John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 58
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Capítulo 58

J ohn se mantuvo en el otro extremo de la calle, tan pegado a los edificios como pudo, evitando en lo posible la luz de las farolas.

Por suerte, la calle estaba tranquila, las tiendas tenían los cierres echados y los residentes de los pisos superiores estaban pegados a sus televisores o durmiendo.

Una rata salió de un bajante y cruzó la acera corriendo, acelerándole aún más el pulso, que ya de por sí iba rápido.

Tenía que mantener la calma. Respiró hondo varias veces, inspirando y espirando por la nariz, y luego se acercó más al edificio.

Con un par de vistazos rápidos y usando la visión periférica, se hizo una idea más detallada de este.

Una complicada maraña de cables eléctricos y telefónicos se extendía más allá de la primera planta, que estaba a oscuras.

La segunda planta también estaba a oscuras; el estado de las ventanas daba la impresión de que los pisos inferiores no se utilizaban.

La única luz provenía de los sucios cristales de las ventanas del último piso.

Ahí debía de estar Hassan. John echó un vistazo furtivo al interior del Lexus, pero el conductor no era consciente de lo que le rodeaba, concentrado en una película que veía en el móvil, apoyado sobre el salpicadero.

John miró hacia la puerta, más allá de él.

Parecía bien cerrada; no podría entrar por ahí.

Quizá el callejón lateral le permitiese acceder.

Continuó caminando, pasó de largo el edificio y, unos cincuenta metros más adelante, cruzó la calle antes de desandar el camino.

Se mantuvo en las sombras mientras se acercaba lentamente al Lexus y luego se deslizó por el callejón lateral.

Estaba oscuro, así que esperó a que sus ojos se acostumbraran a la menor intensidad de la luz.

Detrás del inmueble, una puerta en un muro de hormigón daba a un pequeño patio trasero.

John probó la puerta. Mierda, estaba cerrada con llave desde dentro.

Retrocedió y miró hacia el edificio. La luz se escapaba por una ventana abierta en el piso de arriba.

Examinó los pisos inferiores. Si lograba subirse a lo alto del muro, podría alcanzar la cornisa de la primera planta donde estaban las unidades compresoras del aire acondicionado.

Desde allí, quizá fuera posible trepar hasta arriba.

Difícil, pero no veía otra forma de entrar.

¡Joder! Había esperado que su descenso por el edificio de Hassan fuera la última escalada que hiciera en su vida, pero ahora iba a tener que hacer de Spiderman otra vez.

Bueno, no había tiempo que perder. Flexionó los hombros, se aseguró de que la Glock estuviera bien sujeta, se giró la gorra de béisbol hacia atrás para que la visera no le tapara la visión y examinó detenidamente el muro.

Podía alcanzar la parte superior con los dedos, y si se izaba lo suficiente para que los dedos de los pies se apoyaran en el pomo de la puerta, estaba bastante seguro de que podría subirse.

Respiró un par de veces y alargó la mano hacia lo alto del muro.

Apretando los dientes, levantó el peso de su cuerpo; los dedos resbalaron ligeramente antes de que encogiera las rodillas y colocara los dedos de su pie derecho sobre el pomo de la puerta.

Para no perder el impulso, tiró con las manos y empujó con el pie derecho hasta que los codos sobrepasaron el muro; entonces, se aupó y pasó una pierna por encima hasta quedar a horcajadas sobre él.

Se detuvo, jadeando por el esfuerzo, y esperó a recuperar el aliento.

Aguzó el oído en busca de alguna señal de que alguien lo hubiera oído, pero el callejón estaba en silencio, y los únicos sonidos eran el zumbido lejano del tráfico y las voces ahogadas que llegaban del último piso.

John avanzó a lo largo del muro hasta llegar al edificio y, con la ayuda de la pared lateral de este, se puso de pie.

La cornisa no estaba mucho más alta, y subirse a ella fue tarea fácil.

Miró hacia arriba y se dio cuenta de que, si se ponía de pie sobre el compresor del aire acondicionado, ganaría un par de palmos más de altura, lo que facilitaría el acceso al siguiente piso.

Se subió con cuidado al compresor, procurando repartir el peso, y se irguió.

Tuvo que agacharse para que la cabeza y los hombros le cupieran bajo la cornisa de arriba, pero para agarrarla tendría que inclinarse hacia fuera en ángulo.

Cerró los ojos, reunió algo más de valor y, tras abrirlos, extendió la mano derecha hasta agarrar con firmeza la parte superior de la cornisa.

Giró el cuerpo, de modo que quedó inclinado hacia atrás en un ángulo de cuarenta y cinco grados sobre el patio trasero, y levantó el brazo izquierdo.

Poniéndose de puntillas, consiguió pasar el codo por encima de la cornisa.

Inspiró y espiró rápidamente con los labios fruncidos; después, se aupó, con las piernas balanceándose en el vacío.

Una paloma asustada salió volando de la cornisa, sus alas le rozaron la cara y las manos le resbalaron.

Desesperado, extendió la mano izquierda y se agarró a la tubería de cobre que salía de un compresor de aire acondicionado.

Esta se movió y uno de los soportes que la sujetaban a la pared se desprendió con un chirrido.

John se quedó colgado, rezando para que la tubería aguantara mientras sus piernas se balanceaban en el aire.

Las voces de arriba cesaron y esperó, deseando que nadie se asomara a la ventana.

Al cabo de un momento, las voces se reanudaron y John contó hasta tres; luego, se izó hasta la cornisa del segundo piso, donde se sentó jadeando mientras se apoyaba contra la pared del fondo.

Le temblaban las manos y no creía que pudiera ponerse de pie.

Notaba cómo los músculos de las piernas le temblaban por la adrenalina.

Esperó cinco minutos para controlar la respiración y para que los temblores de su cuerpo cesaran. Lentamente, se puso en pie. No quería volver a pasar por aquello, pero tenía que hacerlo. Si las chicas estaban allí, solo él podía rescatarlas.

Una vez más, se subió al compresor del aire acondicionado e inclinó el cuerpo hasta agarrar la siguiente cornisa.

Esta vez, se desplazó un poco hacia un lado para poder alcanzar con la mano izquierda el soporte de acero que sujetaba la unidad del compresor del tercer piso a la cornisa.

Lo rodeó con los dedos, respiró hondo y se impulsó hacia fuera, levantando la pierna derecha por encima de la cornisa y aupándose.

Se quedó tumbado, jadeando. Mucho más fácil esta vez. La práctica hace al maestro.

Al escuchar los sonidos de la habitación, oyó dos voces: una era obviamente la de Hassan; la otra, la de un hombre con acento tailandés.

John no distinguía bien lo que decían, así que se dio la vuelta y, con cuidado y en silencio, se incorporó hasta quedar sentado.

Tenía la cabeza justo debajo de la ventana abierta y aguzó el oído para escuchar lo que decían.

Seguía sin oír con claridad, así que, lentamente, levantó la cabeza hasta que pudo ver el interior de la habitación.

La habitación era diáfana y ocupaba la mayor parte de la planta.

Al fondo de la estancia, a la izquierda de la puerta, Adriana estaba atada a una silla con un trozo de cinta americana sobre la boca.

A John se le encogió el corazón al verla allí sentada, con el pelo alborotado y el desafío aún patente en su lenguaje corporal y en su rostro.

Amira yacía a su lado, acurrucada en el suelo en posición fetal, de cara a la pared.

Adriana fulminó con la mirada a Hassan y al otro hombre, a quien John reconoció como el tipo de paisano de la grabación de seguridad de su edificio.

Hablaban en voz baja, y John seguía sin poder distinguir lo que decían, hasta que Hassan le dio una palmada en el brazo al tailandés y abandonó la habitación.

El tailandés le sonrió con malicia a Adriana antes de acercarse a ella.

Se inclinó y le pasó la mano por el muslo, deslizándola entre sus piernas.

Adriana se revolvió y gruñó en señal de protesta, intentando con todas sus fuerzas zafarse de él.

—Zorra estúpida —dijo con desprecio. Acto seguido, retrocedió y le dio una bofetada en la cara.

John apretó los puños, la ira bullendo y creciendo en su interior.

Adriana volvió a girar la cara hacia el frente y fulminó con la mirada al tailandés, que se rio y escupió en el suelo, a sus pies. Al darse la vuelta, se acercó a Amira y le dio una patada en la espalda. Amira no se movió ni emitió sonido alguno.

—¡Hijo de puta! —masculló John. Le daría una lección a ese tipo aunque fuera lo último que hiciera.

El tailandés se sentó en una silla plegable junto al catre, sacó el móvil, se puso los auriculares y empezó a ver una película.

Los hombros de Adriana se hundieron. La necesidad de mostrar desafío había pasado, dando paso a la desesperación.

John volvió a deslizarse hasta quedar sentado bajo la ventana, con la espalda contra la pared, y sopesó sus opciones.

La ventana era lo bastante grande para que él pudiera colarse, pero necesitaría el factor sorpresa, y era demasiado pequeña para pasar con la rapidez suficiente.

Podía dispararle al hombre a través de la ventana, pero, sin silenciador, el ruido despertaría al vecindario y la policía no tardaría en llegar.

Tenía que encontrar otra forma de entrar.