Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo Ocho #2
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Capítulo Ocho #2

—Espera.

Sacudió la cabeza y frunció el ceño al mismo tiempo.

—¿Qué quieres decir con que está mejorando?

Más valía contarle las cosas difíciles. Iba a enterarse de todos modos.

—Tu hermana fue envenenada en un complot urdido por el mismo hijo de puta que envió a esos cabrones a matarte.

—Dios mío.

Con los ojos abiertos de par en par por la conmoción, se llevó las manos a la boca.

—¿Thena fue envenenada?

—Afirmativo, pero ahora está bien.

Me apresuré a tranquilizarla.

—Está bien.

—Tengo que ir con ella.

Se retorció las manos en el regazo.

—¿Quién va a cuidar de ella si no soy yo?

—Dos palabras.

Hice girar un par de dedos en el aire.

—Dashiell Dagger.

—Pero...

Vaciló.

—Canceló el compromiso.

—La vida es como un cubo de basura.

Le dediqué una sonrisa.

—Cuando la basura empieza a apestar, es hora de cambiar. Ahora lleva un pedrusco enorme en el dedo. Han vuelto a comprometerse.

—¡Qué buena noticia!

Una pequeña sonrisa le iluminó los ojos.

—Esos dos siempre han estado locos el uno por el otro.

—Créeme.

Moví las cejas de forma sugerente.

—Todavía lo están. Habitaciones, armarios, piscina, el gimnasio. Hay que andar con cuidado cuando desaparecen. ¿Sabes a qué me refiero?

Arrugó su linda naricita respingona.

—Puaj.

Solté una carcajada y arqueé las cejas.

—¿Demasiada información?

—Es mi hermana mayor y Dash es como mi hermano, así que ahora voy a tener que borrar las imágenes que me acabas de meter en la cabeza. Nunca voy a sentirme cómoda abriendo la puerta de un armario sin llamar antes.

Le dediqué una sonrisa de disculpa.

—¿Perdón?

—Es broma.

Esta vez, una sonrisa amplia le curvó los labios, y habría jurado que me hizo ojitos.

—No soy una niña pequeña, ¿sabes?

Espera. ¿Estaba coqueteando conmigo? Porque si lo estaba...

No. Tragué saliva y me mantuve firme en mis resoluciones. Ella es tu zona prohibida. No iba a seguirle el juego.

—Un amor como el de ellos es difícil de encontrar.

Dejó escapar un suspiro sentido y luego me pilló desprevenido con su siguiente pregunta.

—¿Y tú? ¿Tienes novia? ¿Esposa?

—¿Yo? ¿Amor?

Solté una risa cínica.

—No, qué va, nunca. No creo en esa mierda. O sea, puede que funcione para Dagger y Goddess, pero no para mí. Yo no me cierro puertas.

—¿Ah, sí?

Estudió mi rostro.

—¿Qué significa eso?

—Me gustan las mujeres que buscan lo mismo que yo. Las quiero sexys, ardientes y cachondas.

—¿Te gustan las fulanas?

—Lo dices como si fuera algo malo. Me encantan las fulanas. Les tengo un gran respeto. Saben lo que quieren. Son mi tipo. La liberación sexual es lo mío. Estoy totalmente a favor de los clásicos revolcones calientes y sudorosos con fecha de caducidad.

—Ya veo.

El color se intensificó en sus mejillas.

—Perdona.

Hice una mueca.

—A veces se me va la boca. ¿Demasiado basto?

—Mis oídos no se van a romper si hablas de sexo, ¿sabes?

Su voz me acarició la piel y me provocó un escalofrío erótico que bajó directo hacia el sur.

Dirección equivocada, Goofman.

—Con la hermana Elsa exigiéndome que limpie mi vocabulario y como tú llevas todo este tiempo con la orden, estoy intentando cuidar mi lenguaje...

La observé removerse en su asiento.

—Espera.

Me tocó a mí entrecerrar los ojos.

—Me dijiste que no eras novicia. ¿Verdad?

—Lo he pensado.

Se encogió de hombros con delicadeza.

—Algunos días siento que podría ser una buena monja. Las hermanas parecen pensar que sí. Otros días...

—¿Otros días?

Hice girar una mano en el aire, instándola a terminar, sin saber por qué su respuesta me importaba tanto.

—No lo sé —dijo finalmente.

—Aclaremos esto.

Su respuesta fue completamente insatisfactoria.

—Te integraste con las monjas para esconderte de tu padre.

—¿Integrarme?

Se le escapó una risita que rompió su expresión habitualmente reservada y me envolvió como una brisa fresca.

—Qué concepto. Supongo que encaja. Vine a la orden, les conté mi historia y aceptaron esconderme. También me dieron la oportunidad de ver si tenía vocación. Aunque no estoy segura de estar hecha para ser monja.

Mi cerebro tradujo de inmediato su confesión en un mensaje abiertamente sexual que me recorrió de pies a cabeza.

Fuegos artificiales estallaron en mi cabeza.

La celebración venía a decir algo como vale, está disponible.

Parecía que mi cerebro llevaba tiempo dándole vueltas a esto.

Era oficial. Yo era más tonto que mi propio cerebro. Ella no estaba disponible.

Dejé de respirar cuando noté cómo me miraba desde debajo de sus pestañas. ¿Había un destello de deseo en sus ojos? ¿Por qué el aire a nuestro alrededor parecía cargado de electricidad, como si un rayo estuviera a punto de caer?

Goof, ¿estás intentando engañarte?

La parte estúpida de mí había tomado el control y estaba en violento conflicto con la parte ligeramente menos estúpida. Se me revolvieron las tripas de alarma. Una sola gota de sudor me resbaló entre los omóplatos.

No. No va a pasar. No me atrae. Cero química. Absolutamente ninguna.

Mentiroso, eso no te lo crees ni tú.

Yo no estaba interesado en Missy Astor. No podía hacerme eso. Ni a ella. Estaba fuera de mi liga. Era una Astor, joder. Y luego estaba todo lo demás. Thena y Dagger me servirían las pelotas en bandeja si permitía que pasara algo. Missy era joven, buena e inocente. Yo era viejo, malo y hastiado.

Sí, era intocable para mí, aunque, ahora mismo, me estaba estudiando con ojos brillantes, contemplándome como si yo fuera una galleta y ella quisiera comérsela. Sus pezones erectos seguían marcándose bajo la camiseta. Era como si estuvieran llamando a mi boca para lamerlos.

Solo tiene curiosidad, nada más. Apreté la mandíbula y luché contra el endurecimiento que volvía a crecer. Quieto ahí abajo. Portarse mal está mal. De todos modos, no es tu tipo.

Mi polla discrepaba rotundamente.

Ya lo sabes, imbécil. No mezcles el trabajo con la polla. Además, está muy por encima de tu nivel. Pero muy, muy por encima.

¿De qué tienes miedo, Goofman?

No le tengo miedo a nada.

Sí tienes miedo.

Tal vez era cierto. Tenía miedo de hacerle daño.

Eso era lo que les pasaba a las personas que se acercaban a mí.

¿Mamá? Desaparecida. ¿Nix? Muerto. No quería perder mi oportunidad de pagar mi deuda.

Por un instante, nuestras miradas se cruzaron antes de que ambos apartáramos los ojos.

Se me oprimió el pecho, junto con esa otra parte de mí que se negaba a dejarme pensar con claridad.

Como hacerme una paja estaba fuera de cuestión, me crují el cuello hacia un lado y luego hacia el otro.

Vale, bien. Seamos realistas. Ella me tentaba.

Al fin y al cabo, era hermosa, y yo era humano.

Su orgasmo de esta noche sería mi sueño húmedo para el resto de mi vida.

Y luego estaba el otro problema. Era irresoluble.

En cuanto descubriera que su hermano había muerto por mi incompetencia, me odiaría para siempre.

Bien. Que me odie. Nada como el odio para mantener la polla dentro de los pantalones.

—¿Javi?

Su voz me sobresaltó, igual que la intensidad de sus ojos color chocolate.

—¿Qué te pasa por la cabeza?