John Hayes: Libros 1–3
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Prólogo
PRÓLOGO
J ohn la atrajo hacia sí y ella apoyó la cabeza en su hombro mientras contemplaban el valle.
El sol estaba bajo en el horizonte y la luz del atardecer transformaba las colinas de los Ghats occidentales en siluetas azules y grises.
Muy abajo, se oyó el graznido de un pavo real mientras una suave brisa les traía el olor a humo de leña de las hogueras de las cocinas del pueblo.
—¿No es maravilloso? —Charlotte se giró y le sonrió a John.
John la contempló: las arruguitas en las comisuras de sus ojos azules, el rizo de pelo rubio que le caía sobre la frente bronceada. Sonrió, la abrazó con más fuerza y le dio un beso en la frente mientras ella se acurrucaba contra él.
—Me alegro tanto de que nos hayamos mudado aquí —suspiró.
—Y yo.
Permanecieron un momento en silencio, a gusto en mutua compañía, hasta que el gruñido del estómago de John interrumpió el momento.
—Venga, vamos a comer algo. Me muero de hambre.
—Espera. —Charlotte se soltó y sacó el móvil del bolsillo trasero de los vaqueros—. Quiero inmortalizar esto.
John esperó mientras ella hacía una foto y luego, cogidos de la mano, bajaron la colina de vuelta a la casa de huéspedes.
John llevaba un año cumpliendo un destino de dos años en la India y no creía que fuera a ser tiempo suficiente.
Cada fin de semana y festivo, él y Charlotte salían de Bangalore para explorar el país, pero todavía quedaba mucho por ver y por hacer.
Habían visitado los destinos turísticos más conocidos en los primeros meses —el Taj Mahal, Rajastán, Bodh Gaya—, pero ahora se conformaban con visitar lugares menos conocidos y menos turísticos.
Ese fin de semana, John se había cogido un día libre más y habían hecho el trayecto de cinco horas en coche desde Bangalore hasta la pequeña ciudad de Ooty, una estación de montaña en los Ghats occidentales, bendecida con un paisaje precioso y un clima fresco, perfecto para el cultivo de té.
Pasaban las horas de luz explorando, dando largos paseos por las plantaciones de té, deteniéndose de vez en cuando a observar a las mujeres tamiles arrancar las tiernas hojas verdes y depositarlas en las cestas que llevaban a la espalda; sus saris de colores vivos, sus joyas de oro y sus sonrisas tímidas destacaban en marcado contraste con el verde esmeralda de los arbustos de té.
Charlotte pensaba en ellas como mariposas humanas revoloteando por el paisaje.
Disfrutaban de las noches en la casa de huéspedes, relajándose frente a la chimenea, compartiendo un whisky con el propietario, un plantador de tercera generación, mientras él los deleitaba con historias de la vida en la finca.
Relatos de tigres devoradores de hombres, incursiones de elefantes, leopardos que robaban perros y los constantes problemas laborales inherentes a la mano de obra itinerante de la cosecha de té.
Era fascinante, un estilo de vida que ni siquiera podían imaginar cuando estaban en su casa de Inglaterra.
John y Charlotte llevaban dos años casados y seguían tan enamorados como el día antes de la boda.
Cuando a John le llegó la oferta del banco para el que trabajaba de ir a gestionar sus operaciones administrativas en Bangalore, se habían lanzado a la aventura sin pensárselo.
La oportunidad de escapar de la rutina y del clima aburrido de Inglaterra para sumergirse en la exótica India, una tierra sobre la que John solo había leído en los libros de Kipling y Corbett, era demasiado buena para dejarla pasar.
Fue todo lo que esperaban y más: emocionante, exótico, caótico, frustrante y exasperante, pero nunca aburrido. Ambos pensaban que nunca podrían volver a una vida normal en Inglaterra.
Mientras John y Charlotte se acercaban a la casa, el par de labradores del dueño corrieron hacia ellos, saltando y meneando la cola de alegría como si fuera la primera vez que los veían.
El cocinero los saludó con la mano desde la puerta de la cocina, y a John se le hizo la boca agua con el olor a hierbas y especias exóticas que se estaban cocinando.
—Me pregunto qué tendremos esta noche.
—Sea lo que sea, huele de maravilla. La comida india en Inglaterra no tiene nada que ver con esto. ¡Creo que nunca más podré volver a comer en un restaurante indio en casa!
John se rio entre dientes. —Yo creo que ya no seré feliz con la comida de ningún otro sitio. —Se quitó las botas de montaña en la puerta de su habitación y la abrió—. Vamos a refrescarnos y a sentarnos en el salón. Quiero oír más historias de Deepak.
Charlotte se rio y le dio un puñetazo en el brazo.
—Sí, claro. Lo que tú quieres es ayudarle a terminarse la botella de whisky que empezasteis anoche.