Capítulo 40
Y a era media mañana cuando Adriana fue a su casa, se cambió y luego se dirigió a su oficina.
La mayoría de los días trabajaba desde casa o en una cafetería, pero la editorial recibía sus llamadas, gestionaba las reservas y repartía los encargos.
Hacía unos meses había estado investigando la afluencia de refugiados rohinyás, pero como a nadie en la revista le interesaba publicar nada serio, había archivado la información y se había olvidado del tema.
Ahora, algunos de los contactos que había hecho durante su investigación podrían resultar útiles para decidir qué hacer con Amira.
La oficina de la editorial estaba en el extremo de Sukhumvit Road que da a Ratchadamri, así que cogió el BTS Sky Train y recorrió las cinco paradas hasta la estación de Chit Lom; luego bajó a la calle.
Se detuvo junto al santuario de Erawan, de pie al borde de la multitud que rendía homenaje a la estatua dorada de Brahma de cuatro cabezas.
Adriana no era una persona religiosa, pero cerró los ojos y rezó una breve plegaria por la protección de Amira.
Necesitaban toda la ayuda extra que pudieran conseguir.
Al abrir los ojos, pasó junto a los vendedores de incienso y flores y rechazó la oferta de liberar pájaros enjaulados.
Desde luego, no iba a fomentar esa práctica pagando.
Sacudió la cabeza. Las cosas que hacía la gente en nombre de Dios.
Giró a la izquierda por Ratchadamri y pasó por delante del Grand Hyatt antes de volver a girar a la izquierda por el soi .
Justo después del Hotel Marriott Courtyard, a la derecha, entró en la Royal Gold Tower, saludó con la mano al guardia de seguridad y cogió el ascensor hasta la decimoquinta planta.
Abrió la puerta de entrada de Millennium Publications y sonrió a la recepcionista.
—Sawasdee kaa, Khun Kitty.
La joven de la recepción le devolvió la sonrisa, dejando al descubierto unos brackets de color rosa.
— Sawasdee kaa, Khun Adrianaaa —respondió, alargando las aes de su nombre—. ¿Cómo está? Hace mucho que no viene a la oficina.
Adriana se detuvo junto al mostrador. —No, Khun Kitty, he estado trabajando desde casa. He venido a recoger un expediente. ¿Hay algún recado para mí?
— Kaa . Un hombre ha llamado muchas veces esta mañana, preguntando si está usted aquí, pero no quiere dejar su nombre ni su número.
—Mmm —frunció el ceño Adriana—. Qué raro. ¿Tailandés o farang ?
—Suena a farang . No sabe hablar tailandés.
Adriana se mordió el labio y tamborileó con los dedos en el mostrador mientras pensaba. ¿Podría ser Hassan? ¿Estaba siendo paranoica? Tal vez, pero el momento era sospechoso.
—Vale, si vuelve a llamar, dígale que estoy fuera por un encargo y pídale un nombre y un número, y que yo le devolveré la llamada.
—De acuerdo, kaa —asintió Kitty, con expresión seria—. ¿Está todo bien, Khun Adriana?
—Sí, sí —sonrió Adriana—. No hay de qué preocuparse. Solo voy a coger el expediente y me marcho.
Diez minutos después, Adriana salía del edificio con el expediente metido en un sobre marrón dentro de su bolso. Mientras miraba a ambos lados y cruzaba el soi , un hombre salió del vestíbulo a la acera. Sacó un móvil, hizo una llamada y siguió a Adriana con la mirada calle arriba.