John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 8
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Capítulo 8

D esde que John había conocido a Adriana, no podía sacársela de la cabeza y volvía a la cafetería todos los días a la misma hora. Por desgracia, ella no había estado allí.

El día que se conocieron, había vuelto a su apartamento y se había quedado mirando la foto con marco de plata de Charlotte que guardaba junto a la cama.

Se le encogía el corazón por ella, pero, tristemente, nunca iba a volver y él se sentía solo.

Los seres humanos buscan compañía, y él no era una excepción.

Se las había apañado bien hasta ahora, manteniéndose ocupado, distrayendo la mente con otras cosas, pero el encuentro con Adriana había despertado sentimientos olvidados hacía mucho tiempo; sentimientos que había enterrado en lo más profundo por miedo a que volvieran a hacerle daño.

Mirando la foto, había decidido olvidar a la bella portuguesa, pero a la mañana siguiente, después de salir a correr, estaba de vuelta en la cafetería, y también a la mañana siguiente. En parte, se alegraba de que no estuviera, pero tenía que admitir que también estaba decepcionado.

Al cuarto día, estaba tomándose el café cuando sintió que alguien sacaba el taburete de al lado. Se giró y el corazón le dio un vuelco.

—¿Está ocupado este asiento?

—C-c-claro que no —tartamudeó él, repentina y sorprendentemente nervioso. Tragó saliva y se recompuso—. Adriana, ¿verdad? ¿Cómo estás?

—Muy bien, gracias, John. —Le devolvió la sonrisa, y la luz resaltó los destellos dorados de sus ojos.

—¿Te invito a un café? ¿Qué te apetece?

Adriana echó un vistazo por la cafetería y vio una bebida en una de las mesas. —Quiero probar una de esas.

John miró hacia donde ella señalaba y sonrió. Le hizo una seña al camarero y pidió por ella en tailandés.

—Me impresiona tu nivel de tailandés, John. Llevo aquí casi un año y no sé decir ni una palabra.

—Me defiendo en un restaurante para pedir comida, pero, por favor, no me pidas que mantenga una conversación.

—Bueno, al menos sabes lo importante —rio Adriana.

El camarero se acercó a la barra y colocó un vaso pequeño y una jarra blanca delante de Adriana. En el vaso había dos cubitos de hielo negros: café solo congelado.

—Siempre he querido probar esto —dijo ella mientras cogía la jarra y vertía una nata espesa sobre los cubitos de hielo—. No lo he visto en ningún otro sitio.

—Los tailandeses parecen tener un don para presentar la comida y la bebida de forma bonita. —John miró su propia taza—. Aunque yo prefiero el café caliente y solo, incluso con este clima.

Adriana sonrió, cogió una cucharilla y removió su vaso. —Creo que tengo que esperar a que se derrita el hielo.

—Estará bastante fuerte para cuando llegues al final —sonrió John.

—Sí —rio Adriana entre dientes—, quizá no ha sido tan buena idea, después de todo.

Se quedaron en silencio un momento, ambos observando al equipo de camareros mientras se afanaban tras la barra preparando las bebidas.

John se giró para mirarla. —Oye…

Al mismo tiempo, Adriana se giró. —Tú…

Se rieron de aquel momento incómodo. Luego John dijo: —Adelante, por favor.

Adriana jugueteó con su vaso.

—Iba a preguntarte, ¿a qué dedicas el tiempo? Mencionaste la última vez que nos vimos que te estabas tomando un descanso.

—Sí, así es. —John se encogió de hombros—.

Siempre encuentro algo que hacer. Voy a una escuela de tailandés dos veces por semana, hago ejercicio, exploro la ciudad.

Sobre todo, disfruto de no tener un horario fijo.

—John hizo una pausa, todavía reacio a compartir demasiado.

Tenía la costumbre de guardarse las cosas para sí mismo, pero le sentaba bien hablar con aquella bella mujer—.

He tenido un par de años difíciles, así que me viene bien tomarme un respiro.

Adriana le devolvió la mirada y él, a su pesar, apartó la vista, bajándola hacia su bebida. Volvió a levantarla, cambiando de tema.

—¿En qué estás trabajando ahora? ¿Dijiste que eras escritora?

—Sí —asintió Adriana y cogió su bebida—.

Estoy escribiendo un artículo sobre un nuevo restaurante y bar en Soi 20.

—Removió los cubitos de hielo, y el color de su bebida cambió de blanco a un marrón claro a medida que los cubitos se derretían y el café solo se mezclaba con la nata.

Dio un sorbo y luego miró a John—. El restaurante se llama Dragon. ¿Has estado?

—No, he pasado por delante, pero nunca he entrado. ¿Es el que tiene las pasarelas de madera que atraviesan el jardín y los estanques de carpas koi?

—Sí, ese es.

—Parece bonito. Quizá vaya una noche de estas.

Adriana asintió y se quedó mirando su bebida, sin decir nada.

John la observó. Era exquisita: su piel, la forma en que la luz incidía en su pelo, sus largos dedos, las uñas pulcramente cortadas, sin pintar, solo con un brillo transparente. En ese momento, ella levantó la vista y lo pilló mirándola. Él apartó la mirada rápidamente, avergonzado.

—John, sé que acabamos de conocernos y que esto va a sonar un poco raro, pero ¿puedo pedirte un favor?