Capítulo 36
J ohn estaba tumbado bocarriba, observando cómo los rayos del sol de primera hora se filtraban por las persianas.
Se miró el brazo que le rodeaba el pecho, giró la cabeza y contempló al ángel que dormía a su lado.
Tenía los labios entreabiertos mientras respiraba suavemente y un mechón de pelo le caía sobre la mejilla.
Se movió un poco y alargó la mano libre para colocarle el mechón detrás de la oreja, mientras la punta de sus dedos recorría con suavidad el lóbulo.
Estudió su rostro, la forma de sus cejas, la longitud de sus pestañas.
Sintió un calor en el cuerpo, un hormigueo en el pecho, sensaciones que no había experimentado en mucho tiempo; demasiado, en realidad.
¿Podría de verdad tener la oportunidad de volver a ser feliz? ¿De compartir su vida con alguien? Eso esperaba. Lo intentaría, pero en el fondo, seguía asustándolo. Le asustaba que alguien pudiera romperle el corazón de nuevo, que esta hermosa mujer que yacía a su lado le fuera arrebatada.
Adriana se removió y sus ojos se abrieron con un aleteo. Vio que John la estaba observando y sonrió.
—Buenos días.
Se deslizó hacia delante y lo besó en los labios, luego apoyó la cabeza en la mano derecha y lo contempló, mientras su dedo índice izquierdo le recorría el puente de la nariz y después los labios.
El corazón de John se aceleró y la atrajo hacia sí.
—Señor Hayes, ¿piensas aprovecharte de mí otra vez? —soltó Adriana una risita.
John levantó la cabeza y apretó sus labios contra los de ella. Esta abrió la boca y la lengua de él recorrió el interior de sus labios. Alargó la mano derecha, deslizó los dedos por su espesa melena y la subió encima de él.