Capítulo 19
SEIS MESES ANTES
A mira se acurrucó en el rincón de la choza de bambú e intentó hacerse más pequeña. Hacía una semana que había hecho el viaje en barco desde Bangladés hasta la costa de Tailandia, para luego ser metida en un camión con otros veinte hombres y mujeres bangladesíes y conducida hasta el campamento.
Asustada y hambrienta, deseó estar de vuelta en casa, en el entorno familiar del barrio de chabolas de Korail.
Lo que había empezado como una aventura emocionante se había convertido en una pesadilla.
Estaba acurrucada en una choza con treinta mujeres y niños, algunos de Bangladés, como ella, pero la mayoría de Myanmar, rohinyás que huían de la persecución del brutal régimen de Myanmar.
En algún lugar en la oscuridad de la choza, una mujer sollozaba en voz baja.
Amira sabía que era una mujer. Los niños habían dejado de llorar hacía mucho, demasiado cansados y débiles por el largo viaje y la falta de comida.
Las mujeres lo tenían fácil en comparación con los hombres.
Amira ya había visto cómo sus captores mataban a un hombre a golpes.
No sabía por qué, pero los rumores que corrían entre las mujeres bangladesíes decían que no había pagado a los traficantes el importe íntegro de su viaje.
Amira tampoco había pagado, pero Karim Chacha le había garantizado que estaría a salvo hasta que llegara a su destino y empezara a ganar dinero.
Entonces les devolvería el dinero a los traficantes.
Las mujeres se tensaron al oír pasos que se acercaban a la puerta y se encogieron de miedo al oír abrirse los candados. Alguien abrió la puerta de un tirón y un haz de luz cegadora entró en la estancia.
— Aapyinmhar —gritó el hombre mientras golpeaba el marco de la puerta con una vara de bambú.
Amira no entendió lo que decía, pero todas las mujeres rohinyás se pusieron en pie y salieron en fila por la puerta; ella y las demás bangladesíes las siguieron. Se alinearon bajo el sol, parpadeando ante la intensa luz. A su lado, los hombres salieron de su choza y también se pusieron en fila.
Uno de los guardias empujó a las mujeres y a los niños para ponerlos en una línea recta, luego los contó y pasó a la fila de los hombres para hacer lo mismo.
Al llegar al final, pareció desconcertado y volvió a contar.
Las cifras no cuadraban, así que gritó a los otros guardias que estaban mirando.
Dos de ellos entraron corriendo en la choza y, al cabo de un momento, sacaron a rastras a un hombre y lo arrojaron al suelo boca abajo, delante de ellos.
El guardia principal se acercó y le gritó al hombre, pero no obtuvo respuesta.
Le dio un empujoncito con la punta del pie.
De nuevo, nada. Agachándose, le levantó la cabeza por el pelo y le miró la cara.
Con la mano que le quedaba libre, le dio una fuerte bofetada.
No hubo respuesta; estaba inconsciente o muerto.
El guardia lo soltó y la cabeza del hombre cayó al suelo con un golpe seco.
El guardia masculló algo a los otros, luego se levantó y miró a los hombres y mujeres que estaban de pie delante de él.
Señaló a dos de las mujeres rohinyás e hizo un gesto hacia una cesta de mimbre que había en el suelo.
Temerosas, se acercaron y se acuclillaron junto a ella.
Tras quitar la tapa, metieron la mano, sacaron un puñado de arroz e hicieron una bola con él.
Los guardias empujaron a las otras mujeres para que avanzaran y estas se pusieron en cola mientras las dos rohinyás repartían una bola de arroz a cada una.
Amira cogió la suya y se acuclilló en el polvo.
Era arroz viejo, duro y seco, pero sería la única comida que recibiría ese día, así que lo masticó lentamente, haciendo que durara lo más posible.
Las mujeres se sentaron en el polvo y comieron, todas con los ojos fijos en el cuerpo del hombre que yacía al sol, con las moscas zumbando alrededor de su cabeza. Nadie quería acabar como él.
Amira se removió, incómoda, en la tierra.
Tenía calor y sed. Llevaban unas tres horas al sol y el calor era implacable.
No había nada que beber y algunos de los hombres y mujeres mayores estaban tumbados en el suelo, debilitados por la deshidratación y el hambre.
Habían trasladado a los niños a la poca sombra que ofrecían las paredes de las chozas, pero los adultos tenían que permanecer bajo el sol que caía sin piedad, extrayendo toda la humedad de sus cuerpos.
Los guardias habían arrastrado al muerto fuera de la vista y ahora holgazaneaban en hamacas colgadas de los árboles al otro lado del recinto.
A lo lejos se oyó un motor, cuyo sonido aumentó a medida que se acercaba hasta que un vehículo apareció por el camino, haciendo sonar el claxon mientras se detenía en la pista de tierra frente a la verja.
Amira y las demás mujeres sintieron una oleada de esperanza al mirar el vehículo, una camioneta blanca y negra con la palabra Policía escrita en letras grandes en el lateral y una barra de luces rojas y azules en el techo.
Las puertas se abrieron y dos policías se bajaron, se alisaron los uniformes y se pusieron las gorras.
Amira miró a los guardias, esperando que el pánico se apoderara de ellos, pero no parecían preocupados en absoluto.
En lugar de eso, el guardia jefe se acercó, abrió la verja y se hizo a un lado mientras entraban.
Se produjo una conversación, con muchas risas y palmadas en la espalda.
Las esperanzas de Amira se desvanecieron.
Aquellos policías no parecían haber venido a rescatarlos.
Los refugiados observaron cómo el guardia jefe se metía la mano en el bolsillo, sacaba un fajo de billetes y contaba un grueso taco antes de entregárselo a uno de los policías.
El agente se lo dio a su compañero sin mirarlo y luego dirigió la mirada hacia las mujeres.
Le dijo algo al guardia jefe, que se hizo a un lado y gesticuló en dirección a ellas.
El policía se acercó y se plantó delante de ellas, con las manos en las caderas.
Carraspeó y escupió en el suelo; luego, girando ligeramente la cabeza, llamó al guardia, que se acercó y se colocó a su lado.
El policía siguió mirando a las mujeres, estudiándolas a todas con la mirada.
Señaló a una chica joven y el guardia se abrió paso entre el grupo para sacarla.
La madre de la chica chilló de angustia e intentó sujetar el brazo de su hija.
El guardia le dio una patada en el estómago y ella aulló de dolor, doblándose en el suelo.
El hombre arrastró a la chica por la tierra y la arrojó a los pies del policía.
El policía señaló a otras dos y el guardia también las sacó, pateando y golpeando a cualquiera que intentara impedir que se las llevaran.
La mirada del policía recorrió a Amira y la pasó de largo, pero luego, como si lo reconsiderara, volvió a fijarse en ella.
La señaló también a ella, y Amira se estremeció.
¿La estaban rescatando o le esperaba algo peor?
No tuvo tiempo para pensar antes de sentir que las manos del guardia la agarraban del brazo y la ponían en pie de un tirón.
El policía se dio la vuelta y regresó a la camioneta mientras los otros guardias corrían hacia delante y empujaban a las cuatro chicas tras él.
Las metieron en la camioneta; las dos chicas más jóvenes gemían de miedo mientras los lamentos de sus madres resonaban por todo el recinto selvático.
Los dos policías volvieron a subir al vehículo y, con un gesto de despedida a los guardias, hicieron una maniobra de tres puntos y emprendieron el camino de vuelta por la pista.