Capítulo 61
R ajiv estaba sentado incómodamente en el borde de un sillón mullido en el gran salón y observó los muebles ostentosos, los adornos caros, las fotos enmarcadas de Surya Patil dándole la mano a dignatarios y personalidades.
Desde luego, era todo un logro haber acumulado todo aquello y, sin duda, no era posible con el humilde sueldo de un ministro.
¿Cuánto se llevaban a casa oficialmente?
¿Cuarenta mil rupias al mes? No era suficiente para pagar una casa de este tamaño, y mucho menos la flota de coches extranjeros.
Y quién sabe qué otras propiedades poseería.
Surya Patil era un hombre de negocios de éxito, pero Rajiv estaba seguro de que su fortuna no era del todo legítima.
El sistema estaba tan corrupto que los políticos ya ni siquiera intentaban ocultar las pruebas de la corrupción.
Era descaradísimo. Casi se aceptaba que la mejor vía para amasar rápidamente una inmensa fortuna era la política.
Los pensamientos de Rajiv se vieron interrumpidos cuando Sunil entró en la sala. Se levantó y le tendió la mano, pero Sunil lo ignoró y se sentó en el sillón de enfrente.
—¿Qué puedo hacer por usted, inspector?
Rajiv vaciló, percatándose de la arrogancia, de la palabra «inspector» dicha casi como si se le acabara de ocurrir.
Volvió a sentarse en el borde del sillón.
Examinó a Sunil: la mandíbula sin afeitar, las ojeras que le rodeaban los ojos, su aspecto desaliñado.
Rajiv no lo conocía en persona, pero había visto un montón de fotos suyas y también lo había visto de lejos en reuniones políticas.
Nunca lo había visto con un aspecto tan descuidado, y apestaba a alcohol y a humo de tabaco rancio.
Rajiv se aclaró la garganta. —¿Supongo que ha oído hablar de la muerte del señor Shivraj Gowda?
—Sí, lo he oído.
—¿Era amigo suyo?
—Más bien un conocido. Hacía muchos trabajos para mi padre.
Rajiv asintió, tomando nota mental del término que Sunil había utilizado.
—Al señor Gowda se lo vio por última vez en el templo de Meenakshi hace cinco días.
—He oído que le gustaba rezar —respondió Sunil, examinándose las uñas.
—¿No parece usted muy afectado, señor Patil?
—Es una desgracia, pero ya le he dicho que solo era un conocido.
Rajiv asintió y frunció los labios. Se inclinó hacia delante en el sillón. —La cuestión es, señor Patil, que los testigos presenciales mencionan que salió del templo con un hombre que encaja con su descripción, en un Mercedes blanco, como el que está aparcado ahí fuera.
Sunil se encogió de hombros. —Ah, sí, es verdad, lo había olvidado. Mi padre me pidió que lo recogiera y lo trajera aquí.
—¿Es eso normal, señor Patil? ¿No podría haberle pedido a uno de sus empleados que lo hiciera?
—Sí, podría haberlo hecho, pero creo que estaban ocupados esa mañana.
—¿Y para qué lo necesitaba su padre?
Sunil fulminó a Rajiv con la mirada. —No tengo ni idea. ¿Por qué no le pregunta a él? ¿Algo más, inspector?
—Solo un par de preguntas más, señor Patil. ¿Qué hizo el señor Gowda después de que usted lo trajera a la casa?
—Ya le he dicho que mi padre quería verlo.
—¿A qué hora fue eso, señor Patil? ¿A qué hora se marchó?
Sunil se encogió de hombros, con la irritación reflejada en el rostro. —No lo sé, quizá a media tarde. Mire, soy un hombre ocupado, inspector. ¿Por qué no sale a investigar? Averigüe quién lo mató en lugar de hacerme perder el tiempo. —Sunil se puso en pie.
Rajiv también se levantó; era evidente que la entrevista había terminado. —Señor Patil, gracias por su tiempo. Puede estar seguro de que no descansaré hasta que averigüe lo que ha pasado.
Sunil frunció el ceño y estudió a Rajiv, mirándolo de arriba abajo como si estuviera pensando en cómo responder. Luego, se dio la vuelta y salió por la puerta, gritando: —Sanju, acompaña al inspector a la salida.
Rajiv caminó hasta su vehículo. Sabía que Sunil mentía.
La historia no cuadraba con los horarios.
Si había recogido a Shivraj por la mañana, ¿por qué se había ido por la tarde?
¿Qué había estado haciendo todo ese tiempo?
Muniappa le había dicho que Surya Patil había estado en Delhi, así que no era posible que hubiera querido ver a Shivraj.
Otra cosa que no entendía era por qué Sunil decía que Shivraj era solo un conocido cuando en las páginas de sociedad de los periódicos habían salido numerosas fotos de los dos juntos.
Nada de aquello tenía sentido. Cada vez estaba más convencido de que John Hayes no tenía nada que ver con este asesinato, y su otra teoría —que Shivraj había sido asesinado por un rival político— también empezaba a parecer inverosímil.
Sunil Patil había ascendido al primer puesto de la lista de sospechosos. Pero ¿por qué habría matado a su amigo?