Capítulo treinta y nueve
Javier
—Bekker —gruñí como un animal atrapado—. Voy a matarte.
—Me aseguré de que no puedas conseguirlo por ahora —se burló el hijoputa del mercenario, observando mi lamentable estado—. Vas a quedarte muy quietecito en tu cama, mientras Missy y yo nos damos un paseíto.
—No...
—Cierra la puta boca.
Presionó la pistola con silenciador contra la cabeza de Missy, dejándome clavado en el sitio.
—Cambio de planes. Mi jefe cree que si tenemos a la cría de los Astor en nuestro poder, Dagger y su estúpida banda de perdedores harán lo que él diga. Así que ella vivirá un poco más. Lástima que no pueda decir lo mismo de ti.
—No saldrás vivo de este hospital.
La adrenalina me recorría las venas, disipando los medicamentos y parte de la debilidad generalizada, agudizando mis sentidos y tensando cada músculo de mi cuerpo.
—Mi equipo está por todas partes.
—Ya lo sé —se arrancó el gorro quirúrgico para revelar su pelo amarillo canario y la serpiente tatuada en la frente—. Por eso no te dispararé todavía. Mi jefe no quiere dejar un rastro de cadáveres y provocar una investigación internacional. Pero hay gente que tiene mala suerte. Pasan cosas, ¿no?
Su sonrisa socarrona presagiaba un desastre.
—¿De qué coño hablas?
—Hay un bonito zoológico calle abajo —dijo Bekker con demasiada naturalidad—. Parece que a un trabajador le mordió algo. Tu vecino de al lado trajo el animal para identificarlo. Con este montaje, lo que viene a continuación resulta bastante plausible.
Bekker actuó. En un solo movimiento, destapó el carrito, tiró del cordón de la bolsa de tela que había en la bandeja superior y, mientras se alejaba de la cama arrastrando a Missy, me lanzó la bolsa.
Por puro entrenamiento e instinto, levanté la mano herida y aparté la bolsa de un manotazo con el antebrazo. Al mismo tiempo, salté de la cama y me cubrí detrás del cabecero. Noté el tirón del tubo intravenoso y el desgarro de la cinta arrancando la cánula de mi carne. Me importó una mierda.
Missy estaba en peligro.
Bekker soltó una maldición. Sin soltar a Missy y cojeando por el balazo que le había metido en nuestro último encuentro, la arrastró hacia mi posición de las once, a la esquina más alejada de la cama.
El muy cabrón había dado por hecho que estaría demasiado enfermo para moverme.
No es que me sintiera de maravilla, pero se había equivocado.
Me dolía todo como el demonio, pero el antiveneno que ya corría por mis venas ayudaba, y estaba entrenado para funcionar bajo presión.
Dejar que el veneno dictara mis acciones no era una opción cuando la vida de Missy estaba en juego.
La bolsa de tela cayó, no sobre mi pecho como pretendía Bekker, sino sobre el colchón, hacia los pies de la cama.
Un siseo bajo y gutural resonó en la habitación.
Una cobra real enorme se deslizó fuera de la bolsa.
Se irguió al menos un metro, desplegó la capucha e hizo contacto visual directo... conmigo.
Joder. Me convertí en una estatua. Otra vez no.
—¿A que es una belleza? —las risitas de Bekker llegaron desde la esquina del fondo, pero yo tenía la mirada clavada en la cobra furiosa—.
La salvé de que le arrancaran los colmillos uno de esos falsos encantadores de serpientes en la India.
Ha sido mi compañera de crímenes desde entonces.
No te imaginas cuántas veces ha matado por mí. Somos un equipo.
No me jodas, pedazo de mierda.
La serpiente se volvió hacia la voz de Bekker sin abandonar su postura defensiva, oscilando en el aire.
Tenía los pies descalzos como bloques de hielo pegados al suelo.
El pantalón de chándal apenas se me sostenía en las caderas y respiraba de forma entrecortada.
Tuve que hacer un esfuerzo para no vomitar.
Las piernas me flaquearon, pero me negué a desmayarme.
Obligándome a pensar, me aferré al cabecero y bloqueé las rodillas.
Bekker había montado o provocado la mordedura de serpiente de la persona a la que trataban en la habitación de al lado.
La cobra posada al final de mi cama era larga y corpulenta.
De un verde oliva oscuro, casi negro, con tenues bandas negras y blancas.
La luz del sol que entraba por la ventana arrancaba destellos cobrizos a sus escamas.
Las escamas bajo la capucha desplegada eran más claras y enmarcaban un hocico redondeado.
Su lengua bífida asomó mientras nos evaluábamos mutuamente.
Mi manido catálogo mental de serpientes volvió a aparecer.
La cobra real, la serpiente más larga del mundo en promedio, era altamente venenosa pero no se la consideraba especialmente agresiva salvo cuando se sentía amenazada por objetos que se acercaban o movimientos bruscos.
Debido a su gran tamaño, tenía un alcance de ataque impresionante.
También era capaz de asestar varias mordeduras en un solo ataque.
Colmillonudamente fantástico. Bekker tiene a Missy. La usará como moneda de cambio para conseguir lo que Li quiera y luego la matará de alguna forma horrible. Estás a punto de morir. Otra vez.
Miré a Missy. Tenía los ojos desorbitados, los dientes clavados en el labio, el rostro congelado en una mueca de terror.
Estaba pegada contra la pared del fondo, con el brazo atrapado en la mano izquierda del mercenario.
La pistola de Bekker, en su mano derecha, le apuntaba a la cabeza.
Calculé que estaba a unos cuatro metros de la cobra.
Demasiado cerca.
Logré tragar en seco.
Estaba hasta las narices de Bekker y sus putas serpientes.
Si me movía, la cobra atacaría. Si no me movía, el cabrón podría conseguir sacar a Missy de la habitación.
Ninguna de las dos opciones acababa bien.
Si la serpiente atacaba, Missy podría morir.
Si Bekker se la llevaba, también moriría, aunque más lentamente, en manos de un cabrón que quería usarla como rehén y moneda de cambio.
Eso no iba a pasar. No mientras yo pudiera evitarlo.
Apreté los dientes y me forcé a pensar. Bekker debía de haber abandonado el combate en cuanto vio nuestra nueva tecnología de drones entrar en el campo de batalla.
Sabiendo que el hospital era mi destino final, probablemente tenía un plan B para acceder.
Había conseguido colarse, disfrazarse con ropa de médico, pasar desapercibido y esperar su momento.
Había aprovechado la oportunidad cuando el doctor pidió el equipo especializado.
Quién coño sabía qué le había hecho al técnico de verdad.
Bekker era un psicópata, pero había trazado un plan con muchos niveles y alternativas. No era idiota, y había traído a su serpiente mascota para la ocasión. Había librado todo tipo de batallas, pero nunca una en la que la munición estuviera viva y fuera venenosa.
Iba a tener que improvisar de nuevo.
El maldito desgraciado rodeó mi cama con cautela mientras tiraba del brazo de Missy.
Con el rostro pálido y los labios apretados, ella se resistía.
Alternaba la mirada entre yo y la serpiente.
Cuando el mercenario le dio un tirón al brazo, dejó escapar un gemido.
La cobra giró sobre sus espiras y se volvió hacia ella.
Se me helaron las entrañas.
***
Missy
Hice un ruido y la cobra giró hacia nosotros. Se balanceaba de un lado a otro, hermosa y letal, hipnotizante y aterradora.
—Tu presa está detrás de ti, cariño —arrulló Bekker a la criatura, casi con ternura—. Vamos. Dale un mordisco.
No tenía ni idea de si los reptiles identificaban las voces de sus dueños, pero la atención de esta serpiente estaba puesta en el movimiento y el ruido.
Dash y Micah estaban cerca, y sin embargo, una mirada rápida a la puerta me mostró que el cerrojo estaba echado.
Me clavé los dientes en el labio. Bekker lo había pensado todo.
En la práctica, Javier y yo estábamos solos y atrapados con dos serpientes peligrosas en esta habitación.
En un país donde la cobra no era una especie endémica y no representaba un peligro para la población, no habría antídoto disponible.
El cuerpo de Javier ya estaba luchando contra el veneno de la Terciopelo, y una mordedura de cobra lo mataría seguro.
El miedo me oprimió el pecho y me estranguló la garganta.
No te rindas, Missy. No te desmayes. Estaba llevando mi nervio vago al límite. La advertencia de la hermana Janet flotó en mi cabeza. Pase lo que pase, no dejes que el diablo se lleve tu alma y no cedas a la llamada del cielo mientras aún sea tu tiempo en esta tierra.
El tacto duro del acero contra la parte baja de mi espalda me recordó que todavía tenía la Glock de Javier metida en la parte trasera de mis vaqueros.
No tenía ni idea de cuántas balas me quedaban.
Usarla para matar a la serpiente en la cama era demasiado arriesgado.
Mi probabilidad de acertar a un blanco que se movía rápido era baja.
El peligro de darle a Javier era alto. Si fallaba, la serpiente atacaría.
Si le disparaba a Javier por accidente, podría desangrarse en cuestión de segundos.
Entonces caí en la cuenta. Mi objetivo no era la cobra.
El agarre brutal de Wilbur Bekker me recordaba la crueldad de mi padre. Bekker, cuya adicción a la violencia desencadenaba mis miedos y me hacía sentir pequeña, inútil e insignificante. Bekker, que habría intimidado a la antigua Missy hasta convertirla en un charco tembloroso de terror.
Adelante, conviértete en la persona feroz que estás destinada a ser. Las palabras de la hermana Elsa resonaron en mi cabeza. Ama con fuerza y ama bien. Así es como encuentras tu propósito, Missy Astor.
Recuperarme a mí misma había sido un proceso lento y gradual, pero ahora conocía mi propósito: cuidar de mi familia y mis amigos. Proteger al hombre que amaba, por los medios que fueran necesarios.
Depende de ti. Recordé la voz de mis sueños. Esta vez no iba a fallarle a Javier.
El mercenario me arrastró por la habitación como si no fuera más que una muñeca de trapo. No me tenía miedo. No esperaba que me resistiera. Había asumido que alguien como yo no plantaría cara ante una pistola. Al diablo con eso. Saqué un pie y volqué la silla. La cobra se hinchó ante el alboroto.
—¿Qué coño? —masculló Bekker entre dientes.
—Tropecé —mentí.
La cobra gruñó y siseó, con la atención ahora fija en nosotros.
—Bueno, hola —dije, y agité lentamente una mano en el aire para probar mi teoría.
La serpiente se movió de lado a lado, siguiendo los movimientos de mi mano.
—Deja de provocarla —el mercenario me arrastró al lado opuesto de la habitación—. No le gusta.
—Ya veo —lancé una mirada a Javier—. Es fascinante, ¿no crees?
Negó con la cabeza muy levemente. No. Las comisuras de sus ojos se tensaron. No lo hagas.
—Me parece que nos has metido a los tres en un buen lío —dijo Javier, y la cobra giró en su dirección—. Esa serpiente no te quiere más de lo que me quiere a mí.
—No me atacará —dijo Bekker, pero la serpiente respondió a su manera, girando y gruñéndole.
—Yo no estaría tan seguro —se burló Javier, y su voz retumbante volvió a captar la atención de la criatura irritada.
El mercenario me empujó hacia la ventana rectangular alta y me presionó la pistola contra la nuca.
—Ábrela —siseó, con la mirada alternando entre su mascota en la cama y yo.
—Eh... —miré la ventana y una calma helada me invadió—. Esta ventana no se abre.
—¿Qué? —el hombre observó el gran cristal rectangular. El ceño fruncido revelaba su incredulidad.
—Es fija —le informé—. ¿No tuviste en cuenta este pequeño detalle cuando planeaste el plan B de tu plan B, Bekker?
—¿Conoces mi nombre? —retrocedió y me fulminó con la mirada antes de recuperar esa mueca despectiva—. Me da igual.
Sin soltar mi brazo, me apartó a un lado.
—Quítate de en medio.
Sus movimientos hicieron que la serpiente girara hacia nosotros de nuevo. El mercenario apuntó su pistola con silenciador a la ventana. En un instante, visualicé el escenario que estaba a punto de crear.
Sus disparos no serían ruidosos, pero las vibraciones y la rotura del cristal alterarían a su mascota.
Contaba con que Javier se lanzara hacia delante para evitar que Bekker me empujara por la ventana.
No me cabía duda de que Javier vendría a por mí.
La serpiente atacaría a la amenaza más cercana: él.
Todo sucedió a la vez. En cuanto la pistola de Bekker dejó de apuntarme, llevé la mano atrás y agarré la Glock que llevaba en la cintura.
Bekker apretó el gatillo y disparó varias veces.
Hicieron falta varias balas en el mismo punto, pero la ventana estalló y se hizo añicos.
Con el rabillo del ojo, vi a la poderosa cobra lanzarse. Hacia mí.
***
Javier
Cuando la serpiente saltó, alargué el brazo y tiré de la manta de la cama mientras la retorcía.
Atrapó la cola de la cobra y le frenó el impulso.
Aprovechando la inercia, arrojé fuera de la cama a la serpiente enredada en la manta.
La única razón por la que lo conseguí fue porque la serpiente ya se había lanzado hacia Missy y no podía cambiar de rumbo en el aire.
Plof.
La cobra aterrizó en la esquina, detrás de la silla volcada. Se oyeron voces y golpes violentos en la puerta. Sonaron disparos en la habitación, unos con silenciador y otros sin él.
Me abalancé hacia la ventana de la esquina, blandiendo el soporte del gotero como arma. Missy y Bekker forcejeaban en una pelea desigual. Con los bíceps hinchados, Bekker envolvía el cuerpo mucho más pequeño de ella, intentando arrebatarle la pistola.
Mi pistola. La había conservado.
El cabrón me vio venir. Con un brazo sujetaba a Missy contra su pecho; con el otro levantó el arma y me apuntó a la cara.
Antes de que pudiera apretar el gatillo, le asesté un golpe en la mano con el soporte del gotero.
La pistola de Bekker salió volando y chocó contra la esquina opuesta. Otro disparo resonó en la habitación.
—¡Missy!
Aparté al cabrón de mi mujer de un empujón y le solté un puñetazo en la cara que lo mandó volando.
Puse en él todo lo que tenía. Aterrizó con un gruñido en el suelo y no se movió.
Missy trastabilló, aún aferrando mi Glock.
Yo tampoco estaba muy firme, pero logré sujetarla.
Regueros carmesí empapaban la parte delantera de su camiseta y manchaban sus vaqueros.
Su rostro había superado la palidez; era transparente.
Podía ver sus delicadas venas azules bajo la piel.
Cuando cerró los ojos, mi corazón se detuvo. Por una vez, supliqué al Dios de las monjas, rogando que solo se hubiera desmayado. Cuando pensé en la alternativa, sentí que me marchitaba y moría por dentro.