Capítulo 29
S unil, Swami y Fatty estaban sentados alrededor de una mesa llena de botellines vacíos de Kingfisher y una botella de vodka a medio empezar en la azotea de la casa de Sunil.
El ambiente de esa noche era sombrío, sin las risas ni el cachondeo habituales que los acompañaban siempre que se juntaban.
Sunil se inclinó hacia delante y apagó un cigarrillo en el cenicero a rebosar mientras una brisa fresca agitaba las hojas de las plantas tropicales que bordeaban la zona de asientos e hacía ondear el toldo de lona sobre sus cabezas.
—No me lo puedo creer —gruñó Swami—. ¿Qué coño hacía durmiendo en la carretera?
Fatty permaneció en silencio, con la atención puesta en la bandeja de pollo tandoori que tenía en el regazo.
Sunil encendió otro cigarrillo y expulsó una nube de humo al aire. Bebió directamente de la botella de vodka antes de responder:
—Como encuentre al cabrón que lo atropelló, le parto las piernas.
—Sí, claro —se mofó Swami—. ¿En esta ciudad? Ni de coña encuentras a nadie. Tío, le había llegado la hora. Se estaba matando a beber de todas formas y, con la de coca que se metió esa noche, me extraña que llegara tan lejos.
Sunil asintió y le dio otro trago al vodka antes de pasarle la botella a Fatty.
—Debería haberle dejado quedarse aquí, pero ya sabes cómo es mi padre. Nunca pudo soportarlo.
Fatty escupió un hueso de pollo al suelo, se limpió la boca con la manga y le pegó un trago al vodka, apurándolo antes de pasarle la botella a Swami.
Sunil se levantó y caminó hasta el borde de la azotea, contemplando las azoteas mientras se terminaba el cigarrillo. Tiró la colilla por encima del muro y se giró para mirar a sus dos amigos, sentados mustios en sus sillas.
—A la mierda. A beber. ¿Crees que Anil querría que nos quedásemos aquí sentados compadeciéndonos de él?
No. Si fuera por uno de nosotros, ahora mismo estaría puesto hasta las cejas.
—Regresó a la mesa y le dio una palmada en el hombro a Fatty—.
Venga, Manish, levanta tu culo gordo de la silla.
Vámonos al centro a darle a Anil la despedida que se merece.
Swami sonrió con sorna.
—Sí, Manish, ya va siendo hora de que muevas el culo. Venga, vamos.