cuando estallo es imposible pararme, y no me importan las consecuencias, ninguna de ellas.
—¡Para, tío! ¡Joder! ¡Qué mierda te pasa! ¡No volveré a hablar de Paula, hostias! ¡Está bien, está bien!
—¡Venga, coño, que sois colegas, joder! ¡Josh, joder!
Todo el mundo grita cosas, pero yo no escucho nada.
Lo único que hay en mi cabeza es que ahora ella me odia por culpa de este imbécil.
Y yo la necesito.
La necesito para funcionar.
La necesito para ser feliz.
La necesito para volver a tener una maldita ilusión en algo.
La necesito para sentirme vivo.
—¡JOSH! —Sean me levanta de encima de Charlie, y con él es con el único con el que me contengo y me quedo quieto. Jamás le haría ningún daño—. Nos vamos, venga, ya está bien por hoy.
Agarrándome del brazo, me aleja del parque, hasta que nos perdemos en un callejón sin salida, el que da justo al garaje en el que trabaja.
Intento respirar de forma acompasada, mi corazón va muy rápido, demasiado, aunque estas taquicardias son normales tomando el medicamento, sobre todo en los primeros meses.
Ahora tengo un bajón que flipas y una lágrima de rabia me cae por la mejilla, mis emociones son una maldita montaña rusa, y no sabe Allah , lo que echo de menos estar estable.
—Eh…, colega. —Sean me levanta la cara para verme, intuye que me cuesta respirar, así que me ayuda a sentarme en un banco vacío—. Voy a donde Fátima a por agua, ya vengo, no te muevas de aquí.
Asiento, agradeciendo que esa tienda siempre esté abierta, de día se encuentra ella y de noche, su marido.
Me dejo escurrir en el banco de hierro, mirando el cielo y las estrellas. Inspiro fuerte por la nariz y espiro por la boca, relajando las pulsaciones, sabiendo que solo es un pico de ansiedad que pasará, como siempre.
Por desgracia, es algo demasiado familiar para mí.
—Ya estoy. —Sean me acerca la botella de agua fría, bebo un par de tragos y luego agacho la cabeza para echarme un poco encima, esto me refresca y me ayuda a estar más estable—. Tío, ¿qué te pasa?
Niego.
—Nada.
—Josh…
—Déjame tu móvil —le pido.
—¿Qué?
—Necesito escribirle a Ana.
—¿La amiga de Brit? ¿Estás así por ella? ¿Es por eso que casi matas a Charlie?
—Solo déjame escribirle, por favor.
Estoy agobiado y lo único que necesito es darle una explicación a esa chica, lo que ella quiera hacer después, me la pela, pero al menos necesito decirle que su primo es un bocazas de mierda.
Sean se saca el teléfono del bolsillo y me lo ofrece, yo copio el número de Anastasia y le mando un WhatsApp que al instante elimino para que nadie vea. Mi amigo se guarda de nuevo el móvil y me da unas palmadas en la espalda, ofreciéndome un poco más de agua.
—Es la primera vez que te veo así por una tía, aunque, sea lo que sea lo que esté pasando entre vosotros, se arreglará.
Asiento, sin saber cómo decirle que nunca una chica me ha importado tanto como ella, y ni siquiera existe un «nosotros».
Número desconocido: No tengo novia, me lo inventé para que Paula se alejase de mí. Tampoco tengo nada con ella. Pero piensa lo que te dé la gana. *corazón roto*