Jefa, no me provoques Capítulo 40
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Capítulo 40

Alma

Lukas abrió la puerta de su casa con ese gesto suyo, el de siempre, como si el mundo entero debiera detenerse a contemplar la elegancia con que giraba una simple manilla.

Yo llevaba en la mano una botella de vino que había rescatado de la bodega de mi padre y una sonrisa que no me cabía en la cara desde que me había recogido en el coche hacía dos horas.

Dos meses. Habían pasado dos meses desde que el consejo votó.

Desde que Elías Montenegro quedó expuesto como el fraude que era.

Desde que Arturo fue destituido entre susurros de vergüenza y papeles arrugados.

Desde que mi padre salió de aquella sala sin mirar atrás, dejando la empresa en mis manos antes de desaparecer durante semanas para recomponerse en algún lugar de la costa donde nadie le conociera.

Dos meses de aprender a respirar sin el peso de los secretos. De limpiar lo que otros habían ensuciado. De descubrir que podía dirigir Medina Global Tech sin estar petrificada por el miedo a no estar a la altura.

Y dos meses de Lukas. De nosotros. De esta locura que habíamos construido entre reuniones, viajes a Singapur, noches en su casa, madrugadas en la mía y ese juego constante que nunca terminaba.

—Huele bien —dije, entrando en el recibidor.

Lukas me quitó la chaqueta con una reverencia exagerada.

—He cocinado yo, así que espera lo peor.

—¿Tú? ¿Cocinar? —Me reí, dejando el vino sobre la consola—. Pensaba que tu relación con la cocina se limitaba a pedir sushi por aplicación.

—He evolucionado —dijo, acercándose por detrás para besarme el cuello—. Además, Gael me ha estado dando lecciones.

—Gael cocina como si estuviera interpretando una ópera. Todo es dramático y excesivo.

—Exacto. Por eso he hecho algo sencillo. Pasta. Con algo.

—¿Con algo?

—Con lo que he encontrado en la nevera.

Me volví entre sus brazos, enfrentándole.

Llevaba una camisa negra con las mangas remangadas, dejando ver ese tatuaje discreto en el antebrazo que me volvía loca, y unos vaqueros oscuros que le sentaban demasiado bien.

Su pelo rubio oscuro estaba revuelto, como si se hubiera pasado la mano por él varias veces antes de recogerme.

—Me estás asustando, Schneider —dije, apoyando las manos en su pecho—. ¿Seguro que no hay humo? ¿Ni alarmas activadas?

—Solo hay una alarma activada —murmuró, besándome la punta de la nariz—. La que se dispara cada vez que entras en una habitación.

—Qué cursi eres cuando te empeñas.

—Y tú eres insoportable cuando te ríes de mí.

—Entonces estamos en paz.

Caminamos hacia el salón. La casa de Lukas seguía siendo ese espacio minimalista y frío que había conocido, pero ahora había pequeños detalles que la humanizaban.

Una manta color burdeos sobre el sofá que yo había dejado una noche y nunca había recogido.

Un libro de poemas de Benedetti en la mesa de centro.

Una foto enmarcada de nosotros dos en Dubái, cogidos de la mano frente al Burj Al Arab, sonriendo como dos idiotas felices.

La mesa del comedor estaba puesta con esmero, pero no con rigidez. Había velas encendidas, sí, pero también una caja de pizza medio abierta sobre la encimera que me hizo arquear una ceja.

—¿Esa es tu cena casera?

—La pasta se quemó —confesó—. Tuve que improvisar.

—Claro, ahora improvisar significa llamar a Telepizza.

—Significa salvar la situación con dignidad.

Me senté en la silla que él me apartó, cruzando las piernas con ese gesto que sabía que le distraía. Llevaba un vestido negro corto que Candela me había empujado a comprar diciendo que era «criminalmente provocativo», y unos tacones de aguja que hacían que mis piernas parecieran interminables.

Lukas me sirvió el vino; sus ojos azul grisáceo recorrieron mis tobillos, mis rodillas y el desnudo de mis muslos.

—Deja de mirarme así o no cenamos —dije, aceptando la copa.

—¿Cómo quieres que te mire? —Se saturó frente a mí, abriendo la caja de pizza con fingida indiferencia—. ¿Como si fueras una compañera de trabajo?

—Como si fuera una desconocida.

—Imposible. Te conozco demasiado bien. Sé que cuando estás nerviosa te muerdes el labio inferior. Que hablas demasiado rápido cuando estás excitada. Que haces ese ruidito en la garganta cuando…

—Lukas.

—¿Sí, jefa?

Esa palabra. Jefa. La decía ahora con un tono diferente, cargado de intimidad, de juego, de recuerdos de todas las veces que me había llamado así en la oscuridad de su dormitorio mientras yo perdía la cabeza entre sus sábanas.

—Cómete la pizza —ordené, intentando sonar severa.

—A sus órdenes.

Cenamos entre risas. Lukas me contó historias de su padre. Yo le hablé de Candela y su nueva obsesión con un policía que había conocido en un podcast de crímenes reales, y de cómo Gael había diseñado una casa en Marbella tan ostentosa que el propietario había llorado de la emoción.

—Hablando de emociones —dije, limpiándome la boca con la servilleta—. Mi abuela me ha llamado hoy.

Lukas dejó la copa en la mesa.

—¿Mercedes?

—Quiere que vayamos a comer el domingo. Dice que mi abuelo quiere enseñarte su colección de brújulas antiguas.

—Me tiene miedo tu abuelo.

—Te tiene respeto, es diferente. Cree que eres demasiado alemán para su nieta, pero al menos eres alto.

Lukas se rio, ese sonido grave y ronco que siempre me provocaba un vuelco en el vientre.

—Y mi madre —añadió él, volviendo a llenar mi copa— quiere saber cuándo vas a volver a cenar a casa. Dice que la última vez que hablasteis de literatura española del siglo XX la dejaste fascinada.

—Tu madre es un encanto. Tu padre, en cambio, me mira como si fuera a robarte un riñón mientras duermes.

—Te mira como si temiera que vayas a romperme el corazón.

—Eso ya es imposible —dije, mirándole fijamente—. Lo tienes demasiado bien guardado.

El silencio cayó entre nosotros, denso y cálido. Lukas me observaba con esa intensidad suya, la que me ponía de rodillas, aunque llevara puesta la ropa más cara de mi armario.

—Ven aquí —dijo, extendiendo la mano.

—Estoy a dos metros.

—Ven. Aquí.

Me levanté, sintiendo el efecto del vino en mis piernas y en mi cabeza, despertando esa valentía que siempre me embargaba cuando estaba cerca de él.

Caminé hasta donde estaba sentado y me dejó posicionarme entre sus piernas abiertas, mirándome desde abajo con esa postura que combinaba sumisión y dominación a la vez.

—No hemos terminado de cenar —protesté débilmente.

—La pizza está fría.

—Hay postre.

—El postre puede esperar.

Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido poco a poco; sus dedos se sentían calientes contra mi piel. Yo me apoyé en sus hombros, sintiendo cómo mi respiración se aceleraba.

—Siempre haces esto —dije, arqueándome cuando sus manos llegaron a mis caderas.

—¿El qué?

—Me distraes. Me provocas.

—Yo no provoco, jefa. Soy un hombre serio y disciplinado.

—Mentiroso.

Se levantó de golpe, haciendo que la silla se tambaleara, y me tomó en brazos. Grité sorprendida, agarrándome a su cuello.

—¡Lukas!

—Tú has dicho que te provoco —gruñó, caminando hacia el salón—. Voy a demostrarte quién es el provocador aquí.

Me dejó caer sobre el sofá con una suavidad que contrastaba con la fuerza de su agarre.

Antes de que pudiera reaccionar, ya estaba sobre mí, su cuerpo enorme aprisionándome contra los cojines y sus labios en mi cuello, mordiendo, succionando, dejando marcas que mañana me obligarían a llevar el pelo suelto o una bufanda.

—Lukas…

—¿Sí?

—La luz…

—Quiero verte.

Para cuando lo dijo, ya estaba deslizándome el vestido por encima de la cabeza, dejándome en la ropa interior negra de encaje que había elegido específicamente para esta noche. Sus ojos se oscurecieron, recorriendo cada centímetro de piel expuesta.

—Dios mío —murmuró, bajando la cabeza para besar el valle entre mis pechos—. Eres perfecta.

—Deja de hablar y…

No pude terminar la frase porque su boca cubrió la mía en un beso que me robó el aire, el sentido y la capacidad de pensar.

Era un beso de conquista, de reclamo, impulsado por esa necesidad animal que habíamos contenido durante toda la cena.

Su lengua entró con determinación, explorando, saboreando el vino y algo más profundo que solo existía entre nosotros.

Sus manos recorrieron mi cuerpo con la familiaridad de quien ya conoce cada secreto, cada punto débil y cada gemido que puede arrancar. Desabrochó mi sujetador con una destreza que me hizo sonreír contra sus labios.

—¿Qué? —preguntó, apartándose un poco para mirarme.

—Te has vuelto muy hábil con eso.

—Práctica —dijo, y luego tomó uno de mis pezones en su boca, haciendo que mi espalda se arqueara violentamente.

—¡Joder, Lukas!

Gruñó contra mi piel, mientras su mano libre bajaba por mi vientre, enganchándose en la cintura de mis bragas para tirar de ellas. Me moví ayudándole, desesperada por sentirle, por tenerle dentro, por alcanzar esa plenitud que solo él podía darme.

Estábamos frenéticos, devorándonos; dos meses de tensión acumulada explotando en ese sofá que había sido testigo de tantas conversaciones y que ahora presenciaba nuestra entrega más primitiva.

Lukas se desabrochó los vaqueros con una mano, liberándose, y yo emití un gemido al verle, siempre impresionada por su tamaño, por su magnetismo y por la evidencia tangible de su deseo por mí.

—Ahora —exigí, agarrándole por los hombros—. Ahora, Lukas.

No esperó más. Me penetró de una embestida profunda y salvaje que me hizo ahogar un grito, llenándome por completo y borrando cualquier pensamiento coherente de mi mente.

Nos quedamos un segundo inmóviles, mirándonos a los ojos, conectados en esa intimidad absoluta que solo el sexo real puede crear.

—Te sientes tan bien —gruñó, empezando a moverse—. Tan jodidamente bien.

Y entonces se desató el ritmo. No fue suave. No fue lento. Fue furia, fue necesidad; dos meses de espera condensados en cada embestida. El sofá crujía bajo nosotros, mis uñas se clavaban en su espalda y sus labios devoraban los míos, tragándose mis gemidos.

—Más fuerte —jadeé, envolviendo mis piernas alrededor de su cintura—. Lukas, más fuerte.

Él obedeció, cambiando el ángulo para golpear ese punto exacto dentro de mí que me volvía loca, una y otra vez, implacable, determinado, posesivo. Era sexo puro y carnal, sin adornos ni romanticismo edulcorado; solo dos cuerpos sudorosos buscando el placer, la liberación y la posesión mutua.

—Joder, Alma —gruñó contra mi oído—. Eres mía. Dime que eres mía.

—Soy tuya —gemí, sintiendo el orgasmo acercarse como una tormenta—. Solo tuya. Siempre tuya.

Me atrapó las manos y las inmovilizó sobre mi cabeza, dominándome por completo, penetrándome con una fuerza que me hacía ver estrellas. Su cuerpo se tensó, sus músculos se contrajeron y sentí que él estaba al borde, conteniéndose al límite para que yo llegara primero.

—Hazlo —susurré, mordiéndole el labio—. Córrete conmigo.

Eso fue suficiente. El orgasmo me golpeó con la fuerza de un tsunami, arrastrándome, desgarrándome, haciéndome gritar su nombre una y otra vez mientras mi cuerpo se convulsionaba alrededor del suyo.

Lukas siguió embistiendo, salvaje, descontrolado, hasta que encontró su propia liberación con un gruñido profundo y animal, vaciándose dentro de mí y colapsando sobre mi cuerpo tembloroso.

Nos quedamos así, jadeando, sudorosos, enredados en una maraña de extremidades y ropa abandonada. El salón olía a sexo, a nosotros, a esa química inconfundible que nos definía desde el primer día.