John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 82
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Capítulo 82

T amborileaba con los dedos, impaciente, sobre el mostrador. Siempre era lo mismo. ¿De qué servía tener la categoría Diamond si nunca atendían sus peticiones como era debido?

—Mi personal les envió un correo electrónico para comunicarles que llegaba esta mañana y que necesitaba entrar en la habitación antes de la hora. No entiendo por qué tengo que esperar.

La recepcionista filipina sonrió con nerviosismo. —Sí, señor, disculpe, señor. Estamos comprobando el sistema ahora mismo.

Suspiró, le dio la espalda al personal y examinó el vestíbulo con la mirada.

El vuelo de Bangalore a Dubái no había sido largo, poco más de cuatro horas, pero salía de madrugada, y él estaba cansado y el estómago se le quejaba.

Lo único que quería era llegar a su habitación, sentarse en un inodoro limpio, darse una ducha y dormir una hora antes de su reunión de la tarde.

Las puertas del ascensor se abrieron y observó cómo salía una pareja.

Fue la mujer la que le llamó la atención: alta y delgada, con una melena negro azabache que botaba al caminar y una piel tersa y bronceada.

Era un bombón, y no era el único que lo pensaba, a juzgar por cómo se giraban las cabezas y se interrumpían las conversaciones.

Volvió a mirar por encima del hombro. —¿Han encontrado ya mi habitación?

—Un segundo, señor.

—Idiotas —masculló, y volvió a observar a la mujer mientras cruzaba el vestíbulo del hotel, echándole un vistazo a su acompañante—.

Qué suerte tiene el tío —murmuró, pero al acercarse el hombre, frunció el ceño.

Había algo familiar en él, como si lo hubiera visto antes.

Entrecerró los ojos, rebuscando en su memoria.

Definitivamente lo conocía de algo, pero ¿de qué?

—Disculpe, señor.

Miró por encima del hombro a la filipina, que le sonreía con una tarjeta de acceso a la habitación en la mano extendida.

—Su habitación ya está lista, señor Patil.