Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12) Capítulo Uno
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Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12)

Javier (Romance militar de héroes alfa nº 12)

Por Anna del Mar

© inepub.com

Capítulo Uno

Javier

Como misión, mi infiltración no había sido coser y cantar, pero me las arreglé bien hasta que llegué a la cima de la colina.

Rodeado por la selva tropical, sudando como un pollo en el asador, hinqué la rodilla y examiné las huellas en el barro que se secaba.

Pequeñas. Ligeras. Un grupo de mujeres y niños que habían subido la colina en dirección sur.

Malditas las lluvias que me habían retrasado.

¿Estaría mi fuente de inteligencia en movimiento?

Había llegado muy lejos y me había saltado un montón de reglas, por no mencionar incontables leyes internacionales, solo para estar aquí. Después de pasar la noche en marcha, la idea de haber perdido mi ventana de oportunidad me revolvía las tripas.

Joder, no.

Estaba empeñado hasta las cejas en sacar inteligencia operativa de esta pequeña excursión a territorio Tango. Era ir a por todas, sin opción de volver con las manos vacías. La seguridad de mi equipo y las vidas de tres activos clave dependían de esta misión.

Dejé el machete y la mochila, y localicé un punto de vigilancia óptimo detrás de unos matorrales. Carabina en mano, me arrastré a ras de suelo entre las ramas bajas. Cuando llegué al borde de la colina, me tumbé boca abajo y me sequé el sudor de la cara.

La selva nicaragüense me abrazó con todo su poder sofocante, enroscando sus zarcillos ardientes en torno a mi cuerpo para exprimirme la vida. Aunque todavía era por la mañana a finales de mayo, hacía un calor de mil demonios.

La temporada de lluvias acababa de empezar, y el aire que tragaba a bocanadas estaba cargado de humedad.

Mi camiseta técnica no daba abasto con semejante avalancha de sudor.

El casco y el chaleco táctico que llevaba sobre el uniforme de combate no ayudaban precisamente con la ventilación.

Mi camuflaje, diseñado para imitar los uniformes de campaña del ejército local, incorporaba un sistema de refrigeración avanzado, y aun así, me sentía como un pavo bien rociado atrapado en un horno.

Agarré la manguera de hidratación conectada al depósito de la mochila y di un largo trago.

No tenía sentido dejar que el trópico acabara con mi misión antes de empezar.

El repelente apenas mantenía a raya a los mosquitos que me rodeaban.

Zumbaban alrededor de mi cabeza, pregonando su hambre.

Mejor ponerme a trabajar antes de que las criaturas más feroces de la selva me comieran vivo.

Abrí con un clic la funda protectora del BB-Tak montado en la parte superior del chaleco táctico.

El Tak era una aplicación de tecnología privada patentada que convertía mi móvil en un miniordenador de misión.

Proporcionaba herramientas geoespaciales integradas, seguras e interactivas para navegación y control de radio, además de capacidades multifunción.

El Tak acababa de salir del laboratorio de vanguardia de mi unidad. El que llevaba era un prototipo avanzado, en pruebas de campo en el mundo real de las operaciones especiales. Eché un vistazo a la pantalla y vi mi posición en el mapa 3D.

Perfecto.

Estaba exactamente donde tenía que estar.

Saqué los prismáticos y enfoqué el modesto complejo de abajo.

Se alzaba en un pequeño claro abierto en medio de la selva.

Al pie de la colina, unos cuantos edificios humildes rodeaban un patio embarrado dentro de una valla oxidada de tela metálica.

Sin pintura, solo bloques apilados sobre losas de hormigón en bruto y techos en su mayoría de metal.

El edificio más grande parecía ser la zona de viviendas. A través de las rendijas de las ventanas desvencijadas, divisé una cocina, un puesto médico y una fila de catres vacíos. Varias puertas cerradas me impedían ver el lado norte de la estructura, pero hasta ahora, todo bien.

La segunda estructura no tenía paredes. Lucía un techo de paja que cobijaba sillas pequeñas, escritorios rústicos y algunas pizarras anticuadas.

Una escuela humilde, entonces. El tercer edificio era más pequeño que los otros dos.

Las ventanas de lamas de aluminio estaban todas cerradas, igual que la puerta, pero una cruz de madera coronaba el techo sobre la entrada.

¿Una iglesia?

El pagano que llevaba dentro protestó ante la presencia de la pequeña iglesia en medio de la nada.

Hasta ahora, las únicas criaturas que había visto alrededor del complejo eran los feroces mosquitos y los molestos capuchinos de cabeza blanca, que parloteaban emocionados en el dosel sobre mí.

No creía que los monos fueran a la iglesia, pero diablos, alguien por aquí obviamente sí iba.

El alboroto continuo de los monos me molestaba.

Me impedía evaluar posibles ruidos de abajo.

Uno de los capuchinos me lanzó una nuez.

Rebotó inofensivamente en el casco. Después de doce horas abriéndome paso a machetazos por la selva infestada de bichos y atravesando todo tipo de terreno, un mono territorial era el menor de mis problemas.

—Pequeño cabrón —murmuré antes de ponerme el auricular, activar el micrófono y encender las comunicaciones—. Control, aquí Green. ¿Me copias? Cambio.

—Green, aquí Control —la voz melodiosa de Mina Moses, la experta en ciberseguridad y especialista en comunicaciones de mi equipo, crepitó a través de la radio—. Te copiamos. Cambio.

—Control, estoy en posición —informé—. Cambio.

—Bravo Zulu —dijo Mina—, bien hecho. Espera a Top Dog. Cambio.

Esperé a que Mina me conectara con el jefe.

Para asistir y monitorear mi misión, se había colgado de uno de los satélites espía de la CIA.

En sus propias palabras, había «tomado prestado» el cacharro para que pudiéramos «mantenernos en contacto».

Sí, eso es lo que pasa cuando la jefa de ciberguerra de tu equipo también es una de las mejores hackers del mundo.

—Green, aquí Top Dog —la voz grave y nítida de mi jefe se adueñó de las ondas—. ¿Qué ves? Cambio.

—No mucho —volví a escanear el lugar debajo de mí—. Un pequeño complejo. Abandonado hace poco. Huellas. De uno o dos días. Tengo que bajar, echar un vistazo. Cambio.

—Ten en cuenta que el satélite está a punto de salir de cobertura —me recordó el jefe—. Cambio.

Reprimí una respuesta borde y opté por lo estándar: —Recibido, Top Dog.

Me sacaba de quicio que mi jefe creyera que tenía que vigilarme a cada paso. Vaya con el micromanagement. Aunque, por otra parte, tenía sus razones. Controlé mi genio antes de darle la razón.

—Tengo controladas mis ventanas de comunicación —informé en mi tono más profesional—. No tienes a ningún novato sobre el terreno. No la voy a cagar esta vez. Cambio.

—Solo estoy repasando el checklist —respondió secamente—. Asegúrate de prepararte para tu próxima ventana de comunicaciones.

Puse los ojos en blanco mientras volvía a comprobar la hora de mi próxima comunicación por radio y confirmaba que la tenía marcada. Mi jefe, el legendario Marine Raider Dashiell Dagger —alias Omega— era un obseso de los detalles.

—¿Alguna novedad sobre nuestro objetivo? —exigió el jefe—. Cambio.

—Negativo. —Una mierda, pero era lo que había—. Cambio.

—¿Deberías retirarte entonces? —Su pregunta era casi una orden—. Cambio.

—No, negativo, todavía no. —Me esforcé por suavizar la voz y ocultar mi frustración—. Tengo un trabajo que hacer y lo haré. Solo déjame hacerlo. Cambio.

—Espera —ordenó Dagger—. Cambio.

—Recibido —respondí antes de que Dagger cortara.

El silencio en las ondas indicaba que Omega estaba reevaluando la situación, revisando los detalles de la misión y asimilando mi falta de avances.

Maldita sea.

Cogí los prismáticos y retomé la vigilancia. No era de los que se rinden. Aunque estaba al límite de mi tiempo de infiltración, había llegado al destino sin contratiempos. Quería intentarlo. Necesitaba esta oportunidad de triunfar.

Hacía un par de meses, Dagger se había convertido en el líder del equipo operativo más nuevo de Battle Brothers.

Battle Brothers —BB para abreviar— era una startup de gran éxito fundada por los hermanos Battleson con sede en Denver.

Para el mundo exterior, BB diseñaba y vendía equipamiento inteligente para actividades al aire libre, pero había mucho más oculto tras su fachada de tienda cooperativa.

Muchísimo más.

BB era una de las mejores empresas de seguridad global del mundo, integrada por operadores especiales que asumían misiones privadas que nadie más quería tocar ni con un palo.

Por razones que escapaban a mi comprensión, Dashiell Dagger me había reclutado para su nuevo escuadrón: el Equipo Rastreador.

Había aceptado porque, seamos sinceros, en aquel momento estaba en la cárcel y no podía pagar la fianza.

Dagger la había pagado y me había devuelto a la lucha.

Había financiado mi defensa para que retiraran los cargos menores de embriaguez pública, agresión y alteración del orden.

Por qué había hecho todo eso, no lo tenía claro.

¿Caridad tal vez?

Apreté los dientes y entrecerré los ojos mirando por las lentes.

Mi orgullo rechazaba la caridad y el altruismo se me atragantaba.

Vale, últimamente era un impulsivo de mierda, pero había sido bueno en mi trabajo antes de cagarla.

Había estado entre los mejores. Mi última misión en activo podría haber destrozado mi vida tal como la conocía, pero no había borrado mis habilidades.

Al menos, esperaba que no.

Estaba a punto de descubrirlo, si me daban una maldita oportunidad. Parpadeé para quitarme el sudor de los ojos y seguí rastreando el complejo mientras esperaba el veredicto de Omega.

Mi nuevo trabajo era una bendición. Pagaba de maravilla, me mantenía ocupado y me anclaba en el presente, mucho mejor que revolcarme en mi pasado de mierda.

Mi nuevo trabajo también era una maldición.

Omega llevaba el equipo con mano de hierro, y Micah Bozeman, su segundo, siempre estaba encima de mí.

Aun así, me emocionaba estar de vuelta en el campo.

Total, no sabía hacer otra cosa que pelear como un demonio.