Capítulo 47
J ohn salió al balcón y corrió las puertas de cristal para cerrarlas tras de sí.
Echó un vistazo al interior, donde Adriana y Amira desayunaban en la mesa del comedor, y luego repasó los números de su móvil.
Tras comprobar la hora en su reloj y calcular mentalmente la diferencia horaria, seleccionó el número que buscaba y marcó.
El teléfono solo sonó dos veces antes de que alguien respondiera.
—John. Qué grata sorpresa. ¿Cómo está?
—Estoy bien, señor Yu, ¿y usted?
—No me puedo quejar, John. Veo que sigue en Tailandia.
John sonrió. Nada escapaba a la agudísima mente de Ronald Yu, uno de los empresarios más ricos de Hong Kong.
—Sí, me he tomado un descanso para ponerme moreno.
Ronald Yu se rio entre dientes. —Por alguna razón, no me creo que John Hayes pueda pasarse mucho tiempo tomando el sol sin anhelar un poco más de emoción en su vida.
—Mmm, es curioso que lo diga, pero, antes de ir al grano, nunca le di las gracias por su generoso regalo. —John se refería a las acciones que Ronald le había regalado tras rescatar a su hijo 1 .
—Siempre estaré en deuda con usted, John. —Ronald hizo una pausa y John lo oyó sorber lo que debía de ser té, la bebida predilecta de Ronald.
—Creo que toda esa situación le ha venido de perlas a David. Parece que…, ¿cómo se dice?, ha sentado la cabeza.
—Me alegro de oírlo. Por favor, salúdele de mi parte. —John se apoyó con ambos codos en la barandilla del balcón y contempló la ciudad.
—Lo haré, John. Ahora bien, estoy seguro de que no ha llamado solo para intercambiar cumplidos. ¿Va a aceptar mi oferta de trabajo?
—Se lo agradezco, señor Yu, pero no. Es algo un poco más serio.
—John hizo una pausa, pensando en qué decir a continuación.
Ronald Yu era bien conocido por ser un hombre de negocios de enorme éxito en Hong Kong, con un patrimonio valorado en miles de millones.
Sin embargo, John sospechaba desde hacía tiempo que Ronald estaba metido en muchos fregados y que no todos eran legales.
—Señor Yu, necesito su ayuda.
Diez minutos después, John abrió las puertas correderas del balcón y volvió a entrar. Amira y Adriana levantaron la vista de donde estaban fregando y secando los platos del desayuno.
—¿Todo bien?
—Creo que sí. —John le sonrió a Adriana y luego miró a Amira—. Amira, creo que vamos a poder enviarte de vuelta con tus padres. ¿Te parece bien?
Amira sonrió y se le llenaron los ojos de lágrimas. Empezó a llorar en voz baja, con las manos todavía en el fregadero. Adriana dejó el paño de cocina y la rodeó con un brazo.
—Eh, ¿qué pasa?
Amira sorbió por la nariz y negó con la cabeza. —No pasa nada malo. Habéis sido tan amables… Nunca podré agradecéroslo.
John apoyó ambas manos en la encimera de la cocina y le guiñó un ojo a Adriana antes de dirigirse a Amira.
—Ya te lo hemos dicho. No tienes que agradecernos nada, Amira. Queremos ayudarte. Jamás podríamos haberte dejado allí para que Hassan te pegara. Lo que él hacía estaba mal.
Amira volvió a sorber por la nariz y se secó las lágrimas de las mejillas con el dorso de la mano derecha. Miró a John y a Adriana y sonrió.
—Gracias, señor. Gracias, señora.
Adriana le dio un abrazo y volvió a coger el paño de cocina. —Nada de «señora», soy Adriana.
Amira sonrió de oreja a oreja. —Sí, señora.
Ambas estallaron en carcajadas.
John las observaba divertido, pero su mente no paraba de maquinar.
Ronald Yu le había ofrecido su ayuda, pero no iba a ser tan fácil como John quería hacerles creer a Adriana y a Amira.
Sería peligroso para todos, pero ya se preocuparía de eso cuando llegara el momento.
Entretanto, había otro asunto que quería tratar.
Esperó a que las risas se apagaran y entonces habló.
—Amira, hay una cosa de la que no hemos hablado. La razón por la que te fuiste de casa fue para darles una vida mejor a tu familia. Si vuelves, nada habrá cambiado. De hecho, podría ser peor, porque no puedes regresar a tu casa de Korail.
—No pasa nada, señor… quiero decir, John. —Amira se secó las manos con una toalla—. Solo quiero ir a casa.
—Bueno, yo… —John asintió, pensativo, y luego miró de reojo a Adriana—.
Y estoy seguro de que Adriana siente lo mismo.
Queremos que tanto tú como tu familia tengáis una vida mejor.
—Volvió a mirar a Adriana. Estaba apoyada en la encimera de la cocina, con la cabeza ladeada, observándolo atentamente.
Dios, qué guapa era. Se aclaró la garganta.
—Voy a ayudarte. Te pagaré los estudios a ti y a tu hermana, y os enviaré dinero suficiente para que vuestros padres no tengan que trabajar. —Le sonrió—. Puedes devolvérmelo graduándote, ¿te parece bien?
Amira rodeó la encimera corriendo, le echó los brazos al cuello y se puso a llorar.
—Gracias, gracias.
John miró a Adriana por encima del hombro de la chica, y ella le devolvió la sonrisa con los ojos empañados.
1 Ver «Un millón de razones» - John Hayes #2