Jodida por infiel 1 Primeros pasos
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Jodida por infiel

Jodida por infiel

Por Mar Coplan

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1 Primeros pasos

Antes de casarse con él, trabajaba en una empresa como administrativa, entraba a las ocho de la mañana y no salía hasta las seis de la tarde, era un horario muy duro en el que solo paraba para el café de media mañana y la comida.

Pero un día, por casualidad, conoció a Carlos, el que ahora era su esposo.

Fue de la forma más tonta, estaba en una cafetería con una compañera en el descanso de las once de la mañana, cuando tropezó con alguien que tenía a su espalda, el café cayó derramado en sus zapatos y soltó un gritó de disgusto que resonó en toda la sala.

- ¡Joder! - chilló mirando a aquel hombre que la contemplaba boquiabierto –

- Lo siento. – respondió él intentando calmarla –

- Vaya por Dios. – replicó ella – Son mis mejores zapatos. ¡Coño!

Ese hombre era mayor que ella, alto, pelo canoso y atractivo, quizá diez o doce años mayor que ella.

- No pasa nada. – contestó Malena apretando los dientes con rabia –

Lo cierto es que la culpa había sido de ella por girarse sin mirar y golpear al pobre hombre que pasaba por detrás en ese instante.

Cuando iba a sentarse con su compañera, oyó al hombre decirle algo.

- Dime qué número calzas, y si vienes mañana, te regalaré otros zapatos.

- ¡JA! – replicó ella con sonrisa presuntuosa – Lo que quieres es volver a verme para ligar conmigo. A ver si te crees que soy tonta, no te jode. Jajaja.

El hombre se puso rojo como un tomate, pero en vez de marcharse, contestó con firmeza al tiempo que se daba la vuelta para alejarse.

- Discúlpame, no era mi intención molestarte.

A Malena le sorprendió la respuesta, todos los chicos que conocía eran bastante bordes, todos intentaban ligársela a toda costa, pero lo único que buscaban era llevársela a la cama para luego pasar de ella.

- ¡Espera! – salió de sus labios sin darse cuenta – El 38.

El desconocido se giró y la sonrió de forma cariñosa, como hace un padre con una hija, no como una hiena buscando carne.

- Hasta mañana. – respondió y salió de la cafetería sin pararse a hablar con ella -

Malena se sentó con su amiga y dijo desconfiada.

- A éste no vuelvo a verle el pelo ni de casualidad.

Ese día no paró de maldecirse por su mala suerte, eran sus mejores zapatos, se los había puesto porque había quedado con un chico para tomar algo, y ahora los tenía quemados, manchados y para el arrastre.

Al día siguiente fue al trabajo y su amiga le dijo riendo.

- Vamos a tomar café, a ver si ha venido tu zapatero nuevo. Jajaja.

- Si, ya. Jajaja. - respondió riendo - Como que va a venir a verme. Ese es un pringado que no se come una rosca y sabe que yo estoy a otro nivel, así que no aparece ni de coña.

Fueron a la cafetería, pidieron el desayuno y se sentaron en la mesa de siempre, se pusieron a hablar de las horas que trabajaban como esclavas y de los sueños que tenían ambas por conocer algún chico que valiese la pena con el que poder casarse, pero ambas reconocían que eso no era nada fácil, todos buscaban lo mismo, tomar una copa, que ellas se abrieran de piernas, un polvo rápido y cada uno a su casa.

Entonces vieron que alguien se aproximaba a ellas, era el hombre de ayer, con una bolsa en la mano y una sonrisa atractiva.

- Buenos días. – saludó de forma educada – Aquí tienes tus zapatos, espero que te gusten.

Dejó la bolsa y se dio la vuelta, sin esperar respuesta, sin pedir nada a cambio, sin ligar con ella.

Las dos se quedaron boquiabiertas, la amiga abrió la bolsa, vio la caja y se quedó de piedra.

- Son…. ¡SON UNOS MANOLOS! – chilló nerviosa –

- ¿Qué?

- Unos Manolo Blahnik, Malena. – repitió alterada – Cuestan más de mil euros.

Malena miró hacia la puerta, el hombre había salido y se dirigía hacia su coche, se levantó por impulso y salió a la carrera intentando pillarle, pero cuando salió, el coche había arrancado y se perdía por la calle.

Volvió a la cafetería y se sentó de nuevo, vio los zapatos, sus zapatos nuevos. Ella misma había manchado ayer unos de cuarenta euros y este hombre la regalaba unos que valían lo que ella ganaba en un mes trabajando a destajo.

Los miró sin creer que fueran buenos.

- Seguro que son copias, los habrá comprado en un chino, serán imitaciones.

- Que no, Malena, que son originales.

Se probó los zapatos y le quedaban como guantes, se puso de pie y caminó con ellos tres pasos, se sintió más esbelta con esos taconazos tan altos que resaltaban sus largas piernas.

Pero sintió rabia por no habérselo agradecido a ese hombre, que a pesar de no ser culpable, le había regalado algo sin pedir nada a cambio.

Volvió varios días a la misma hora para ver si lo encontraba y darle las gracias, pero él no apareció nunca por la cafetería y perdió la ilusión por volver a verle.

Pasados unos meses, caminaba por la calle cuando vio un cartel anunciando una obra, eran unos pisos preciosos con unas terrazas enormes, sabía que tendrían precios intocables, pero tenía tiempo libre y entró en la caseta de la promotora para ver cómo eran aunque nunca pudiera acceder a esas propiedades.

Vio las fotos, los planos y el comercial le contó las maravillas de las calidades, ella fingió tener dinero para dar la entrada, y mientras, soñó con poder adquirir algún día un piso donde vivir cuando tuviera pareja.

Entonces, de repente, se abrió una puerta y salió el gerente, los dos se miraron embobados como si nadie más existiera en la sala.

Era el hombre de los zapatos, el que la regaló los Manolos hace tres meses, vio como se acercaba y le extendía la mano para saludarla.

- Hola, soy Carlos. – dijo sonriente –

- Malena. – respondió nerviosa –

- Yo me encargo, gracias. – dijo al comercial que la atendía para que se marchase -

Ella sintió vergüenza, ese hombre sabía sobradamente que ella no podía adquirir sus propiedades, pero aún así, la mostró todo, los planos, los precios, los plazos de ejecución de la obra, todo sin hacerla sentir incómoda ni hacer referencia a los dichosos zapatos.

Ella le miraba embobada, era un hombre mayor pero atractivo, educado y por la forma de expresarse se notaba muy culto.

- Bueno. – oyó de repente – Pues eso es todo.

Malena no supo que responderle.

- Si quiere algún piso podemos hacer la reserva, y si no, podemos ir a tomar café.

- ¿Co… como? – respondió titubeante -

- No te preocupes que esta vez no te lo echo por encima de los zapatos.

- Tierra, trágame. – exclamó en voz alta -

Los dos se rieron y salieron de la oficina, tomaron café y estuvieron hablando.

Malena se enamoró de él casi sin darse cuenta, era un caballero, un hombre de los de antes, salieron varios días a cenar y a tomar algo, y él siempre se despedía en el portal de su casa sin intentar nada, sin darle un beso siquiera, solo con un abrazo.

Hasta que una noche fue ella quien le dio un beso en los labios, y tras ese llegaron otros, y otros, pero siempre sin forzar la marcha, él la invitaba a todo sin pedir nada a cambio, la respetó noche tras noche hasta que ella le pidió dormir juntos en su casa.

Para Malena había sido como un bálsamo, no sentirse presionada, no tener que apartar manos de pulpo que solo buscan tocarla, follarla, aprovecharse de ella por ser tan guapa.

Y un día Carlos hincó rodilla y la pidió matrimonio, la pilló por sorpresa y lloró antes de contestarle, pero estaba enamorada de él y dijo que si de inmediato.

De eso hacía más de dos años.

Ahora ella no trabaja, su esposo prefería que se quedase en casa, con su trabajo tenían suficiente para vivir de forma más que desahogada, él era un hombre de 55 años, serio, sensato, trabajador y propietario de una empresa de construcción.

Carlos estaba divorciado desde hacía cinco años y tenía un hijo adolescente que estaba en la Universidad.

Ella no le conocía, porque desde el divorcio se había negado a ver a su padre o mandarle alguna foto de vez en cuando, y Carlos en casa no tenía retratos, nada que le recordase a esa familia que había perdido y que le había hecho tanto daño.

El chico estaba totalmente abducido por su madre y ésta le había hecho creer que Carlos la pegaba, que había sufrido maltratos durante años y que además la engañaba con otras.

El muchacho se lo creyó a pies juntillas y odiaba a su padre hasta el punto de no querer sabes nada de él.

Además, como la madre se había quedado con la mitad de la fortuna que Carlos tenía, le mimaba y le compraba todo aquello que necesitase para que en ningún momento recurriese a su padre.

Por lo que le había contado su marido, el chaval no se parecía en nada a él, ya que Carlos era un tipo de la media tirando a bajo y su hijo parecía un actor de Hollywood.

Según decía su esposo, el chico era la viva imagen de su madre, una mujer muy guapa con la que estuvo casado quince años hasta que al fin acabaron divorciándose.

El motivo no fue otro que la cornamenta que su ex le había puesto con su monitor del gimnasio.

Lo malo del divorcio fue que Carlos perdió la mitad de sus ahorros, ya que no pudo demostrar de ninguna forma que su ex le había traicionado.

La vida de Malena era de lo más cómoda, mientras su esposo se iba a trabajar a las seis de la mañana para controlar el funcionamiento de la empresa, ella se quedaba tumbada en la cama y no se levantaba hasta las diez para ir al gimnasio.

El resto del día lo pasaba, o bien en el club de tenis, donde se tomaba el café con las amigas, o bien de tiendas por el centro de la ciudad comprando modelitos que su esposo pagaba sin protestar.

Cuando veía a las mujeres corriendo por la calle para ir a la oficina o al trabajo, se alegraba por su buena suerte, sus padres le habían pagado una carrera pero a ella no le hacía falta trabajar, con echar un polvo con su esposo dos o tres veces por semana le bastaba, con eso el pobre se quedaba contento y ella podía usar la tarjeta de crédito hasta quemarla.

Eran felices a su modo, él porque la quería y por tener alguien que cada noche le esperaba en casa y le daba amor y sexo, y ella porque, aparte de amarlo, vivía como una reina, sin madrugar, sin preocupaciones, sin tener que mirar la cuenta bancaria para ver cómo llegar a fin de mes.