Capítulo 80
M ientras bajo de la cima de mi orgasmo, me aferro a la respiración profunda y entrecortada de Theo, acompasando la mía con la suya mientras él lucha por su vida debajo de mí.
—¿Estás bien ahí abajo? —pregunto, moviéndome en su regazo, intentando mirarlo por encima del hombro.
—No te muevas, joder —jadea él, con las manos apretando mis caderas. No tengo tiempo de pensar en formas de torturarlo, ya que Henry ocupa el lugar de Dylan, arrastrando la punta de su polla por el desastre que hay entre mis piernas.
—¿Seremos alguna vez suficientes o, a partir de ahora, solo serás feliz con pollas de monstruo? —se burla Henry, con los ojos chispeantes.
—¡Cállate! —Le doy un manotazo en el hombro, pero no tengo tiempo de decir nada más antes de que se introduzca en mi interior con un gemido.
—Solo necesito sentirte un segundo, amor —raspea, sujetando mi cara con las manos, manteniéndome quieta mientras devora mi cuerpo, mi boca, mi alma. Se aparta, jadeando, rodeando con fuerza mi espalda con sus brazos y, entonces, se levanta, apartándome de Theo.
—Lo siento, tío, mi turno. —Henry me lleva hasta la alfombra frente a la chimenea, con su polla todavía enterrada profundamente en mi interior, y se deja caer con cuidado sobre sus rodillas, asegurándose de que mis piernas no queden aplastadas antes de tumbarme.
Estirándose sobre mí, me folla con embestidas largas y medidas, sosteniéndome la mirada, aumentando la intensidad con cada empuje y retroceso de sus caderas—.
Tenía que verte así —susurra, apartando un mechón de pelo de mi frente.
—¿Así cómo? —pregunto, arqueándome para recibir sus embestidas, presionando mis pezones contra su pecho, gimiendo mientras rozan su piel.
—Absolutamente devorada sobre una alfombra frente a la chimenea.
—¿Es todo lo que esperabas? —bromeo, estirando la mano para acariciarle la mejilla.
—Dios, sí. Desearía que pudieras verte ahora mismo. Tu pelo parece de fuego y tus ojos están más verdes de lo que creía posible. Tus pecas se funden con el tono rosado de tu piel. Nunca he visto nada más hermoso.
Las lágrimas asoman a mis ojos. ¿Cómo puede él —con su mandíbula angulosa, sus labios carnosos, sus ojos del color de mares tormentosos y su pelo oscuro como la tinta cayendo en rizos sobre su frente— estar diciendo eso de mí ?
Me esfuerzo por alcanzar sus labios. Él me sigue hacia abajo mientras me relajo, inclinando la barbilla para profundizar el beso, deteniendo sus caderas para centrarse en mi boca, con su polla enterrada en la entrada de mi útero.
Gimo cuando succiona mi labio inferior en su boca, retorciéndome debajo de él.
Siento más manos sobre mí y, de pronto, nos separan a Henry y a mí.
Es como una experiencia extracorpórea mientras me levantan; unas manos callosas rozan mi piel caliente.
Mis ojos se abren ligeramente mientras me bajan hacia el suelo; los ojos marrones y encapotados de Dylan observan cada uno de mis movimientos.
Unas manos fuertes me tiran sobre un cuerpo cálido, de espaldas a su pecho.
Unos dedos agarran mis muslos, abriéndolos al máximo, extendiendo lubricante por mi culo.
El gemido de Theo hace que se me ponga la piel de gallina mientras se posiciona y se desliza lentamente dentro de mi ano.
Suelto un gemido de dolor, deslizando mi mano entre mis piernas.
Los dedos de Henry son como una mordaza alrededor de mi muñeca, apartándome la mano.
—Ese es mi trabajo —dice con brusquedad, a horcajadas sobre las piernas de Theo, golpeando mi clítoris con su polla antes de deslizar la punta por mi hendidura y empalarme con una maldición murmurada, poniendo los ojos en blanco.
—Dylan. —Le hago una señal para que se acerque, sin saber qué quiero, solo que necesito que esté cerca de mí.
—¿Dónde me quieres, Pecas? —pregunta él, deslizándose adelante y atrás por su propio miembro con movimientos medidos, con una gota de líquido preseminal brillando en la punta.
—Necesitamos una noche de bodas en condiciones, lo que significa que los tres tenéis que estar dentro de mí.
—¿Cuenta una polla en tu culo? —murmura Theo en mi oído.
—Suficiente —respondo, jadeando cuando él se flexiona dentro de mí. Funcionan como una máquina bien engrasada, moviéndose de la forma justa para dejar que Dylan tenga espacio suficiente para agacharse sobre mí.
—Espera. Esto no se siente bien. —Sé que es egoísta detenerlos cuando están tan cerca, pero quiero que esto sea perfecto, y simplemente no lo es. No cuando me doy cuenta de que Dylan no estará cómodo en esa posición durante mucho tiempo y ni siquiera puedo ver a Theo.
—¿Qué necesitas, nena? —pregunta Dylan, echándose a un lado.
—¿Podemos ponernos de pie? Quiero poder veros a todos. —Henry se separa de mí, se levanta y me ayuda a incorporarme—. Dime exactamente qué estás pensando para que podamos hacerlo posible.
—Theo, apoya la espalda contra la pared —instruyo, esperando a que ocupe su lugar antes de dirigirme a Henry—. Henry, levántame. Rodearé tu cintura con las piernas. Ahora llévame hacia Theo.
Hace exactamente lo que le digo, con sus pollas palpitando debajo de mí, desesperadas por volver a estar dentro.
—Dylan, te quiero a mi lado. —Lo atraigo para un beso mientras él se pega a mi cuerpo, con su polla balanceándose justo debajo de mi nalga.
Estiro la mano debajo de mí, agarrando su miembro, presionando la punta de su polla contra mi coño.
Me trago su gemido cuando empuja dentro de mí; rompiendo el beso, me giro hacia Theo, presionando mis labios contra los suyos mientras agarro su polla y la encajo contra mi culo.
Él gruñe, metiendo la lengua en mi boca mientras la punta de su polla entra en mí.
Suelto un gemidito, apretándome con fuerza a su alrededor.
—Jesucristo bendito —gruñe él, sus caderas vacilan un segundo antes de que recupere el control y se deslice hasta el fondo.
—¿Listo? —pregunto, girándome hacia Henry, buscando su polla debajo de mí y envolviendo mis dedos alrededor de su grueso tronco.
—Siempre —murmura él, con las manos apretando mis muslos mientras se inclina hacia delante, capturando mi boca con la suya. Deslizo la punta de su polla por mi hendidura, mojándola antes de encajarla contra mi entrada y el miembro de Dylan.
—Joder, Isla —jadea Henry. Lo mantengo firme mientras él flexiona sus caderas, hundiéndose lentamente en mí—. Que nadie se mueva —jadea, respirando hondo, intentando dominarse.
Dylan gime, todo su cuerpo tiembla, el control se le escapa entre los dedos como arena. —No puedo, lo siento —raspea Dylan, saliéndose casi del todo antes de volver a chocar contra mí.
—Joder, Dylan —gruñe Henry, con la respiración entrecortada—. Maldita sea —gime. Presiona su peso contra mí, forzando a Theo con más fuerza contra la pared, anclando su hueso púbico contra mi clítoris y embistiéndome con fuerza.
Dios santo. Siento como si cada molécula de mi cuerpo se estuviera rompiendo, como si los átomos se dividieran para reorganizarse en algo nuevo.
Todo mi mundo se reduce a estos tres hombres en esta pequeña cabaña antes de explotar; el placer desgarra mi cuerpo y mis terminaciones nerviosas sufren un cortocircuito mientras intento contener la euforia.
El primer espasmo de mis músculos desencadena una reacción en cadena; extremidades sudorosas entrelazadas, dedos de los pies encogidos, manos apretadas, cuerpos tensos, el éxtasis fluyendo por nuestras venas como miel fundida.
Me desplomo hacia atrás contra Theo, con la cabeza apoyada en su hombro mientras lucho por no colapsar ante el incendio que ruge en mi cuerpo.
Siento cómo se tensan dentro de mí, poniéndose increíblemente más duros a medida que cualquier atisbo de control sale volando por la ventana.
Theo es el primero en desmoronarse, con las caderas sacudiéndose, follándome el culo con embestidas rápidas y duras.
Henry embiste contra mí, empujándome de vuelta contra la polla de Theo, ensartándolo hasta el fondo.
Theo gime, su polla sufre espasmos en lo más profundo de mi ser.
Dylan gruñe, dejando caer la cabeza sobre mi hombro mientras se rinde, con embestidas descoordinadas mientras derrama su semilla.
Henry me atrae para un beso, moviendo sus caderas contra mí; su polla está tan profunda que juraría que me está recolocando las entrañas.
Gruñe contra mis labios mientras me aprieto a su alrededor, mi orgasmo creciendo hasta alcanzar algo inabarcable.
—Córrete conmigo, Isla.
Implosiono. El placer lo atrae todo hacia un punto minúsculo antes de explotar hacia fuera, empapándome en un éxtasis cegador.
Bloqueo mis piernas alrededor de la cintura de Henry, apretando fuerte, aferrándome como si me fuera la vida en ello mientras el placer me desmiembra, delimitando mi vida en un antes y un después de este orgasmo.
—Joder —jadeo, con la frente apoyada en el hombro de Henry. No parezco capaz de meter aire suficiente en mis pulmones; todo mi cuerpo se estremece con el esfuerzo.
—Respira —susurra Dylan, apartándome con ternura el pelo de la cara.
—Eso ha sido... —Me detengo, dándome cuenta de que no tengo palabras para describirlo.
—¿El mejor puto orgasmo de tu vida? —sugiere Theo—. Estoy de acuerdo.
Suelto una risita, retorciéndome en sus brazos, presionando mis labios contra los suyos.
Todos hacen una mueca de doloroso placer cuando mis músculos se tensan a su alrededor.
Aprieto de nuevo, riendo mientras se apresuran a salir de mí.
Todos excepto Henry, que camina hacia atrás conmigo todavía empalada en su gruesa polla.
Aprieto mis músculos, disfrutando de las réplicas de mi orgasmo.
—¿Segura que quieres provocarme, Pelirroja? —pregunta él, masajeando mis nalgas con sus palmas ásperas.
—No, me rindo —susurro, rodeando su cuello con mis brazos y alzándome para besarlo como es debido. Él gruñe contra mis labios, con su polla flexionándose dentro de mí.
—¡Vale! ¡Vale! —Me aparto, zafándome de su agarre. Me baja lentamente; su polla arrastrándose sobre mi clítoris. Casi vuelvo a trepar por su cuerpo; la necesidad de follármelo hasta que no pueda más está escrita en mi ADN. Eso tendrá que esperar. Mañana tal vez.
Con cautela, guío el camino hacia el baño, dolorida de la mejor manera posible.
Entro directa a la ducha, abriendo todos los grifos, poniendo una lista de reproducción y dejando mi teléfono donde no se moje.
Dylan viene por detrás, rodeando mi vientre con sus brazos y atrayéndome hacia el agua todavía fría.
—¡Dylan! —grito, forcejeando en su agarre.
—Es bueno para ti —murmura él, echando la cabeza hacia atrás bajo el chorro.
Dejo de forcejear a medida que el agua se calienta, girándome en sus brazos, admirando las líneas de su cuello mientras el agua corre sobre él. Debe de notar el calor de mi mirada, porque sonríe antes de bajar la vista.
—¿Ha estado tu noche de bodas a la altura de tus expectativas, amor? —pregunta, pasando el pulgar por mi pómulo.
Me río mientras Henry y Theo se acercan para oír mi respuesta. —Ha sido perfecta. Mejor de lo que jamás hubiera imaginado. —Enrollo un mechón de mi pelo alrededor de mi dedo, mordiéndome el labio—. Aunque tenemos un pequeño problema.
—¿Cuál? —pregunta Theo, enarcando una ceja.
—Charlie no me puso los anticonceptivos. —Silencio absoluto—. Que alguien diga algo.
Henry se aclara la garganta, con las mejillas muy coloradas. —¿En qué día de tu ciclo estás?
Cojo mi teléfono, con las gotas de agua deslizándose por la pantalla mientras abro mi aplicación de seguimiento. Le acerco la pantalla mientras carga, dejando que él me lea la noticia.
—¿A un día de la ovulación? —pregunta él, con voz ahogada.
—Oh, joder —susurro, mirando la pantalla para confirmar lo que ha dicho.
Theo empieza a tamborilear con los dedos de forma rítmica sobre su muslo; su cerebro orientado al detalle analiza nuestras opciones.
—¿Es realmente para tanto? —pregunta él, sorprendiéndome—.
Estamos casados. Tenemos recursos suficientes para mantener a un bebé.
Además, Henry ha querido ser padre desde que tenía doce años.
Dylan me aprieta con más fuerza, incitándome a mirarlo. —Que no tengas tus anticonceptivos no es un gran problema para nosotros, Pecas. Pero tú eres la que importa. Tu cuerpo, tu elección. Siempre.
Respiro hondo, pensando en la pequeña Summer y en los gemelos de Lorna. ¿Sería realmente tan malo? —Si pasa, pasa —digo finalmente, encogiéndome de hombros, sin creer casi las palabras que salen de mi boca.
—¿Y qué pasará cuando volvamos a casa? —pregunta Henry, acunando mi barbilla y obligándome a mirarlo, con la mirada llena de esperanza.
—Llenarías todo el castillo con nuestros bebés si pudieras, ¿verdad? —pregunto suavemente, conteniendo las lágrimas.
—Solo si eso también te hace feliz a ti, Isla. —Me atrae hacia sus brazos, presionando sus labios contra mi pelo.
Escondo mi sonrisa en su pecho mientras las lágrimas resbalan por mis mejillas. —Estoy empezando a pensar que sí lo haría.
x Fin x