Capítulo veintinueve
Javier
Missy apoyó las manos en mis muslos y, a horcajadas sobre mi regazo, me acogió en su interior solo para expulsarme.
Tumbado de espaldas en la hamaca, sujetándola por las caderas, tenía una vista increíble de la larga línea de su espalda, su trasero gloriosamente abierto y el milagro de mi polla entrando y saliendo de ella.
Me acogió una última vez antes de dejarse caer.
Cuando sus paredes se apretaron a mi alrededor, gritó.
Mi propia liberación siguió a su clímax. Juntos, caímos en la dicha.
Se desplomó sobre mis piernas, jadeando.
Me incliné hacia delante, recogí su cuerpo lánguido y la recosté sobre mi pecho.
Su cabello se derramó sobre mis pectorales, sus pechos subían y bajaban, y sus pezones se alzaban como si buscaran la luz del sol.
Menos mal que la terraza era muy privada, a salvo incluso de las miradas de los guardias.
Le rodeé el cuerpo con los brazos, posé las manos sobre sus pechos y la estreché contra mí.
Una extensión cerúlea flotaba sobre nosotros en un día sin nubes.
Verdes profundos se mecían con la brisa en mi visión periférica.
No podía negar mi disolución total de antes.
El momento me había acercado más a Missy, a su luz.
Por primera vez en mi vida, entendí lo que significaba la felicidad.
Era cálida, y suave, y brillante, y su nombre era Missy.
—¿Invertida qué? —preguntó con voz ronca después de un rato, mientras abría los ojos parpadeando.
—Vaquera invertida —respondí, todavía jadeante yo también.
—Es…
—¿Es qué?
—Es obsceno. —Una sonrisa traviesa asomó en sus labios—. Me encanta. Resulta que soy la hermana fácil, después de todo.
Me reí tan fuerte que salí de ella.
Sonrió mirando al cielo.
—¿Qué más puedes enseñarme?
—¿Lista para otra ronda, mi Ángel insaciable?
—Lista. Aunque tengo un poco de hambre. —Su estómago gruñó justo a tiempo.
Le besé la coronilla.
—Podemos retomar esto después del almuerzo.
—Me gusta cómo piensas. —Se incorporó en mi regazo y pasó las piernas por el borde de la hamaca—. Me daré una ducha rápida antes de irnos.
Estaba a punto de sugerir que me uniera a ella cuando mi móvil vibró. El alias familiar apareció en la pantalla. El corazón me dio un vuelco.
—Es King —dije—. Tengo que contestar.
—Espero que sean buenas noticias. —Cruzó hacia la puerta contoneándose, sin llevar nada más que su piel exquisita—. Estaré lista en veinte —anunció antes de desaparecer en la suite.
Me incorporé en la hamaca y la observé irse, incapaz de borrar la sonrisa tonta de mi cara. Cuando el móvil vibró de nuevo, me agaché, me ocupé del asunto del condón y acepté la llamada.
—¿Dónde coño estás? —Me bajé de la hamaca y me subí los pantalones de chándal—. Si algo me pasara, ¿quién protegería a mi pasajera?
—Tranquilo, tío —dijo King—. Tuve que…
Su voz se distorsionó. No pude entender lo que decía. El wifi en la casa del árbol era poco fiable, y ahora mismo mi móvil mostraba menos de una barra. Me acerqué a la terraza e intenté descifrar sus sonidos confusos.
—No te copio —interrumpí el galimatías—. ¿Qué has dicho?
—En tránsito… —King se cortó antes de que algunas palabras lograran atravesar la estática—. Alerta… —Otra maldita interrupción, y luego—: Comprometido…
—No te leo. —Me moví por la terraza buscando mejor recepción.
—Omega está… —Otra ráfaga de ruido blanco, esta más larga—. Espera… —Y finalmente—: En movimiento.
La línea se cortó.
—¿Qué coño? —Fruncí el ceño mirando el móvil en mi mano.
¿Dónde demonios estaba King y por qué tenía tanta prisa? ¿Quién coño había sido comprometido y cómo? ¿Dónde estaba mi jefe y cómo podía comunicarme con él si se suponía que debía mantener silencio de radio?
—A la mierda con esto. —Ignoré al mono de cara blanca que me chillaba desde su percha en un árbol y me puse la camiseta de un tirón.
Inquieto, agarré mi arma de la mesa y comprobé el cargador.
Después de devolver el arma a su funda, la enganché en la parte trasera de mis pantalones de chándal.
Plantado junto a la barandilla, ignoré las vistas increíbles y evalué mis opciones.
Era hora de irnos.
Entré en la suite y agarré mi portátil. De camino al exterior, lo saqué de su funda, lo dejé sobre la mesa de fuera y lo encendí.
Después de apartar la funda, me acomodé en la silla de ratán.
Crujió bajo mi peso. Tecleé mientras revisaba mis opciones de exfiltración.
Esta no sería la primera vez que me las ingeniaba para salir de un aprieto, pero tenía a Missy conmigo. Tenía que mantenerla a salvo.
Eché un vistazo a la hamaca vacía que se mecía perezosamente con la brisa.
Una sonrisa asomó en las comisuras de mis labios.
Esto sucedía automáticamente cada vez que pensaba en Missy.
Devolví la atención al mapa en mi pantalla, pero incluso mientras seguía trabajando, caí en la cuenta.
Las cosas solo se habían vuelto más intensas, más profundas entre nosotros desde que habíamos hablado de Nix.
Algo que estaba seguro de que nos dividiría, en realidad nos había unido.
Nuestra conexión parecía más fuerte, más duradera.
¿Era esto lo que había pasado entre Dagger y Thena? ¿Era esto lo que la gente llamaba amor? Y si lo era, ¿podía realmente suceder tan de repente, de forma tan absoluta, en una semana, siete días, a alguien como yo, a mí?
Mi corazón gritó una respuesta, pero mis sentimientos no importaban.
No era como si la exquisita Missy Astor fuera a permitirme llamarla mía delante de otros.
Nunca iba a presentarme como su hombre ante nadie.
Para ella, yo era una distracción temporal, un guardaespaldas y un entrenador sexual dispuesto.
Demonios, ya ni siquiera necesitaba esto último.
Dagger me echaría a patadas si descubriera las cosas traviesas que había estado haciendo con Missy.
Aunque ella ahora supiera de mi papel en la muerte de su hermano y no me culpara, tenía otros problemas.
Suponiendo que de alguna manera lograra superar las objeciones de Thena y Omega —algo harto improbable—, ¿qué tenía que ofrecerle a Missy?
¿Cómo podía convencerla de que se quedara conmigo cuando estaba tan fuera de mi alcance?
Me froté los ojos con la mano. Estoy jodido.
Vale, ya está bien, basta. El futuro era una mierda. El presente era lo que importaba. Y hablando de Missy, ¿dónde demonios se había metido?
Llevaba fuera un buen rato. Ladeé la cabeza y agucé el oído.
No estaba cantando en ese momento —una costumbre encantadora que tenía—, pero el agua de la ducha seguía cayendo.
Los monos chillaban como una horda de banshees.
¿Qué demonios les pasaba a esos simios? Se comportaban como si necesitaran una buena dosis de Xanax.
¿Y por qué mis instintos aullaban junto con ellos?
Lo dejé todo y entré en la suite. El agua seguía cayendo. Era extraño. Missy era muy estricta con eso de no malgastar agua. Además, el bufé del almuerzo estaba a punto de terminar.
—¿Ángel? —Toqué a la puerta del baño—. ¿Estás bien?
Como no respondió, volví a golpear.
—¿Me oyes? Los ríos y el lago se van a secar como sigas así —bromeé, pero no hubo respuesta.
Su silencio me preocupó. Protegerla era mi trabajo. El pomo no estaba echado, así que abrí la puerta y crucé el amplio baño de estilo spa hasta la gran ducha exterior que ocupaba el extremo más alejado de la habitación.
—¿Missy? —llamé mientras me detenía frente a la rústica mampara de la ducha, un ingenioso panel hecho de listones de bambú sujetos a varillas en la parte superior e inferior, con bisagras en la pared.
No hubo respuesta, pero el agua seguía cayendo.
—Voy a entrar. —Levanté el pestillo, abrí la mampara y me quedé paralizado.
Mis neuronas dispararon una avalancha de datos.
Mi cerebro procesó a toda velocidad. En medio del recinto circular de piedra caliza, Missy estaba acurrucada bajo la ducha de lluvia, mojada y temblando, abrazándose el vientre.
Tenía los pezones completamente erectos, la piel erizada y mechones empapados de pelo pegados a la cara y los hombros.
Pero fueron sus ojos desorbitados y el terror que vi en ellos lo que me heló las entrañas.
Sin moverse, articuló en silencio: «No» y «Quédate atrás».
Ya tenía el arma en la mano, rastreando múltiples amenazas.
Mis sentidos giraban como radares. La malla protectora instalada sobre la ducha exterior, la que mantenía el espacio libre de pájaros y otras criaturas, había desaparecido.
Una tela de arpillera yacía extendida en el suelo de piedra, a mi izquierda.
Estaba empapada por el agua que salpicaba de la ducha.
Una forma alargada descansaba sobre ella, mojada, alerta y enrollada a solo un metro veinte de Missy.
Mi visión se concentró en la enorme serpiente.
Cabeza plana y angular. Amarillo pálido en el vientre.
Cresta afilada entre la coronilla y los ojos, llegando hasta la punta del hocico.
Cuerpo en tonos terrosos con triángulos geométricos en zigzag.
El catálogo de serpientes de los Raiders, grabado a fuego en mi memoria durante el entrenamiento, se activó a toda velocidad. Y arrojó una identificación clara.
La Fer-de-lance, llamada así por su cabeza en forma de lanza, era la víbora de foseta más peligrosa de las Américas. También era el reptil más mortífero de Costa Rica. Nombre científico: B. Asper. Los lugareños la llamaban Terciopelo o Barba Amarilla, y la evitaban como a la peste.
Joder.
El cerebro reptiliano escupió los datos de la criatura.
Excitable, impredecible y agresiva cuando se siente amenazada.
Rápida, ágil, capaz de saltar y atacar a gran distancia.
Veneno increíblemente potente, altamente concentrado por gramo e inyectado en dosis extremadamente altas por mordedura, lo que la convertía en letal.
Joder y más joder.
La serpiente enrollada junto a las piernas desnudas de Missy era enorme.
Se giró hacia mí, agitando la lengua bífida en el aire.
Y eso no era lo peor. Otras cuatro serpientes de la misma especie se deslizaban por los bordes del recinto.
Una de ellas intentaba trepar por las paredes de piedra caliza pulida, pero no conseguía agarrarse. Todas parecían estresadas y agitadas.
Missy estaba atrapada en un pozo de víboras mortales.
Joder, joder y joder.