Capítulo 35
J ohn le devolvió la sonrisa.
—¿Has traído café?
Thapa se acercó, le cogió las tijeras de la mano a John y cortó las ataduras para liberarlo. Luego se agachó y cortó las bridas que le sujetaban los pies. John hizo girar las muñecas y dio unos pasos de un lado a otro para restablecer la circulación.
—¿Y qué hacemos con este tío? —preguntó Thapa con un gesto de la cabeza hacia David, que estaba acurrucado contra el costado del barco.
—Córtale las bridas de los pies, pero déjale las manos atadas. Tengo que hacerle unas preguntas. ¿Había alguien a bordo?
—Un gweilo y un chino. Mi padre se ha encargado del chino.
—Joseph. ¿Y Peter?
—¿El gweilo ? No lo sé.
—Vale, subamos a este tío y decidamos qué hacer.
Thapa agarró a David por el brazo y lo empujó hacia la puerta. John salió tras él y, mientras Thapa empujaba a David escaleras arriba, John fue al camarote de proa. La bolsa de lona de Joseph seguía sobre la cama. John cogió un puñado de bridas antes de subir a cubierta.
Thapa esperaba a John en la cocina, con un David de aspecto aterrorizado a su lado.
—Haz que se siente ahí —indicó John señalando con la cabeza el sofá del salón. Thapa lo empujó hacia el sofá y se volvió hacia John.
—John, este es mi padre.
John miró hacia la parte trasera del salón, donde un hombre de aspecto fornido estaba sentado a horcajadas sobre Joseph.
—Señor Rai, un placer conocerlo. Y gracias.
Tejpal le devolvió la sonrisa.
—¿Qué ha sido del otro?
Tejpal señaló con la cabeza la puerta trasera abierta.
—Lo siento, John, pero se ha escapado.
John se dirigió a la popa y salió por la puerta. Miró a su alrededor, pero no había ni rastro de Peter por ninguna parte, y la lancha auxiliar había desaparecido de la parte trasera del barco.
—Mierda.
Volvió a entrar y bajó la vista hacia Joseph, que le devolvía una mirada de desprecio a pesar de tener una hoja de aspecto temible pegada a la garganta. John le pasó las bridas a Tejpal.
—Use estas. Tenemos que interrogarlo.
Tejpal hizo rodar a Joseph y le ató las manos. Luego lo puso de pie y lo empujó hacia el sofá, donde lo obligó a sentarse junto a David. David se apartó de él, intentando mantener la mayor distancia posible.
Joseph miró con desdén a los hombres que estaban de pie frente a él.
—Están ustedes en un buen lío. Soy agente de policía. Me aseguraré de que pasen el resto de sus vidas en la cárcel.
John se acercó a la mesa del comedor y quitó el dispositivo de escucha que había debajo, sosteniéndolo en alto para que Joseph lo viera.
—¿Quizá deberíamos escuchar lo que hay aquí?
El rostro de Joseph cambió; su expresión de desafío flaqueó.
—Sí, ya me lo imaginaba. —John frunció los labios—. Parece ser que Peter no ha sido tan sincero conmigo como yo pensaba.
Miró a Tejpal.
—Señor Rai, por favor, lléveselo abajo. Asegúrelo en uno de los camarotes. Lo interrogaremos más tarde. —Tejpal asintió, levantó a Joseph del sofá y lo empujó hacia las escaleras. Joseph se rio de John con sorna y escupió en el suelo, delante de él.
John ignoró a Joseph y cogió una silla del comedor, la colocó delante de David y se sentó. Thapa se sentó en el brazo del sofá de enfrente.
—David, quizá deberíamos empezar por ti.
—No sé nada —gimoteó David—. Creía que trabajabas para Diente Roto.
—Entonces, ¿no eres tú quien me ha estado enviando mensajes?
—No —negó David con la cabeza violentamente—. Ni siquiera sé quién eres.
—¿No ingresaste un millón de dólares en mi cuenta?
—¿Por qué iba a hacer yo eso?
—Porque debes dinero y querías que matara a Peter para poder tomar el control de Pegasus y vender los activos para pagar tus deudas.
David miró a John con incredulidad, con la boca abierta. Negó lentamente con la cabeza y miró alternativamente a John y a Thapa.
—Sí, debo dinero, pero nunca mataría a Peter. No soy un criminal.
John estudió su cara por un momento. Sus protestas sonaban sinceras y parecía genuinamente asustado.
—Encontré justificantes de ingreso en tu despacho de Pegasus Land. Un millón de dólares ingresados en mi cuenta en efectivo.
David sacudió la cabeza con incredulidad.
—Hace semanas que no voy a ese despacho. Tengo otros negocios que atender. Hablo con Peter por teléfono, pero casi nunca voy a la oficina.
John frunció el ceño y pensó un momento, tratando de que las cosas encajaran. Pero cuanto más pensaba, más confuso parecía todo.
—¿Por qué hiciste que me dieran una paliza?
—¿Qué? ¿Cuándo?
—A principios de esta semana. Dos matones tatuados en un G-Wagen negro.
Una expresión de reconocimiento apareció en el rostro de David.
—Mi padre. —David levantó la vista hacia John—. ¿Dónde estabas?
—Te estaba siguiendo desde tu casa.
David asintió.
—A mi padre le gusta vigilarme, por desgracia. Mira, no sé qué ha estado pasando, pero te prometo que no he tenido nada que ver con ningún mensaje ni con el dinero de tu cuenta.
—Vale —asintió John lentamente—. Puede que te crea. Pero hay una cosa que no entiendo. Eres rico. ¿Por qué ibas a pedirle dinero prestado a un tipo llamado Diente Roto?
David suspiró. —No conoces a mi padre —dijo, y bajó la vista hacia el suelo.
Volvió a levantar la mirada y observó a John con seriedad—.
Nunca he sido lo bastante bueno para él.
Supervisa todo lo que hago. —Negó con la cabeza—.
Tengo cuarenta años... y todavía me da una paga, por el amor de Dios.
—Se le hundieron los hombros mientras volvía a mirarse los pies—.
Mis coches y los casinos son mi única vía de escape.
—Suspiró de nuevo—. Pero he tenido mala racha —dijo, alzando la vista hacia John—, y no puedo contárselo a mi padre. Me matará.
John se levantó y se puso a caminar por el salón.
Thapa lo observaba mientras David se dejaba caer de nuevo en el sofá, con un lenguaje corporal que denotaba su derrota.
John se detuvo y miró por la ventana los barcos que pasaban por el canal, la mole chillona y multicolor del restaurante flotante Jumbo.
Tomó una decisión. Se dio la vuelta y miró a Thapa.
—Suéltalo, pero vigílalo mientras registro el barco.
Le hizo un gesto con la cabeza a Tejpal, que estaba de pie en lo alto de la escalera, con su khukuri siempre presente en la mano derecha.
—Señor Rai, ¿quizás pueda ayudarme usted?
Tejpal asintió y le pasó el khukuri a Thapa.
John lo siguió escaleras abajo. Empezaron por el camarote de proa y registraron los armarios, pero no encontraron nada.
John cogió la bolsa de Joseph y volvió a registrarla.
No había ni rastro de ningún equipo de grabación, solo más bridas, la pistolera vacía y una muda.
En los otros camarotes no apareció nada de interés, así que pasaron al de popa, donde Joseph yacía en el suelo, atado de pies y manos.
— Tiu lei lo mo , hijo de puta. Nunca te saldrás con la tuya —espetó. John le dio una patada en la entrepierna al pasar, lo que puso fin a cualquier conversación.
Los armarios solo contenían ropa de Peter, así que John pasó al escritorio. Ya había registrado los cajones, pero debajo de ellos había una puerta cerrada con llave. Volvió a buscar una llave en los cajones, pero no encontró nada.
—Señor Rai, mire a ver si puede encontrar algo que podamos usar para abrir esto.
Tejpal asintió y salió de la habitación. John siguió registrando los armarios del baño y debajo de la cama, pero no encontró nada. Tejpal apareció en el umbral con su khukuri y una sonrisa.
—Pruebe esto, John.
John se lo quitó y sopesó la hoja en la mano, admirando su artesanía.
Debía de pesar cerca de medio kilo y medía aproximadamente cuarenta centímetros de largo.
La hoja se curvaba en un semicírculo desde la empuñadura de madera pulida, con el filo cóncavo.
En un lado estaba grabado el grito de guerra gurkha: « Ayo Gorkhali , aquí están los gurkhas».
Era un arma impresionante y John se resistía a usarla para algo tan mundano como abrir un armario. Volvió a mirar a Tejpal.
—¿Está seguro?
Tejpal asintió.
John se giró e introdujo la hoja entre el borde de la puerta y el escritorio.
Hizo palanca hacia fuera y la madera alrededor de la cerradura se astilló y cedió.
Le devolvió el khukuri a Tejpal y se agachó para mirar dentro...
y silbó. Metió la mano, sacó un fajo de billetes de quinientos dólares sujeto con una goma elástica y lo lanzó sobre la cama.
Había más dentro, y los fue sacando todos hasta que hubo un montón sobre la cama.
John se incorporó y le guiñó un ojo a Tejpal.
—Creo que vamos a necesitar una bolsa.