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Jayce. Algo más que prohibido

Jayce. Algo más que prohibido

Por Abril Laínez

© inepub.com

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El mensaje

​​ Boston, Massachusetts.

Leer el mensaje que me ha enviado Leah no ha sido una buena idea, al menos no justo a la entrada del restaurante donde he quedado con Andrew. Debería haberlo leído antes… o nunca.

Me tiembla todo el cuerpo y solo tengo ganas de salir corriendo. Pero es tarde. Andrew ya me ha visto y me ha hecho una señal con la mano. Aun así, miro hacia atrás como si me resistiera a renunciar a la huida.

Este mensaje no tiene sentido y no puedo olvidar que viene de Leah, pero… no tengo tiempo de pensar, pero sí de releerlo de nuevo con la esperanza de que haya pasado por alto una frase final que indique que se trata de una broma. Pero no. No hay frases de consuelo; el texto indica lo que indica.

No quiero estropear la sorpresa, Ava.

Pero tenía que avisarte. Te conozco.

He escuchado a Andrew decirle algo a mi hermano.

Te va a pedir que te cases con él.

La segunda lectura es todavía peor, pero no puedo seguir parada. Andrew vuelve a hacerme una señal con la mano.

Consigo sonreír y empezar a caminar.

¿Casarme? No puede ser. ¿Casarme? Solo hace… un año y medio que estamos juntos, de los cuales ocho meses hemos estado separados. ¿Casarme yo? ¿Con Andrew?

Mis pensamientos se detienen, no tengo otra opción. Andrew me recibe con una sonrisa algo escueta y me besa en la mejilla como si el beso fuera un simple trámite. ¿Qué le pasa? ¿Está nervioso?

Lo observo mientras tomo asiento. Me encanta Andrew, tenía muchas ganas de verlo, disfruto cuando estoy con él, pero… ¿casarnos?

Tardamos más de lo habitual en hablar, teniendo en cuenta que hace dos meses que no nos vemos. Él debe estar nervioso; yo… muerta de miedo.

—Ava, quería hablarte de algo…

¿Ya? Pero si ni siquiera hemos calentado.

¡No! ¡No! No sé qué tiene pensado, pero espero que no sea uno de esos numeritos delante de todo el mundo. Andrew siempre me ha parecido discreto, no lo consideraba un hortera. Si al menos me lo dice sentado… y en susurros…

—Qué ganas tenía de volver a Boston… —intervengo con un forzado entusiasmo, evitando que se pronuncie—. Adoro esta ciudad.

La interrupción no parece ser de su agrado, pero me sigue la corriente; objetivo cumplido. No sé qué voy a conseguir, pero al menos tengo unos minutos más para pensar.

—¿Adoras Boston? —me pregunta con un tono que… inexplicablemente, me resulta irónico.

—Sí, me gusta… su ritmo… Deprisa… Despacio… Las cosas hay que hacerlas a buen ritmo, ya sabes. Poco a poco… Más bien despacio. Hay que estar seguros, pisar firme…

¿De verdad he dicho eso? Si no tiene sentido…

Me mira de una manera extraña y no se lo reprocho.

—Verás, Ava… Ya que hablas del tiempo, quiero aprovechar para hablarte de algo… Yo…

—Parece que no nos atienden… —intento de nuevo, sin éxito.

—Ava, estarás de acuerdo conmigo en que esto… —me empieza a decir, apoyando los codos en la mesa y mirándome fijamente a los ojos.

—¿Esto? —le interrumpo en mi absurdo intento de evitar que continúe.

—Me refiero a nuestra relación, Ava.

—Pues llámalo relación, no lo llames «esto».

—De acuerdo. Nuestra relación —Hace una pausa—. Estarás de acuerdo en que… no funciona.

Algo me golpea por dentro, seco, inesperado. Intento encajar sus palabras, pero solo consigo compararlas con una proposición de matrimonio y no se parecen en nada.

No tengo tiempo ni capacidad para pensar en el mensaje de Leah. O eso intento. Porque la idea sigue ahí, atravesándome como una broma de mal gusto. Debo centrarme en lo que he escuchado.

De pedirme matrimonio a darme la patada… El cambio es tan absurdo que casi parece una broma. Pero tendría que estar en juego mi vida antes de demostrarle el impacto que me ha causado su frasecita.

Toca ejercer todo el control sobre mi cuerpo: cabeza alta, rigidez en la espalda y rostro congelado. Y silencio, absoluto. Si abro la boca demasiado pronto, sé que se me va a notar. Y no pienso darle ese gusto.

Hay quien lo llama orgullo, aunque no sé si es la palabra adecuada. Es una forma como otra cualquiera de impedir que me mire pensando: «pobrecita, vaya disgusto le estoy dando».

—Ava, ayer me soltaste que solo ibas a estar unos pocos días en Boston, que volvías a marcharte a ese lugar.

—«Ese lugar» es el pueblo donde nací y me crie, donde vive mi familia… —le aclaro con una sutil sonrisa.

—Pensaba que volvías a Boston para quedarte.

—Me quedan cuatro meses de excedencia y quiero agotarlos.

—¿Agotarlos? ¿Qué sentido tiene que vuelvas allí? Tu madre… ya no está, ¿cierto?

Siento un golpe molesto en el centro del pecho, pero sigo tiesa como un palo.

Guardo silencio. Sé que eso le crispa y me apetece por encima de todo crisparlo. Mucho más que ser razonable.

—¿Es cierto o no, Ava? Responde, por favor…

—A ver… déjame pensarlo… ¿Cuál es la pregunta? Si es cierto que mi madre ya no está… Mi madre… Pues… déjame pensar un poco más… No, no está. Ahora me acuerdo. Ahora que lo dices… Hace un mes que murió. Ya no me acordaba.

—No pretendía traerte un mal recuerdo. Solo pretendo hablar, Ava.

—Habla, pero no preguntes si es cierto que mi madre no está.

—De acuerdo, lo he planteado mal, pero partamos de la misma base. Lamentablemente, tu madre no está. ¿Por qué vuelves allí? Solo vas a conseguir echar tu carrera por la borda y también nuestra relación.

A decir verdad, por el avance de la conversación, casi preferiría que lo siguiera llamando «esto», creo que es más adecuado.

—Quiero asegurarme de que mi abuelo está bien —me esfuerzo en explicarle, aunque sin perderme en detalles.

—Ya… Ahora se trata de tu abuelo… —dice negando con la cabeza, como si hubiera llegado al límite de su capacidad para escuchar.

—Sí, de eso se trata ahora —le digo a la defensiva. No me gusta su tono.

—¿Y tu carrera? ¿No sería mejor que interrumpieras esa excedencia? En el hospital podrían verlo con buenos ojos.

—No funciona así, Andrew.

—No es lo único que no funciona, Ava. He sido muy paciente. Si vuelves a marcharte… a mí me pierdes. O volver a ese lugar o… nuestra relación. ¡Elige!

Me mira desafiante. Se cruza de brazos y se echa hacia atrás para acomodarse en el respaldo de la silla, esperando una reacción.

Yo solo puedo mirarlo con curiosidad, sin perder el control absoluto de movimientos, al menos los que se ven. Por dentro estoy algo revuelta.

Sigo observándolo, repitiendo en mi cabeza su ultimátum.

Me pregunto si está esperando que le diga que elijo nuestra relación, o «esto», como él lo llama, y que a mi abuelo… ¡que le den!

¿Será eso lo que espera? Mataría por saber qué pasa por su cabeza.

El silencio es incómodo. Su pose sigue siendo altiva, una pose que abandona para incorporarse cuando se acerca a nosotros un camarero.

Andrew le indica que vuelva más tarde. Las cartas siguen sobre la mesa y ni siquiera las hemos tocado.

Andrew me mira y luego consulta la carta con un aire triunfante que me desconcierta.

He tenido suficiente. Solo siento rabia y el orgullo me está susurrando al oído dónde está la salida. Me ha dominado, se ha apoderado de mi alma.

Me levanto lentamente.

—¿Acaso te vas? —pregunta frunciendo el ceño, sin ocultar su sorpresa.

No le contesto de inmediato. Me tomo mi tiempo.

—Me has pedido que eligiera, Andrew. Y eso es justo lo que estoy haciendo.

Me doy la vuelta lentamente y me dirijo a la salida: altiva, triunfante.

Un hombre con prisa se cruza en mi camino y me obliga a frenar y a sujetarme a una columna con un gesto tan ridículo que desearía meterme debajo de cualquier mesa.

Se jodió el triunfo.

Un camarero se acerca. Le sonrío, le digo que estoy bien y fulmino la espalda del gilipollas que me ha estropeado el momento: mi momento.

Emprendo la marcha. Tengo la sensación de que Andrew ha presenciado la escena y se estará riendo.

No sé si es verdad, no lo compruebo, pero me lo creo y me enervo al imaginarlo.

Y con ello siento un nudo en el estómago que me va a costar deshacer, pero sigo entera, desesperada por sentir el aire del exterior, con la mente en blanco, o casi en blanco.

Respiro tranquila cuando se cierran las puertas detrás de mí y busco mi coche con la mirada, ese que siempre aparco sin memorizar dónde.

Lo localizo muy pronto, solo seis minutos, y suspiro satisfecha.

Tardo poco en abandonar el aparcamiento, y lo hago como si me persiguieran con un misil.

Yo esperaba que hoy, después de dos meses sin vernos, después de dos horas frente al espejo, con un peinado y un vestido nuevo, babeara delante de mí, no que me diera un absurdo ultimátum.

Cuando llego a mi apartamento siento ganas de llorar, pero no lo voy a hacer. De repente, Boston se me antoja un espacio demasiado grande y solo pienso en lo que daría por estar ahora mismo en «ese lugar», ese que ha mencionado Andrew con tanto cariño.

Miro a «Dory Sue», que descansa sobre el sofá, y consigo sonreír.

Es una mazorca de maíz de trapo, una que formó parte de la infancia de mi primo Blake.

Fue la protagonista de los dibujos animados más horteras del momento.

La rescatamos de la casa del abuelo y me la «prestó» para que no lo echara de menos.

Blake es mi mejor amigo. Es mi refugio en todos los sentidos.

—Un desastre de cena —le digo a Dory Sue mientras observo su aspecto: bastante más triste que el mío. Su color amarillo apagado y sus hojas medio colgando así lo delatan. Y qué decir del ojo que le falta…

—Voy a escribirle a Blake —le anuncio entusiasmada.

Y lo hago.

Esta noche ha sido rara.

Andrew me iba a proponer matrimonio.

Pero lo ha cambiado por un ultimátum.

Una fría ruptura en mi restaurante favorito.

Estoy sola en Boston, en mi apartamento vacío…

Triste, desconsolada, con ganas de hablar con alguien.

Si tuviera un amigo que me llamara…

Que me diera consuelo…

Estoy hablando con Dory Sue…

Sonrío satisfecha. El nombre de la mazorca sigue produciéndome escalofríos. El modo «drama» está activado. Es nuestro juego. Nuestra forma de comunicarnos sin perder el humor.

Tarda unos diez minutos en contestarme.

¿Puede tu necesidad de consuelo esperar?

En media hora me cuentas esa dramática existencia.

No hagas sufrir a Dory Sue. La quiero de vuelta, entera.

Le respondo con unos cuantos emoticonos de conformidad mientras no dejo de sonreír y me recuesto en el sofá.

Ahora toca pensar en Leah… Creo que esta vez sí que debo animarme a asesinarla. Lo he pospuesto mucho tiempo. Es el momento de eliminarla de la faz de la tierra.