Capítulo 41
Alma
Pasaron minutos. O siglos. El tiempo se había vuelto irrelevante.
Finalmente me moví, haciéndole gemir cuando nos separamos. Pero en lugar de dejarle levantarse, me incorporé y me senté a horcajadas sobre él, tomando el control. Estábamos completamente desnudos; mi cuerpo brillaba con el sudor del esfuerzo y el de él aún temblaba ligeramente.
Lukas me miró desde abajo, con esos ojos que habían pasado del hielo al fuego, con esa boca que sabía a mí y a vino, con esa expresión de hombre satisfecho, pero nunca del todo saciado.
—Jefa —dijo, con voz ronca y perezosa—, ni siquiera hemos llegado al postre por tu culpa y tu costumbre de provocarme siempre.
Me reí, echando la cabeza hacia atrás, sintiendo su mano subir por mi espalda para acariciar mi nuca.
—Me encanta provocarte —dije, mirándole de nuevo—. Y lo sabes.
Sonrió de medio lado, esa sonrisa torcida que me derretía por dentro, y me besó. Fue un beso suave, casi dulce, completamente diferente de la voracidad de hacía unos minutos.
—Quería hacer esto bien —dijo, apartándose un poco—. Cenar, hablar, ser romántico… Pero contigo no se puede, jefa.
Fruncí el ceño, fingiendo indignación.
—¿Qué quieres decir con eso? ¿Que soy una salvaje?
—Quiero decir —explicó, besándome la punta de la nariz— que contigo todo es fuego. Que no sé hacer las cosas despacio. Que cuando estás cerca, pierdo la cabeza.
—Eso suena a excusa.
—Es una constatación.
Me miró entonces con una intensidad diferente, algo que no le había visto antes; una mezcla de nerviosismo y determinación que me hizo detenerme. Lukas, que nunca dudaba, que siempre tenía un plan y controlaba cada situación, parecía… vulnerable.
—¿Qué pasa? —pregunté, acariciando su rostro.
No respondió. En cambio, me besó una vez más, brevemente, y luego me indicó que me sentara en el sofá mientras él se levantaba. Estábamos ambos desnudos, sin pudor, sumergidos en esa intimidad que habíamos construido sobre la confianza y el deseo compartido.
Vi cómo caminaba hacia el mueble del salón, ese aparador negro de diseño minimalista donde guardaba sus licores y, aparentemente, otros secretos.
Abrió un cajón inferior, uno en el que yo nunca había reparado, y sacó algo.
Un pequeño objeto que brilló sutilmente a la luz de las velas que aún ardían sobre la mesa del comedor.
Mi corazón empezó a latir con fuerza. Un latido diferente, profundo, que resonaba en mis oídos.
Lukas se volvió hacia mí. Estaba desnudo, glorioso, hermoso, y en sus manos sostenía una cajita de terciopelo azul oscuro. El tipo de cajita que solo podía contener una cosa.
Me llevé las manos a la boca, sintiendo cómo los ojos se me humedecían y la respiración se me cortaba.
No, no podía ser. No podía estar pasando esto ahora, así, desnudos en su salón, oliendo a sexo y con la pizza enfriándose en la cocina. Pero estaba pasando.
Lukas caminó hacia mí. Cada paso parecía durar una eternidad. Cuando llegó a mi altura, no se sentó a mi lado en el sofá. Se arrodilló. Se arrodilló en el suelo de madera, completamente desnudo frente a mí, abriendo esa cajita para revelar lo que había dentro.
Un anillo. Una banda de oro blanco con una esmeralda que brillaba con una luz limpia que me recordó al verde de mis propios ojos, rodeado de pequeños brillantes que parecían estrellas capturadas en el metal.
—Alma —dijo, y su voz tembló ligeramente; esa misma voz que había manejado millones en negociaciones y que había comandado salas de juntas enteras—. Hace dos meses, en medio del caos, me dijiste que estábamos empezando. Una vida sin miedo.
Asentí, incapaz de articular palabra, con las manos todavía presionadas contra mi boca.
—No quiero que esto termine nunca —continuó, mirándome fijamente, sin apartar sus ojos azul grisáceos de los míos—.
No quiero despertarme un solo día sin saber que eres mía, que soy tuyo, que esto que tenemos es para siempre.
Eres el caos más hermoso que ha entrado en mi vida ordenada.
Eres la única persona capaz de hacerme perder el control, y de hacer que desee perderlo.
Eres mi jefa, mi provocadora, mi mejor amiga, mi amante… mi todo.
Hizo una pausa, tragando saliva, y vi que sus ojos también brillaban.
—Alma Medina Vega —dijo, y ahora su voz era firme, segura, la de un hombre que sabe exactamente lo que quiere—, ¿quieres casarte conmigo?
El tiempo se detuvo.
Sentí cada latido de mi corazón, cada respiración, cada emoción que había experimentado desde que le conocí: el rechazo inicial, la atracción inevitable, la guerra de egos, la rendición, el amor y esta paz profunda que ahora sentía a su lado.
Todo convergió en este momento, en esta pregunta, en este hombre arrodillado ante mí ofreciéndome su vida entera.
Bajé las manos y respiré hondo.
—Sí —dije, y la palabra salió como un suspiro, como una promesa—. Sí, Lukas. Quiero casarme contigo.
Su rostro se iluminó. No con esa sonrisa controlada que usaba en las reuniones, ni con esa media sonrisa torcida que me volvía loca. Se iluminó con una alegría pura, desinhibida, idéntica a la de un niño que acaba de recibir el regalo que más deseaba.
Sacó el anillo de la cajita y tomó mi mano izquierda. Sus dedos temblaban ligeramente mientras deslizaba la pieza por mi dedo anular. Quedó perfecto, como si hubiera sido esculpido para mí, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar.
—Te queda bien —dijo, con voz ronca.
—Es perfecto —susurré, mirándolo, viendo cómo la luz de las velas danzaba en la esmeralda.
Lukas se inclinó y besó mi mano, besó el anillo y besó cada uno de mis dedos.
—Te amo —dijo, simplemente.
—Yo también te amo —respondí, tirando de él hacia mí.
Nuestros labios se encontraron en un beso que fue diferente a todos los anteriores. Era un beso de promesas, de futuro, de un «para siempre». Pero también era un beso de deseo renovado, porque cuando sus manos volvieron a recorrer mi cuerpo, sentí que el fuego se encendía otra vez.
Gemí en su boca, arqueándome contra él, sintiendo cómo su cuerpo respondía al mío con esa inmediatez que siempre nos había caracterizado.
—Jefa, no me provoques —murmuró Lukas entre besos, sonriendo contra mis labios.
Me aparté lo suficiente para mirarle a los ojos, para ver en ellos todo lo que sentía por mí y todo lo que yo sentía por él. Y entonces sonreí, descarada, provocadora; su futura esposa, su eterna jefa.
—Calla —dije, tirando de él para que volviera a tumbarse en el sofá, para que yo pudiera montarle de nuevo, para reiniciar este baile infinito—. Y fóllame, marido mío.
Lukas se rio, ese sonido grave y feliz que llenó el salón, y me atrapó entre sus brazos, invirtiendo nuestras posiciones para quedar él sobre mí, dominante, posesivo, mío.
—A sus órdenes, jefa —dijo.
Y mientras el sofá volvía a crujir bajo nosotros, mientras nuestras sombras se fundían en las paredes iluminadas por las velas y el anillo brillaba en mi mano agarrada a su espalda, pensé en lo lejos que habíamos llegado.
Pensé en la niña que fui, asustada de no estar a la altura, escondida tras una coraza de perfección y sarcasmo.
Pensé en el hombre que él fue, frío y distante, convencido de que el control era la única forma válida de vivir.
Pensé en todos los obstáculos que superamos: las traiciones, los secretos, el miedo.
Y pensé en el ahora. En este preciso momento. Desnuda en el sofá de mi prometido, oliendo a sexo y a promesas, con un anillo en el dedo y su cuerpo dentro del mío, sabiendo que mañana despertaríamos juntos, y el día después también, y todos los días de nuestra vida.
Lukas me miró en ese instante, en medio de nuestro segundo asalto, y vi en sus ojos que él también lo sentía.
Que este no era un final, sino el comienzo verdadero.
Que estábamos escribiendo nuestra historia; no la que otros esperaban de nosotros, sino la nuestra, con sus errores y sus pasiones, con su fuego y su ternura.
—Te amo —dije de nuevo, porque nunca serían suficientes las veces.
—Y yo a ti —respondió, besándome con una ternura que contrastaba con la fuerza de sus embestidas—. Siempre.
Siempre. Esa palabra resonó en mi mente mientras el placer volvía a construirse, mientras nos perdíamos el uno en el otro y el anillo en mi dedo brillaba como una promesa cumplida.
Empezamos odiándonos, pensé mientras el orgasmo volvía a aproximarse, mientras Lukas gruñía mi nombre como una plegaria. Empezamos como enemigos, como rivales, como dos fuerzas opuestas destinadas a colisionar. Y ahora éramos esto. Un siempre. Un sí. Un nosotros.
El hombre que me robó el control y me devolvió la libertad. El hombre que me llamaba jefa y se arrodillaba ante mí, no en sumisión, sino en amor puro. El hombre que había elegido ser mi caos, mi orden, mi todo.
Mientras el placer estallaba entre nosotros por segunda vez esa noche, mientras Lukas me estrechaba contra su pecho y yo sentía su corazón latir al unísono con el mío, supe que esta era nuestra única y verdadera verdad.
No la de los negocios, ni la de las empresas, ni la de los secretos familiares.
Esta. La de dos cuerpos. Dos almas. Un amor que había sobrevivido a todo para florecer en su propio tiempo, a su propia manera, salvaje y hermoso como nosotros mismos.