Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo veintiuno #3
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Capítulo veintiuno #3

—Nuestros mundos no encajan —dije—. Por no hablar de que soy un gilipollas de mierda. Los gilipollas y las pasajeras majas no acaban bien.

—Ajá —en boca de King, odiaba ese tono escéptico—. Acabas de soltarme un montón de etiquetas estúpidas. Me cuesta aceptar tus definiciones. No eres un gilipollas, aunque a veces actúes como uno.

—Viene a ser lo mismo.

—Podrías elegir ser menos gilipollas.

—Claro —espeté—. Porque puedo chasquear los dedos, borrar mi pasado y convertirme en un jodido dechado de virtudes.

—Tío, cálmate —dijo—. ¿Quién dice que tengas que ser un dechado de virtudes?

—¿Has oído la parte de que ella es quien es?

—Alguien que eligió vivir en la pobreza durante tres putos años.

Punto para King. Gruñí algo obsceno.

—Es buena persona —argumenté—. Buena y amable.

—¿Y tú qué eres, poca cosa?

—Si quieres una lista de mis defectos, no te va a dar tiempo a escucharla.

—Todos estamos en construcción. ¿No puedes trabajar en convertirte en la persona que quieres ser?

Miré la luna suspendida en el cielo.

—¿Por dónde iba a empezar siquiera?

—No dónde, cuándo, y la respuesta es ahora —King no me daba tregua—. El ahora es lo único que tenemos. Y en cuanto a lo de persona agradable, dudo que a tu pasajera le hiciera gracia que la encasillaras así.

En la pista de baile, Missy le dio la razón a King; sus movimientos sensuales me demostraban que mi definición de ella era demasiado limitada. Apreté los dientes y me obligué a no arrastrarla fuera de la pista como un cavernícola, pero me costó lo mío.

—Voy a colgar.

—No me cuelgues, imbécil —espetó—. Me parece que tienes mucha mierda que soltar. ¿Cuál es el problema?

—Es joven —murmuré a falta de algo mejor que decir.

—¿Siete, ocho años? —King se lo pensó—. Es una diferencia razonable. Puede que sea más joven que tú, pero la madurez cuenta.

—¿Me estás llamando Peter Pan a mí también? —gruñí.

—Yo no, pero por lo visto alguien sí.

Mierda. Esta conversación no servía de nada.

—El jefe me mataría si yo...

—Afirmativo —King no discutió—. Entonces, pregunta: ¿vale la pena morir por ella?

Un millón de veces sí, y sin embargo: —No va a funcionar.

—Sigues diciendo eso —King no ocultó su exasperación—. No digo que no tengas obstáculos que superar, pero ¿no es a eso a lo que te dedicas?

—Sí, pero...

—No has mencionado la objeción número uno.

Hice una mueca al pensar en Phoenix Astor. —No lo metas en esto.

—¿Cómo no voy a hacerlo? —King hizo una pausa—. ¿Todavía te culpas por su salida?

Era como si King me hubiera dado un puñetazo en la nariz. —No.

Joder, claro que sí era la respuesta correcta. Nunca podría olvidarlo. No quería. No me lo permitiría.

—Mentiroso —la línea crepitó cuando King exhaló—. Tu pasajera es adulta. Tú tienes una opción, y ella también. Toma la tuya y deja que ella decida por sí misma.

—No soy bueno para ella.

—Vas a obligarme a ir hasta allí solo para patearte el culo —respondió con un bufido—. Basta de autoflagelación. Sé que hemos tenido nuestras diferencias. Me sacas de quicio, sobre todo cuando te pones en plan malote y toda esa mierda.

—¡Eh!

—Se me acaba el tiempo, así que cállate y escucha —espetó—. Eres uno de los mejores que conozco. Tienes las habilidades, los instintos y el entrenamiento. También tienes corazón. Vale, irritarme es tu superpoder, pero también eres listo y es un gusto estar contigo.

Resoplé. —Y yo que pensaba que no me tragabas.

—Tenía mis reservas cuando llegaste —admitió—.

Estabas en la cárcel y no sabía si estabas en condiciones de convertirte en director de crucero.

Nuestro último viaje juntos me demostró que puedo confiar en ti.

Eres de fiar. No voy a negar que bebías demasiado.

Has destrozado más de un bar y has estado a punto de llegar a las manos nada menos que con el segundo del jefe —se refería a Micah Bozeman, alias Granite—.

Eso fue una muestra de estupidez o de locura, no sé cuál de las dos.

Pero esa mierda quedó atrás, hermano. Esto es el presente. ¿Me copias?

En la pista de baile, Pierre le dijo algo a Missy. Ella se puso roja como un tomate. Pierre sacó una tarjeta llave del bolsillo y se la ofreció.

El débil traqueteo de unos dados en su cubilete resonó en el fondo de mi cabeza.

Ella aceptó la llave. Joder. Se me cayó el alma a los pies. El traqueteo de los dados se hizo más fuerte. Pierre tomó la mano de Missy y la guio entre la multitud. Gerard los siguió, sonriendo como un bonobo idiota que sabía que estaba a punto de mojar.

Un pánico helado me congeló las entrañas. —Tengo que irme.

—No seas gilipollas —advirtió King.

—¿Qué coño significa eso?

—Conecta con tus emociones —dijo King—. Identifica lo que sientes antes de actuar. Controla al capullo que llevas dentro y no destroces el local.

Me conocía demasiado bien.

—No prometo nada —dije—. Pero lo intentaré. Corto.

Dándole vueltas a la idea poco familiar de enfrentarme a mis aterradoras emociones, colgué y me puse en marcha. El traqueteo de los dados se convirtió en un estruendo ensordecedor dentro de mi cabeza. Solo había una forma de detener el ruido, y esta vez no estaba seguro de que fuera a funcionar.