Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo Diez
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Capítulo Diez

Missy

—Despierta a las hermanas —ordenó Javier en cuanto llegamos al campamento—. Sin hacer ruido. Diles que se preparen para correr. Que moldeen el suelo bajo el poncho para que parezca que hay un par de personas durmiendo bajo el refugio.

—Entendido. —Corrí hacia allí, desperté a las hermanas sacudiéndolas y les transmití las instrucciones de Javier.

Las mujeres y yo nos pusimos manos a la obra.

Javier desapareció entre los árboles y luego regresó guiando al burro que me había dado un susto de muerte.

Dejé que las hermanas terminaran la tarea, ajusté las correas de mi mochila y corrí al encuentro de Javier, que estaba junto a su petate bajo el jacarandá.

—Ya están en ello —informé—. ¿Y ahora qué?

—Toma esto. —Me entregó la cuerda del animal y se puso a pasar cartuchos de munición de su petate al chaleco y los bolsillos—.

Ve por ahí. —Señaló hacia un camino de tierra visible más allá de los árboles—.

Monta a las monjas en el burro y muévete lo más rápido que puedas.

No vuelvas bajo ninguna circunstancia. Si no te alcanzo en los próximos veinte minutos, da por hecho que no saldré contigo y sigue adelante.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Caminarás hacia el este hasta llegar a la carretera principal.

—Despegó el ordenador de misión de su chaleco, abrió un mapa electrónico con una ruta marcada en azul y recorrió la línea irregular con su índice romo—.

Luego irás en paralelo a la carretera hacia el sur.

Mantente fuera de la vista. Aquí girarás hacia la frontera y te detendrás en las coordenadas exactas que aparecen en la pantalla.

En este punto rojo. —Tocó el lugar—. Deberías tardar unas seis horas, más o menos. Alguien te encontrará allí.

—¿Y si no los encuentro? —La ansiedad me borboteaba en el pecho mientras él deslizaba el dispositivo en el bolsillo lateral de mis mallas—. ¿Cómo sabré quiénes son?

—Confía en mí. —Se puso el chaleco táctico y se lo abrochó—. Ellos te reconocerán.

Se echó el petate al hombro, cruzó hacia el refugio y, tras hablar en voz baja con las hermanas, dejó su mochila bajo el cobertizo.

—Déjala donde está —dijo por encima del hombro mientras volvía hacia mí—. Es hora de que te pongas en marcha.

—Pero... —El pecho se me encogió de horror al comprender que no vendría con nosotras—. No podemos dejarte atrás.

—Hemos llegado demasiado lejos y currado demasiado duro para dejar que esos cabrones jodan la misión. —Se puso el casco táctico—. Tú eres la misión. Sacarte de aquí. Sé cuidarme solo. Tienes tus órdenes.

—Pero no puedo...

—Sí, puedes. —Se arrodilló y se apretó los cordones de las botas—. Si no te vas ahora mismo, tú y tus amigas podríais morir. No puedo permitir que eso pase. ¿Me entiendes, Ángel?

No sé qué me pasó. Miedo. Pavor. Una profunda admiración por el guerrero arrodillado ante mí. Le tomé el rostro entre las manos y, a plena vista de las monjas, le planté un beso en los labios.

—Alcánzanos —susurré contra su boca—. Es una orden, marine.

—Sí, señora. —Sus labios tomaron los míos en un asalto voraz y demasiado breve.

Cuando me soltó, me tambaleé por el puro impacto de su pasión. Por un momento, quedé suspendida en el sueño más delicioso, sufriendo los efectos de su beso en la vida real.

—En marcha, Ángel.

Su voz me sobresaltó y me sacó de la neblina. Miré a las monjas: la hermana Elsa lucía su expresión más serena, pero a juzgar por el ceño fruncido de la hermana Janet, iba a tener que dar algunas explicaciones cuando todo esto terminara.

Javier se puso de pie, enganchó la carabina a la parte delantera del chaleco, me agarró por los hombros y me giró hacia donde las monjas me esperaban.

—Ve. —Me dio un empujón suave—. No mires atrás y, pase lo que pase, no vuelvas aquí. Solo... ve.

Puse un pie delante del otro. El dócil burro siguió mis pasos vacilantes.

Como Javier había informado a las hermanas de la urgencia de nuestra situación, ellas me hicieron señas.

En cuanto detuve al animal, las monjas se pusieron manos a la obra para montarlo.

En cualquier otra circunstancia, la escena habría sido graciosa.

Hoy no era el caso. Les costó un poco, pero una vez sentadas encima del burro, me instaron a apresurarme.

Guié a la criatura hacia el camino, pero ¿podía realmente alejarme y dejar a Javier atrás?

Un trueno retumbó a lo lejos. Una ominosa ráfaga de viento agitó las hierbas y las hojas, llevando la humedad de la noche hasta lo más profundo de mis huesos. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, me frenó los pasos y me tiró del corazón como si estuviera atado a Javier con cadenas.

No podía dejarlo solo, completamente solo, para enfrentarse a mis enemigos.

Me di la vuelta.

Javier había desaparecido. Se había esfumado sin dejar rastro.

Era como si siempre hubiera sido un sueño y nunca nos hubiéramos conocido en la vida real.

***

Javier

Los cabrones atracaron la lancha junto a la desembocadura del río y se deslizaron hacia el sur exactamente como había predicho. Panda de imbéciles. Intentaban pillarme desprevenido. Pues iba a darles una lección. Con Javier Guzmán no se juega.

Enfoqué los prismáticos y seguí sus imágenes térmicas mientras avanzaban hacia el campamento, usando las hierbas altas y la línea de árboles como cobertura. Iban equipados exactamente igual que los matones que habían atacado el complejo, con sus rifles de asalto KLT y las PC-9 Zoafs.

Estos imbéciles eran hienas de la misma manada.

Oculto detrás de un grupo de pinos, enganché la carabina al chaleco y esperé al idiota que iba en cabeza con el cuchillo listo. Cuando pasó junto a mí, alargué la mano, le rajé el cuello y lo dejé atrás mientras jadeaba y se retorcía.

Lo siento, Missy. No podía dejar vivo a este si quería que ella siguiera con vida. Necesitaba una muerte ruidosa.

Su amigo vino a buscarlo. Estos tipos no escarmentaban con los problemas ajenos. Repetí la jugada y lo mandé a perseguir a su colega al infierno. Necesitaba darle a Missy tiempo suficiente para escapar y acabar con la amenaza a su vida.

También necesitaba recopilar toda la información posible para nuestro equipo: principalmente quién, cómo y por qué.

Me limpié el cuchillo ensangrentado en los pantalones y me moví para interceptar al siguiente grupo.

Los mierdas número tres y cuatro flanqueaban a otro cabrón, aparentemente el líder, que comandaba desde la retaguardia dejando que sus exploradores se llevaran la peor parte de cualquier ataque.

Cobarde.

Ni el legendario Dashiell Dagger —mi actual CO— ni Phoenix Astor —mi antiguo CO— habrían puesto jamás en riesgo las vidas de sus hombres por su propia seguridad.

Nix murió por esta misma razón. Para protegerme.

Lo menos que podía hacer era proteger a su hermana pequeña, costara lo que costara.

No pude salvar a Nix, pero salvaría a Missy.

Con un destello de relámpago y un trueno, los cielos se abrieron y la lluvia comenzó a caer. No conseguía tener visual del mierda ni de sus compañeros. Las gotas de alta densidad interferían con la señal infrarroja, limitando el alcance térmico de los prismáticos. Los guardé.

Hora de ir al cuerpo a cuerpo.

Me acerqué al enemigo agachado y despacio. Los tres tangos restantes se apiñaron alrededor de su radio, intentando contactar con sus exploradores.

Malas noticias, colegas. El número que han marcado ya no existe. Sus exploradores están bien muertos.

Al acercarme más, vi a los tangos revisando la pantalla de una tableta. No podía ver los detalles, pero distinguí un globo en movimiento.

¿Un dispositivo de rastreo?

El corazón me dio un vuelco. ¿Qué estaban rastreando y cómo?

Era imperativo hacerme con ese aparato. También iba a tener que mantener una conversación muy seria con el líder de este lamentable grupo.

Mi decisión tenía todo que ver con los esfuerzos de nuestro equipo para averiguar más sobre el NWO y nada que ver con la petición de Missy de perdonar tantas vidas como fuera posible.

Pobre Goofman. Un bufido resonó dentro de mi cabeza. La brujita te tiene cogido por los huevos, tus huevos morados de la calentura, debería añadir.

No era mentira.

Recuerda, los buenos siempre palman mucho antes que los malos.

La muerte de Phoenix Astor me lo había enseñado.

Los tangos se pusieron en marcha, avanzando en grupo compacto.

Era como si pudieran sentir al depredador que los acechaba en la tormenta.

La oscuridad de la madrugada, combinada con el diluvio, frustró mis intentos de eliminación rápida.

Desde donde estaba, no tenía tiros limpios.

Los rodeé. Los cabrones se separaron y se dispersaron entre los árboles.

Divisé a dos que avanzaban en direcciones distintas, pero no vi al tercer mercenario. Escudriñé las sombras lluviosas. ¿Dónde coño se había metido el tercer mierda?

Ahí estás.

El líder había llegado a nuestro campamento.

Me colgué la carabina al hombro, saqué la Glock y enrosqué el supresor de sonido.

Me acerqué sigilosamente mientras estudiaba a mi siguiente objetivo.

Estaba agachado junto al refugio, inspeccionando mi mochila; ya había descubierto mi artimaña.

Sostenía el arma en la mano. Estaba solo.

Olía a trampa. Inspeccioné el paisaje tormentoso para asegurarme de que estaba realmente solo.

Lástima que la función térmica de los prismáticos estuviera fuera de servicio.

Me habría venido de perlas. Los otros dos mercenarios no estaban a la vista.

Tampoco el dispositivo de rastreo que había visto antes.

Una descarga de adrenalina me quemó las venas.

¿Habían ido los otros mercenarios a por Missy?

No hay tiempo que perder. Muévete, Marine.

Me acerqué al líder por detrás.

—Hola, imbécil —le presioné la pistola contra la nuca—. Date la vuelta, despacio, si quieres seguir respirando.