Capítulo 49
J ohn le entregó un puñado de bahts al taxista y se bajó.
Le había dado una dirección a una manzana de su verdadero destino y esperó a que el taxi se alejara para sacar el móvil y abrir la aplicación de mapas.
Introdujo la dirección y esperó a que se cargaran las indicaciones.
Tras comprobar la pantalla, miró a la derecha, esperó a que hubiera un hueco en el tráfico y cruzó la calle corriendo.
Cinco minutos después, abrió la puerta de una tienda y el tintineo de una campanilla sobre esta anunció su llegada.
Echó un vistazo a los bolsos de piel expuestos en las estanterías que cubrían tres de las paredes de la tienda, y el olor a cuero nuevo e incienso impregnaba el ambiente.
Al fondo de la tienda, una joven guapa vestida de seda verde esmeralda le sonrió y juntó las manos para hacerle un wai .
— Sawasdee ka, señor. ¿Puedo ayudarle en algo?
— Sawasdee kup . Me llamo John Hayes. He venido a ver a Khun Sritangratanakul .
—Lo siento, señor. No está aquí.
John alzó la vista hacia la cámara de seguridad que lo vigilaba desde la esquina superior izquierda de la tienda. Le sonrió a la joven.
—Sé que está aquí. Por favor, dígale que me envía el señor Yu.
La ceja derecha de la joven se movió de forma casi imperceptible, con la sonrisa fija en el rostro.
Lo estudió un momento, sin moverse. Entonces John oyó un clic, una sección de la estantería que conformaba la pared del fondo de la tienda se abrió hacia delante unos dos centímetros y ella se hizo a un lado.
—Lo recibirá ahora, Khun Hayes.
John avanzó, la miró de reojo y después alargó la mano, tiró un poco más de la estantería y se deslizó por el hueco.
El mueble se cerró a su espalda con un clic.
Estaba en una sala grande, también llena de bolsos.
John observó más de cerca los conocidos diseños —Louis Vuitton, Chanel, Gucci—, cogió uno y lo examinó con atención.
Parecía auténtico, aunque tampoco sabría distinguir el artículo genuino de una falsificación bien hecha.
Una voz lo llamó desde más al fondo y John levantó la cabeza.
—Entre, por favor, señor Hayes. Estoy seguro de que no ha venido a mirar bolsos.
John devolvió el bolso a la estantería y cruzó el umbral que conducía a un despacho bien iluminado.
Las paredes estaban cubiertas de vitrinas de cristal llenas de relojes de lujo y, al fondo, tras un gran escritorio, estaba sentado un hombre de mediana edad.
No parecía tailandés, quizá chino-tailandés…
John no estaba seguro. Tenía algo de sobrepeso, vestía de manera informal con una camisa de lino holgada y unos pocos mechones de pelo le cubrían la calva en un vano intento de peinarse para disimularla. Se puso en pie y le tendió la mano.
—Es un placer conocerlo, señor Hayes. Cualquier amigo del señor Yu es amigo mío.
John le estrechó la mano. —Por favor, llámeme John.
—Y usted a mí, llámeme William —sonrió, y sus ojos brillaron tras unas gafas redondas con montura de alambre—. Mi nombre tailandés es un poco difícil de pronunciar. Por favor, tome asiento.
John acercó una silla y se sentó.
—¿Le apetece algo? ¿Un té, quizá?
—Estaría muy bien, gracias.
John observó cómo William metía la mano izquierda bajo el escritorio y luego volvía a colocar ambas manos sobre el tablero.
Un instante después, la joven apareció y se detuvo junto a John, supuestamente llamada por un botón oculto bajo el escritorio.
William le dio instrucciones en tailandés y luego esperó a que saliera de la habitación.
—Bien, John, ¿en qué puedo ayudarle?
—El señor Yu me ha dicho que usted tiene algunos…, ejem…, contactos especiales. ¿Le ha explicado mi situación?
—Así es, John, y sí, puedo ayudarle. Tardaré un día o dos en organizarlo, pero puedo hacerlo. Déjeme su número y me pondré en contacto con usted en cuanto lo haya arreglado. ¿Solo un…, ejem…, paquete?
—Sí, solo uno —sonrió John.
—No habrá problema. Solo deme un par de días.
—¿Y el coste?
—No se preocupe por eso, John —sonrió William—. El señor Yu dijo que correría con todos los gastos. ¿Debo suponer que lo tiene en alta estima?
—Lo ayudé con una cosa.
William asintió pensativo. Luego miró por encima del hombro de John mientras la joven entraba sigilosamente en la habitación y dejaba una bandeja sobre el escritorio.
Ambos esperaron mientras ella servía el contenido de una tetera en dos pequeñas tazas de porcelana. El vapor se elevó del líquido y el aroma a limoncillo llenó la estancia. Ella hizo una leve reverencia y se fue tan silenciosamente como había llegado.
John cogió la taza y sopló suavemente sobre la superficie, enfriando el líquido antes de dar un sorbo. —Muy bueno, gracias. —Dejó la taza en la mesa.
—Hay algo más en lo que necesito ayuda.
William enarcó una ceja.
—Necesitaré algo de protección personal.
—Ha venido al lugar adecuado —sonrió William. Dejando su taza, abrió un cajón del escritorio, sacó un juego de llaves y se levantó—. Por favor, venga conmigo.
Condujo a John a otra habitación, donde abrió un armario de madera oscura para revelar una selección de pistolas expuestas sobre un fondo de terciopelo.
—¿Cuál le gustaría?
John ocultó su sorpresa y dio un paso adelante, examinando las armas expuestas en busca de algo que le resultara familiar.
—Cogeré esa.
—Por supuesto, una buena elección. —Sacó la Glock 17 y se la entregó—. ¿Supongo que está familiarizado con esta arma?
John sopesó el peso en su mano y luego cerró los dedos alrededor de la empuñadura de la pistola.
—Sí, ya he usado una de estas. ¿Munición?
—¿Será suficiente con una caja?
—Más que suficiente. Con suerte, no tendré que usarla nunca.
—Bueno, si no lo hace, se la aceptaré de vuelta encantado. Pero una vez usada… —William se encogió de hombros.
—Sin problema. ¿Qué le debo?
William le puso una mano en el hombro a John.
—Invita la casa, John. Apruebo lo que está haciendo… Yo tengo una hija. Tenga cuidado.