Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo veintidós
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Capítulo veintidós

Missy

El calor de la multitud dio paso al aire fresco cuando Pierre, Gerard y yo salimos de la pista de baile.

El pulso me latía desbocado y tenía la garganta seca.

Me ardía la cara. Me habían vuelto a preguntar si quería tener una aventura sexual esa noche y había dicho que sí.

No tenía ni idea de a quién demonios iba a elegir y, sin embargo, estaba segura de que esta era mi única y última oportunidad.

Nunca había estado en una situación como esta, con la llave del baño de hombres en la mano y los dos mirándome expectantes. Los nervios me comían viva, pero era ahora o nunca.

—¿Quién va a ser, ma chérie? —preguntó Gerard con entusiasmo—. ¿Yo? ¿Él? ¿Los dos?

—Honraremos tus deseos —me aseguró Pierre, y se llevó la otra mano al corazón.

—Sin presión —Gerard me plantó un casto beso en la frente.

No podía mentirme a mí misma. Estaba aterrorizada.

Pero también decidida. Abrí la boca para elegir, pero la cerré cuando los ojos de Pierre se abrieron de par en par y su cuerpo se tensó.

Me soltó la mano, agarró a Gerard por la manga y señaló con la barbilla hacia algún lugar detrás de mí.

La figura compacta de Gerard se enderezó.

Se le abrieron los ojos tanto como a Pierre.

Me di la vuelta y descubrí la fuente de sus temores.

Javier avanzaba hacia nosotros con los puños cerrados, la mandíbula apretada y un ceño feroz que habría hecho cagarse de miedo a cualquiera con dos dedos de frente.

La furia que irradiaba me abrasaba la piel y me helaba la columna al mismo tiempo.

—No —salté frente a Pierre y Gerard agitando las manos—. No hagas esto.

—¿Hacer qué? —Javier se detuvo ante mí y les lanzó una mirada dura a los dos.

—Esto —le apoyé las manos en el pecho y empujé, solo para descubrir que no se movía ni un centímetro. Bajé la voz a un susurro—. Ya hablamos de esto. No tienes derecho a pegarles a estos hombres.

—¿Quién dice que voy a hacer papilla a estos imbéciles? —su voz era engañosamente tranquila.

—Tienes toda la pinta —le di un golpecito en el pecho—. Eh, mira hacia abajo. Mírame a mí —a regañadientes, bajó la mirada hacia mí—. No me arruines esto. Es mi decisión.

El corazón le latía como un tambor de guerra bajo la palma de mi mano, y todos sus músculos se tensaban bajo mi tacto. Le vibraba el cuerpo con lo que parecía violencia reprimida. No lo entendía. Él había tenido su oportunidad. Y ahora estaba enfadado por... ¿qué?

Daba igual. Tenía que evitar que estallara una pelea. Una mirada rápida por encima del hombro me mostró que Pierre y Gerard habían dado un paso atrás, pero no estaban huyendo, al menos no todavía.

—Monsieur —dijo Pierre, reclamando la atención de Javier—, usted no tiene derecho a controlar a esta encantadora mujer.

—Los hombres controladores como usted nos dan mala fama a todos —el acento de Gerard se acentuó con la acusación—. Liberté, égalité, fraternité —citó el lema de la Revolución Francesa—. Ella es libre de decidir.

A juzgar por la vena que le saltó en la frente a Javier, temí que los hombres hubieran pronunciado sus últimas palabras.

—Somos hombres del Renacimiento —proclamó Pierre con la voz rasposa de indignación—. No somos trolls posesivos.

—¿Hombres del Renacimiento? —retumbó Javier—. ¿Acabas de llamarme troll?

El músculo que le palpitaba en la mandíbula silenció a Pierre, pero Gerard abrió la boca para volver a hablar, presagiando el desastre que yo intentaba evitar.

—No digas nada más —le espeté, y tiré de la camiseta de Javier para desviar su atención hacia mí—. ¿Qué pasa? Dímelo. Por favor.

Javier se desenganchó a regañadientes del concurso de miradas a tres bandas. Cuando arqueé las cejas, debió de ver mi angustia, porque el ceño se le suavizó. En su lugar, se plantó una sonrisa en la cara y la dirigió a mis acompañantes. La sonrisa era agradable, pero no le llegaba a los ojos.

—Excusez-moi, mes amis —dijo Javier—. Les he dado la impresión equivocada.

Incliné la cabeza y lo miré fijamente, luchando por mantener la boca cerrada. ¿Javier Guzmán acababa de disculparse con aquellos hombres? Sacudí la cabeza. Pero espera. ¿Hablaba francés?

—Puede que no parezca un hombre del Renacimiento, pero yo también lo soy —alargó el brazo, me lo pasó por el hombro y me atrajo hacia él, murmurando entre dientes—. Al menos lo intento.

Desde luego parecía estar esforzándose. Estaba demasiado atónita para intervenir. Sin mí en medio, se encaró con los otros dos. Pierre y Gerard lo miraron con recelo. Sus posturas rígidas revelaban que no estaban convencidos.

—Tienen razón, messieurs, mi sœur puede hacer lo que quiera —Javier sin duda tenía un conocimiento práctico del francés y, además, una pronunciación encantadora—. Es inteligente, esta. C'est une femme très intelligente. Comprenez-vous?

—Oui, bien sûr —asintió Pierre.

—Évidemment —asintió Gerard.

—Ella sabe lo que quiere —continuó Javier, tomando un giro inesperado—. Pero...

—¿Pero qué? —pregunté, pendiente de cada una de sus palabras.

—Pero no has bailado conmigo esta noche —me guiñó un ojo, con voz juguetona—. Un baile, ¿antes de que te vayas?

Su guiño me traspasó el corazón como la flecha de Cupido. El deseo que brillaba en sus ojos me arrasó en un tsunami de emociones. Inclinó la cabeza y arqueó las cejas, suplicándome, pidiéndome una oportunidad para hacer... qué exactamente, no estaba segura.

Y ahí empezó el debate en mi cabeza.

Missy Astor, me recordó mi sentido común. Prometiste superarlo.

Es solo un baile.

Alerta de bombón. Mi buen juicio se mantuvo firme. No estás pensando. Estás sintiendo.

¿Quién dice que debo tener razones lógicas para hacer algo esta noche?

Te arrepentirás.

Sí, pero quizá, con suerte, ¿no?

Esta noche se trataba de vivir y aprender.

Cuando le lancé a Javier una mirada rápida, me dedicó una sonrisa expectante y esperanzada.

Esa sonrisa. Mierda. No podía negarme.

—Un baile —cedí, pero usé mi tono más severo antes de volverme hacia los chicos y darle la tarjeta llave a Gerard—. Guarda esto. Vuelvo enseguida.

—¿Habéis oído eso, Hommes de la Renaissance? —dijo Javier con una sonrisa de suficiencia—. Vuelve enseguida.

—Más te vale tener una explicación para esto —refunfuñé mientras me conducía a la pista de baile. Abriéndose paso entre la multitud con su cuerpo, avanzó hasta que estuvimos en medio del gentío.

—Lo siento —me rodeó la cintura con los brazos y me atrajo hacia él, aunque la música se había detenido y el DJ parecía trabajar frenéticamente en su consola—. He sido un idiota y lo sé.

Su disculpa me pilló por sorpresa. Eso, junto con su agarre posesivo, borró la mayoría de mis pensamientos, aunque logré aferrarme a una pregunta. —¿Qué está pasando aquí? —lo miré con recelo—. ¿Qué te pasa por la cabeza?

—¿Recuerdas cuando sugeriste que habláramos, nada más llegar?

—Sí —dije con frialdad—. También recuerdo que me rechazaste.

—Perdona por eso también —tuvo la decencia de parecer avergonzado—. Y te pido perdón por alejarme de ti anoche y por lo que dije hoy. He cambiado de opinión. Quiero hablar.

—¿Ahora mismo? —fruncí el ceño—. Justo cuando estaba a punto de...

—No lo digas —gruñó, haciendo una mueca—. No puedo soportarlo. No hablemos de ellos.

—Entonces, ¿de qué demonios quieres hablar?

—Tengo un montón de cosas que quiero decirte —su nuez subió y bajó—. El problema es que no sé cómo. Nunca lo he hecho antes. Así que ten paciencia conmigo, ¿vale?

—Estoy aquí, ¿no? —lo fulminé con la mirada, pero la mezcla de dulzura y resignación que detecté en sus ojos derritió mi rabia.

Cuando comenzó la música, me estrechó contra su pecho y, meciéndose suavemente, me plantó un beso en la cabeza.

Un cosquilleo chispeante me recorrió hasta los dedos de los pies.

Por mucho que me había esforzado en ponerme a tono mientras bailaba con los otros chicos, mi libido no había dado señales de vida.

Hasta ahora, cuando apareció con una intensidad que me hizo apretar los muslos y rogar a mis pezones que se relajaran.

Un beso casto de Javier, y el escalofrío eléctrico que solo su contacto desataba en mí se extendió por mi cuerpo, alteró cada una de mis células y avivó el anhelo que palpitaba entre mis piernas.

Dios mío. Ya estaba mojada.

Se acercó a mi oído. —Necesito que prestes atención a la siguiente canción. Le dije al DJ que le arrancaría la garganta si no la ponía.

—Oh —por eso el DJ había parecido tan desconcertado—. ¿Por qué amenazaste al pobre chico? Con un «por favor» habría bastado, creo.

—Estaba frenético —confesó—. No quería perder mi oportunidad.

—¿Frenético, tú? —miré fijamente a aquel hombre que se comportaba de forma tan impropia de él—. ¿Qué oportunidad ibas a perder?

—Por favor —me susurró al oído—. Escucha la letra.

El ritmo contagioso de Shivers de Ed Sheeran fue ganando volumen e intensidad. Una vez más, clavé la mirada en su rostro, incapaz de ocultar mi sorpresa.

Se me escapó una media sonrisa. —¿Ed Sheeran?

—Sí —una sonrisa irónica asomó en la comisura de sus labios—. El tío sabe decir cosas que yo no puedo. Solo escucha. ¿Por favor?

Me tomó la nuca con su gran mano y la acunó hasta que mi mejilla descansó sobre su hombro.

Cantándome al oído, comenzó a moverse con un balanceo lento y sensual que cargó el aire entre nosotros.

Mi corazón latía desbocado mientras me cantaba una historia íntima sobre recibir una flecha en el corazón como si hubiera salido de mi arco, y sobre lo ardiente que era yo, tanto que él se estremecía cada vez que estaba cerca de mí.

No era el único que se estremecía. Mi piel hormigueaba bajo su tacto.

El calor de su mano en mi espalda desnuda provocaba sensaciones deliciosas en mi cuerpo.

Su contacto ardía, me marcaba. Estábamos tan cerca, piel con piel en casi todas partes.

Se me erizó el cuello con el roce de su aliento y su pasión me envolvió hasta que la multitud desapareció y quedamos solos dentro de la canción.