Capítulo Ocho
Missy
—No grites —susurró una voz familiar en mi oído—. Es solo un burro. ¿De acuerdo?
Asentí. En cuanto me soltó, me di la vuelta.
Javier estaba frente a mí con una sonrisa burlona dibujada en el rostro. —Lo comprobé. Falsa alarma. El burro debe de haberse escapado de algún campesino de por aquí. Puedes relajarte.
—Oh —fue todo lo que pude decir.
Mi corazón se negaba a calmarse. Ya no latía por miedo.
Ahora se aceleraba por él. Mi mirada se clavó en su boca, y cuando sus ojos descendieron hacia mis labios, tuve que reprimir el impulso de besarlo.
Estaba tan cerca de mí que mi piel se erizaba como si suplicara su contacto, mis pezones se endurecieron, ansiando sus caricias, y, a pesar de mi valiente esfuerzo, el ardor entre mis piernas resurgió.
Apreté los muslos y traté de ocultar lo alterada que estaba. —Me asustaste.
—Lo siento —señaló por encima de los arbustos con una sonrisa irónica—. Ahí viene el burro, y por una vez, no soy yo.
Solté una risita ahogada. Realmente era gracioso. El animal apareció a la vista, masticando la hierba y arrastrando un trozo de cuerda que colgaba de su tosco arnés. Dejé que la tensión abandonara mis hombros. Y pensar que casi me había hecho pis encima. Era una miedosa.
Al mirar a Javier vi que se había quedado solo con los pantalones de camuflaje y la camiseta. De pie tan cerca de mí, olía fresco, como mis toallitas de talco para bebés. Juraría que el tono de sus ojos se aclaraba y el de su barba se oscurecía a cada momento.
Llevaba su arma, pero debía de haber dejado el resto del equipo en el campamento.
Seguía viéndose grande y formidable, pero parecía...
no sé... ¿un poco menos intimidante? ¿Un poco más humano?
Como un tipo que podrías conocer en un bar si una frecuentara esos lugares, uno tremendamente atractivo que acapararía la atención de todas las mujeres guapas y populares adonde fuera.
Otro pensamiento hizo que mi rostro ardiera. —¿Cuánto tiempo llevas observándome?
—No mucho —mantuvo la mirada en nuestro visitante—. Estaba rastreando al burro cuando te encontré.
Uf. No me había visto haciendo lo mío. Me había librado de una buena.
—¿Ángel? —giró el rostro y sus ojos astutos estudiaron mi cara—. ¿Está todo bien? Pareces un poco... ¿alterada?
—Estoy bien, perfectamente bien —sonaba poco sincera incluso para mí misma.
No podía quitarme la sensación de que había visto más de lo que había admitido, pero no iba a presionarlo al respecto. Era demasiado cobarde como para querer saberlo, y no quería que tuviera ni la más mínima idea de lo que su presencia me provocaba.
—Deberías descansar un poco —dijo con voz grave.
—Sí —asentí—. Justo iba a ir a ver cómo están las hermanas.
—Están roncando —informó—. Ve a reunirte con ellas.
Recogí mi pequeña mochila y me dirigí hacia el sendero, pero él no me siguió. En cambio, caminó hacia donde estaba escondida la lancha entre la hierba y se sentó con la espalda contra la borda, la carabina en el regazo y las largas piernas extendidas.
—¿No vienes? —pregunté.
Su mirada recorrió el lago. —Voy a quedarme aquí y vigilar.
—Te haré compañía —desanduve el camino y me planté frente a él—. Quizás podamos tener la charla que me prometiste.
Me echó un vistazo rápido. —¿No puede esperar hasta que salgamos de aquí?
—Es que tengo tantas preguntas.
—No vas a dormir a menos que hablemos —adivinó—. ¿Tengo razón?
Me encogí de hombros. —¿Lo siento?
—Está bien entonces —dio una palmadita en el suelo junto a él—. Hagámoslo.
***
Javier
Hablar. Quería hablar. Justo después de haber visto lo que había visto, cuando necesitaba poner distancia entre nosotros y conseguir enfriar los motores de mi traicionera polla.
Con movimientos eficientes, dejó la mochila en el suelo y se acomodó junto a mí con las piernas cruzadas.
Su proximidad me devolvió destellos de las maravillas que había presenciado esa noche.
Quería besarla de nuevo. Tocarla. Familiarizarme con su cuerpo.
Lamer sus pezones y deslizar mi polla dentro y fuera de su húmedo coño el resto de la noche.
Olvídalo, Marine. Estoy seguro de que ella no quiere hacer guarradas contigo.
Abrí la cremallera del bolsillo, saqué un pequeño paquete de galletas, lo abrí y se lo acerqué. —¿Quieres?
—Cómetelas tú —dijo—. Necesitas las calorías más que yo.
—Tú también necesitas comer —saqué una galleta de mantequilla y, alzándola en el aire, arqueé las cejas—. Me fijé en que le diste casi toda tu comida a las monjas. Las galletas están buenas. Te lo prometo. Soy un experto en galletas.
Tomó la galleta de mi mano. —Pero solo porque insistes.
—Insisto —me metí la galleta entera en la boca, mastiqué y tragué—. Tengo un compartimento especial en mi mochila para mis galletas. Nunca salgo de casa sin ellas.
Una sonrisa asomó en sus labios. —¿Así que eres como el Monstruo de las Galletas de Barrio Sésamo?
—Puede que incluso sea el Monstruo de las Galletas original —me reí—. Me encantaba ese programa de niño. Tú serías Abby Cadabby, el hada en prácticas.
—Hmm. —Me miró mientras masticaba y tragaba—. ¿Debería ofenderme porque me compares con un hada aprendiz de cuatro años?
—Nah. —Agité el paquete de galletas en el aire—. Pero sí pareces joven.
—Tengo veintiséis años. —Sus ojos brillaron—. Casi veintisiete.
—Sigues siendo joven para mí. —Devoré otra galleta—. En mi opinión, no eres adulto de verdad hasta que cumples los treinta.
—¿Cuántos años tienes?
—Treinta y cuatro.
—Eres un dinosaurio —bromeó—. La pregunta es: ¿eres adulto?
—Intento evitar ser adulto siempre que puedo —le devolví la broma.
—Entonces eres todo un Peter Pan.
No sé por qué quería negar algo que era cierto.
Mordisqueando mi galleta, cambié de tema.
—Ya no estamos lejos de la frontera. En un par de días, vas a estar atiborrándote con las galletas caseras de tu hermana. Eso sí que es un lujo.
Parpadeó varias veces.
—¿Thena te hizo galletas?
—Nos hace galletas a mí y a los chicos con frecuencia, cuando tiene tiempo.
—Thena solía hacerme galletas cuando era pequeña. —Me miró antes de bajar la vista hacia su regazo—. Solo las hace para las personas especiales en su vida.
—Pues claro que soy especial. —Me pavoneé—. Estoy convencido de que soy su favorito.
Me miró y esbozó una pequeña sonrisa.
—También eres muy modesto.
—¿Quién necesita modestia cuando eres... bueno... yo?
Se tapó la boca para ahogar una risa cantarina, y sentí como si hubiera ganado un premio que me había costado mucho conseguir.
—Me imagino que nadie te ha hablado nunca de virtudes como la modestia y la humildad.
—Muchos lo han intentado. —Le guiñé un ojo—. Ninguno ha tenido éxito.
Se le sonrojaron las mejillas, y solo por un guiño, nada menos. Lo juro, salvo ella, nunca había conocido a una mujer que se sonrojara de verdad como lo hacía ella. ¿Estaba azarada?
Mi mirada bajó hacia su pecho. Joder. Sus pezones se marcaban a través de la camiseta blanca, duros como casquillos de bala. La imagen reactivó cierta parte hiperactiva de mi anatomía que no tenía ningún derecho a estar operativa. Necesitaba cortar ese hilo de pensamiento.
Se atrevió a mirarme otra vez.
—¿Cómo me encontraste?
—Nuestra jefa de informática subió fotos tuyas y ejecutó su programa de reconocimiento facial durante semanas —expliqué—. Es un programa muy potente, de su propia creación. Hizo una búsqueda global. Tras billones y billones de intentos, dio con una coincidencia.
—Qué raro. —Frunció el ceño—. No he permitido que me tomen ninguna foto desde que me fui de casa.
—Cierto, pero tu cara apareció de perfil, borrosa, en el fondo granulado de una foto publicada en redes sociales por una organización que financia orfanatos en todo el mundo.
Costó trabajo averiguar dónde se había tomado la foto.
Vine aquí para verificar la información y, en vez de eso, te encontré a ti.
—Vaya. —Sacudió la cabeza—. Parece mucho trabajo.
—Créeme, tu hermana, Dagger y el Equipo Rastreador han estado en ello día y noche, sin descanso.
—¿Qué es el Equipo Rastreador? —preguntó.
—Es el equipo de Dagger. —Le hice un resumen rápido sobre BB y el Equipo Rastreador—. Somos una organización privada. El Equipo Rastreador está compuesto principalmente por Marine Raiders.
—Como Dash y Nix —señaló en voz baja.
—Sí, salvo que Dagger y el resto ya hemos pasado al sector civil. —Omití contarle que había servido con Nix. En su lugar, le expliqué brevemente cómo nos habíamos reunido bajo el mando de Dagger, y que nuestra primera misión tuvo que ver con su hermana Thena.
—¿Está bien? —preguntó—. ¿Por qué me mandó llamar? ¿Y qué hay de Cece y Affie? ¿Están con Thena?
—Para el carro, Ángel. —Levanté las manos indicándole que frenara—. Son muchas preguntas para un marine cabezahueca. Preferiría que se lo preguntaras directamente a Goddess.
Una pequeña línea se profundizó entre sus cejas. —¿Goddess?
—Es el indicativo de Thena.
Ladeó la cabeza como un gatito, con toda la ternura del mundo.
—¿Thena tiene un indicativo?
—Por supuesto que sí. —Terminé mi última galleta y me sacudí las migas de las manos—. Debería decir que es miembro honorario del Equipo Rastreador, pero en realidad es miembro de pleno derecho. Tu hermana es una mujer increíble.
—Y que lo digas. —Los ojos de Missy adquirieron un brillo lejano—. Prácticamente me crió ella. No sé qué habría sido de mí sin ella. La he echado muchísimo de menos.
—Me lo imagino. —Arrugué el envoltorio de la galleta en la mano y me lo guardé en el bolsillo—. Ella también te echa mucho de menos. Lo dice constantemente.
—Pensé que tal vez…
Cuando se quedó en silencio, la presioné un poco.
—¿Tal vez qué?
—Que tal vez estaba enfadada conmigo por haberme ido.
—No me da esa impresión, pero eso es algo que deberías preguntarle a ella.
—Se lo preguntaré, pero como no está aquí, ¿puedes contestar a mis preguntas, por favor?
—De acuerdo. Lo intentaré.
Respiré hondo.
—Primera pregunta: sí, Thena está bien y mejorando. Segunda pregunta: me envió a buscarte porque está muy preocupada por ti, por tu seguridad. Tercera pregunta: eso es un no.