Capítulo 70
H enry debe de haberme llevado al otro dormitorio en algún momento de la noche, porque me despierto emparedada entre Dylan y Theo.
La débil luz de las mañanas de principios de otoño nos baña con un resplandor dorado, y las motas de polvo bailan en el aire sobre la cama.
Me estiro, con los músculos deliciosamente doloridos por lo de ayer.
—¿Cómo te encuentras, Girasol? —murmura Theo, estirando la mano sobre mi vientre y pegándome a su cuerpo.
—Maravillosamente.
—¿No tienes agujetas de ayer? —pregunta, rodeando uno de mis pechos con la mano y hundiendo la cara en el hueco de mi cuello.
—Creo que no.
—Bien. —Me aparta el pelo de la cara con suavidad, besándome las mejillas—. ¿Crees que seguiremos haciendo esto dentro de cuarenta años?
—¿Haciendo qué? —pregunto, recorriendo con la mirada el rostro dormido de Dylan.
—Buscando lugares arriesgados para tener sexo.
—Eso espero —me río.
—Quizá sea así como estiremos la pata —masculla Dylan, abriendo esos grandes ojos marrones y parpadeando como un búho.
—Buenos días —susurro, inclinándome para besarlo. Él me sujeta la cabeza, acercándome más.
—¡Por fin! —Henry entra en el dormitorio con tres tazas de café en sus manos grandes—. Empezaba a preguntarme si os despertaríais algún día.
—¿Qué hora es? —pregunto, confundida.
—Pasan de las diez y estoy listo para desayunar.
Maldita sea. No recuerdo la última vez que dormí hasta tan tarde.
—¿Por fin he conseguido cansarte? —pregunta Henry, dejando el café en la mesita de noche y subiéndose encima de mí, pegando los labios a mi oreja—.
Nunca pensé que encontraría a alguien que pudiera seguirme el ritmo.
Siempre pensé que me pasaba algo malo, que quería demasiado, con demasiada frecuencia.
Tú me has demostrado que me equivocaba. Gracias, Isla.
—Le rodeo el cuello con los brazos y lo abrazo con fuerza, dejando que me estreche contra él.
Dylan y Theo se incorporan, bebiendo su café con los ojos todavía nublados por el sueño. Henry se sienta y me sienta en su regazo, tendiéndome mi café. No voy a mentir, beberme el café sentada sobre un hombre que está para morirse puede que sea mi actividad favorita en el mundo.
—En cuanto estéis listos, podemos subir a la montaña. Hay una cafetería arriba donde podemos desayunar —dice Henry.
Dylan, Theo y yo compartimos la ducha extragrande, turnándonos bajo los dos cabezales de ducha.
Es la primera vez que me ducho con ellos y no acabamos haciendo algo sexual y, por muy aburrido que suene, hay algo tan íntimo y vulnerable en compartir una ducha que me hace sentir toda blandita por dentro.
Soy la última en salir del baño, por culpa de mi pelo rebelde.
Dylan se arrodilla y me ayuda a ponerme las botas, abrochándolas rápidamente.
Me ayuda a ponerme de pie y me da la mano mientras salimos por la puerta.
Solo hay diez minutos de coche hasta el aparcamiento y un corto paseo hasta el teleférico.
No puedo evitar soltar una risita cuando otra pareja con sus dos hijos pequeños entra en la misma cabina que nosotros.
La madre lleva a un bebé atado al pecho, y solo se asoma su naricilla.
Un niño pequeño, de unos tres o cuatro años, se agarra a la pierna de su padre mientras nos observa.
—Hola —digo en voz baja, saludando al niño. Dylan y Henry le sonríen, pero Theo mantiene su ceño fruncido habitual y tengo que darle un codazo en las costillas antes de que aterrorice al pobre crío.
—¿Sabías que el Ben Nevis es la montaña más grande de Escocia? —pregunta el niño.
—¿Ah, sí? —pregunta Henry, agachándose para estar a su altura.
El niño asiente con vigor, con los ojos iluminados. —Es un volcán de hace treinta y cinco mil millones de años. Explotó en la explosión más grande de todas, y ahora solo es una montaña.
—¡Eso es increíble! —dice Henry con los ojos brillantes.
—¿Cómo te llamas? —le pregunta el niño a Henry, acercándose unos pasos.
—Henry.
—¿Por qué hablas raro?
—Hablo raro, ¿verdad? —Henry se ríe—. Soy de Estados Unidos. ¿Sabes dónde está eso? —El niño asiente, pero no dice nada—. ¿Quieres saber cuál es la montaña más alta de Estados Unidos? —pregunta Henry de nuevo. El niño vuelve a asentir—. Se llama Denali.
—Pero no es más grande que el Ben Nevis, ¿verdad? ¡El Ben Nevis tiene que ser la montaña más alta del mundo!
Henry se muerde el labio, haciendo un esfuerzo impresionante por ocultar su sonrisa. —No estoy seguro, pequeñajo. Tendré que averiguarlo.
—Vale. —El padre coge la mano del niño cuando llegamos arriba—. ¡Adiós, Henry! —le grita, despidiéndose con la mano al salir del teleférico. Los padres sonríen y la madre saluda brevemente antes de irse.
—Bueno, eso ha sido lo más tierno que he visto nunca —digo, cogiendo la mano de Henry mientras salimos de la plataforma—. Vas a ser un padre estupendo algún día.
—Solo si es mío —dice con despreocupación.
Me quedo helada, mirándolo con asombro.
—¡Es broma! —se ríe, rodeándome con los brazos y acercándose a mi oído—. ¿Crees que te metería su semen otra vez dentro si de verdad pensara eso?
—No digas esas cosas en público —susurro, con las mejillas ardiendo.
—¿Por qué no? Estás condenadamente guapa cuando te sonrojas.
Niego con la cabeza. —Es demasiado temprano para esto.
—Te sentirás mejor en cuanto comas algo.
Salimos del edificio del teleférico y veo el paisaje por primera vez. Me deja sin aliento. Es esto. Aquí es donde quiero casarme.
Dylan me mira a la cara y sonríe, arrugando las comisuras de los ojos. —¿Tenemos ganadora, verdad?
Asiento, girando sobre mí misma para contemplar la vista panorámica de mi país.
A veces olvido lo hermoso que es el lugar donde vivo.
La lluvia y el viento me agotan. Los inviernos gélidos se me calan hasta los huesos.
Pero esto... esto ... Dios. Ni siquiera puedo describir la sensación de hogar que me recorre la sangre.
Una parte ancestral de mí está ligada a esta tierra.
Ni el viento cortante puede hacerme cambiar de opinión: este es el sitio.
—Por favor, decidme que sentís lo mismo que yo.
—Solo tengo que mirarte a la cara para saber que es este el lugar, Girasol —murmura Theo, rodeándome con los brazos desde atrás y apoyando la barbilla en mi hombro. Dylan y Henry asienten de acuerdo.
—¿Estáis seguros? Hará un frío de muerte. Habrá nieve en el suelo. Podría haber niebla —les advierto.
—Estamos seguros, Isla. —Henry y Dylan me cogen cada uno una mano, y los tres nos quedamos ahí, empapándonos de la convicción de que este sitio es el correcto.
Un escalofrío me recorre el cuerpo y por fin interrumpe el momento.
Theo se quita la chaqueta y me la pone sobre los hombros, prácticamente arrastrándome hacia el refugio.
El restaurante es acogedor y cálido; la madera reluciente y los techos altos cobran protagonismo.
Nos olvidamos por completo de nuestros planes de subir a la cima.
En su lugar, nos sentamos junto a una ventana con unas vistas increíbles, comemos una comida deliciosa y probamos una cantidad ridícula de whiskies que no paran de traer en un pequeño carrito.
Decidimos que no hace falta que veamos el barco y, en su lugar, planeamos dar un rodeo hacia las Fairy Pools. Abro el móvil y busco algunos alojamientos vacacionales, con la esperanza de encontrar algo divertido para una noche.
—¿Habéis montado a caballo alguna vez? —pregunto, sintiéndome tonta por tener siquiera que preguntarlo.
—¿De dónde crees que viene nuestra pasión por ir rápido? —pregunta Theo con una sonrisa.
—¿En serio?
—Somos de Tennessee, Girasol. Por supuesto que sabemos montar a caballo. ¿Y tú?
—¿Que si yo sé? —Niego con la cabeza con incredulidad—. No entiendo cómo no habíamos hablado de esto antes.
—Hemos estado un poco ocupados desde el día en que aparecimos en tu puerta, Isla. Nadie ha tenido mucho tiempo para montar a caballo.
—Es verdad. Yo sí monto. Aunque no tengo caballo propio. A veces monto el de Jack, pero hace una eternidad de eso.
—¿Por qué preguntas si montamos? —pregunta Dylan, haciendo avanzar la conversación.
—Tengo una vieja amiga de la familia que tiene una granja no muy lejos de las Fairy Pools. Alquila habitaciones para huéspedes. Como una especie de bed and breakfast.
—Resérvalo —dice Henry, levantándose y estirándose—. ¿Queréis que bajemos ya? —No puedo evitar que mi mirada se deslice por su cuerpo, enganchándose en el prominente bulto de sus pantalones. Me levanto, permitiendo que Theo y Dylan vayan delante para poder hablar con Henry.
—¿Qué está pasando ahí? —pregunto, mordiéndome el labio mientras recorro el contorno de su polla con la mirada.
Henry se aclara la garganta y se recoloca, con las mejillas rojas. —Estaba pensando en ti montando a caballo.
—Mj.
—Desnuda.
—¡Henry! —Le doy un manotazo en el brazo, riendo—. ¿Sabes lo incómodo que sería eso?
—¿Sin camiseta, entonces? —pregunta esperanzado.
—No tienes remedio.
—Rematadamente enamorado de ti —dice, pasándome el brazo por los hombros mientras su mano descansa casualmente en mi culo.
—¿Crees que seguirás así cuando seas viejo y canoso? —pregunto mientras nos apresuramos a alcanzar a los chicos.
—No habrá un solo día en que no piense en empotrarte, Isla. Puede que tenga que tomarme una pastillita azul, pero cumpliré con el trabajo.
—Ah, ¿así que ahora soy un trabajo? —bromeo.
—Sí, y yo soy el CEO-E.
—¿Y eso qué significa?
—El director ejecutivo de empotrarte. —Pongo los ojos en blanco, mordiéndome el labio para contener la sonrisa.
—Ni se te ocurra ponerme los ojos en blanco, Isla MacLeod. —Me coge en brazos y sigue a Theo y Dylan al teleférico vacío con un brillo peligroso en los ojos.