Capítulo 69
C uando los chicos me han dicho que teníamos una suite de dos dormitorios para esta noche, han omitido mencionar que estaba en el precioso Ivernochy Castle Hotel.
Tras dejar las maletas, pedimos cuatro cenas de picnic en el restaurante del hotel y nos las llevamos a la orilla del lago para disfrutar de la puesta de sol mientras comemos.
—He estado pensando —dice Henry, acercándome una uva a la boca—. Creo que tenemos que guardar nuestro pequeño desafío para cuando volvamos a casa; sigo queriendo que seas capaz de caminar mañana.
Muerdo la uva por la mitad, con una sonrisa pícara asomando a mis labios. —Yo también he estado pensando en ello y, como ya estoy un poco dolorida, solo deberías correrte tú. Esta noche.
Él traga saliva. —¿Solo yo?
Me encojo de hombros. —Ese era el objetivo, ¿no? Ver cuántas veces puedes correrte antes de que se te quede flácida.
—Sí, pero cuando lo dije, pensaba que estaría dentro de ti, pelirroja —protesta él, colocándome un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Lo estarás. Dentro de mi mano, dentro de mi boca...
—Joder —jadea, con un rubor subiéndole por las mejillas—. ¿Qué vas a hacer? ¿Simplemente tenderme en la cama y hacer lo que quieras conmigo?
—Exactamente.
—Divertíos vosotros dos. Dylan y yo nos reservamos para el teleférico de mañana —dice Theo, pasándome un trozo de pan con queso y mermelada.
—¿Hablas en serio? —pregunto, palideciendo.
—Visto lo visto, quizá no —dice Theo, arqueando las cejas—. Si te incomoda, seguro que podemos apañárnoslas para portarnos bien.
—Ya veremos cómo es mañana —murmuro, con el corazón acelerado. La idea de estar colgada a gran altura, balanceándome con el viento, no me parece romántica. Si soy sincera, me entran náuseas solo de pensarlo.
—¿Has empezado ya a planificar la inauguración de la cervecería? —pregunta Dylan, cambiando de tema. Está tumbado en la hierba con un brazo bajo la cabeza, completamente relajado.
—Me ha preocupado más elaborar las primeras cervezas que ofreceré que planificar una inauguración.
—¿Cuándo crees que las tendrás listas? —pregunta, girándose hacia mí y tapándose el sol con la mano para que no le dé en los ojos.
—No estoy segura. Es mi primer lote y quiero asegurarme de que todo esté perfecto antes de abrir.
—Solo avísanos cuando estés lista y nosotros nos encargaremos de todo lo demás.
—¿Haríais eso? —pregunto, con la voz quebrada.
He intentado no demostrarlo, pero poner en marcha la cervecería ha sido increíblemente estresante.
Hay tantas tareas pequeñas que aún deben terminarse...
Los chicos se han portado de maravilla ayudando, pero yo soy la única que puede tomar las decisiones finales, y definitivamente ha empezado a pasarme factura.
—Por supuesto que lo haríamos —dice Theo, exasperado.
Me hundo en la hierba, sintiendo cómo se desvanecen meses de estrés e incertidumbre. —Gracias, chicos. Muchísimas gracias. No sé qué haría sin vosotros.
—Seguirías siendo una puta jefa, eso es lo que harías —dice Theo, apoyándose en los codos. Henry se maniobra para apoyar la cabeza en mi vientre, mientras todos contemplamos el cielo que va cambiando de color.
—¿Podéis creer cuánto ha cambiado todo en cuestión de meses? —les pregunto en voz baja, parpadeando para contener las lágrimas, intentando no arruinar la paz que nos rodea poniéndome a llorar.
—Creo que hablo por todos cuando digo que ha sido el mejor año de nuestras vidas, Isla. No estoy seguro de que nada pueda superarlo —dice Henry, estirándose para coger mi mano y llevársela a los labios.
Nunca soñé que pudiera tener esto. Que me lo mereciera.
Ni en un millón de años habría imaginado que estaría tumbada a la sombra del Ben Nevis con mis tres amantes, buscando lugares para la boda.
Nos quedamos allí en silencio, viendo cómo los rosas y púrpuras se desvanecen lentamente del cielo.
Me estremezco por el aire frío y Henry se pone en pie de inmediato, tomándome en sus brazos.
Me acurruco en su calor mientras caminamos de regreso al hotel, deleitándome en cómo me hace sentir tan pequeña y cuidada.
Como si fuera el tesoro que ha estado buscando toda su vida.
Resguardados ya en nuestra suite, Dylan y Theo me dan un beso de buenas noches, dejándonos a Henry y a mí en nuestro propio dormitorio.
—Podemos irnos a dormir sin más, Isla. Sé que ha sido un día largo —dice Henry, apartando las sábanas y ahuecando las almohadas.
—¿Tú solo quieres dormir? —pregunto, estirando el cuello para mirarlo.
—Ya sabes la respuesta, pero esto no se trata solo de mí.
Apoyo la palma de la mano en su pecho, empujándolo sobre la cama. Se deja caer con facilidad, sin dejar de mirarme. Le desabrocho el cinturón, lo saco de sus pantalones, se lo envuelvo alrededor de las muñecas y las subo hacia el cabecero para asegurarlas.
—Joder, Isla. —Echa la cabeza hacia atrás, observándome mientras trabajo; la larga columna de su garganta queda desnuda e irresistible. Me pongo a horcajadas sobre su cintura y paso la lengua por el lateral de su cuello, salpicando su mandíbula de besos.
—Eres tan guapo que duele —murmuro, deslizando mi lengua sobre su clavícula, hundiéndome en el hueco de la base de su garganta. Él traga saliva, con las caderas ya elevándose de la cama, buscando desesperadamente fricción.
—Es una tortura absoluta no poder tocarte —raspea, luchando por liberar sus muñecas.
—Déjame disfrutar de tu cuerpo, Henry. No tienes idea de cuánto placer me da darte placer. —Él gime, y su respiración se entrecorta cuando empiezo a desabotonar su camisa.
Deslizo las uñas por su abdomen y sus músculos saltan bajo mi tacto.
Dios, es condenadamente bonito. Me muevo hacia abajo, a horcajadas sobre sus muslos, tomando aire con dificultad antes de desabotonar sus pantalones y bajar la cremallera.
Él levanta las caderas, permitiéndome bajar la tela para revelar unos calzoncillos tipo bóxer negros y ajustados.
Joder. Recorro la cinturilla con la punta del dedo y mi pulso se acelera cuando él toma aire entre los dientes.
—No tienes idea de lo que te haría si pudiera tocarte ahora mismo —gime él, con líneas marcándose alrededor de su boca mientras lucha por el control.
—Cuéntamelo. —Deslizo mis dedos bajo la cinturilla, bajándola milímetro a milímetro.
—Te sujetaría las muñecas sobre la cabeza y te lamería todo el cuerpo de arriba abajo.
—Mmmhmmm. —Gimo al dejar al descubierto el glande hinchado de su polla, brillante por el líquido preseminal. Los músculos entre mis piernas tienen espasmos, desesperados por él.
—Luego te empujaría las rodillas hacia las orejas y me daría un festín hasta que estuvieras gritando.
Agarro su grueso miembro y él me recompensa con una rápida inspiración, presionando sus caderas contra mi mano.
—¿Te gusta eso? —susurro, observando cómo trabajo mi mano sobre él, con más líquido preseminal brotando de su punta hasta gotear por el tronco, una pequeña cascada de puro deseo sin adulterar.
Lo limpio a lametones, moviendo mi lengua en círculos sobre su cabeza, memorizando su sabor y el tacto aterciopelado de su polla bajo mi lengua.
—Jesucristo, Isla —sisea él, con la polla hinchándose aún más, su cuerpo temblando mientras lucha por controlarse.
—¿Crees que puedo hacer que te corras solo con la lengua? —Deslizo la lengua desde la base del tronco hasta el frenillo, moviéndola de un lado a otro.
—Isla, por favor —jadea él, con los tendones del cuello tensos. Recorro el glande con la lengua y luego bajo, succionando sus testículos antes de volver a subir.
—Por el amor de Dios, Isla.
—Quiero verlo, Henry. —Esas palabras son todo lo que necesita para perder el control.
Gime y sus testículos se contraen. Observo cómo su polla palpita y el semen sale disparado de la punta, deslizándose sobre su abdomen.
Dios, eso es jodidamente excitante. Lo tomo en mi boca, hundiéndome, quedándome quieta mientras él folla mi garganta, y sus gruñidos provocan un frenesí entre mis piernas.
Lo necesito. Dentro de mí. Sobre mí. Por todas partes.
En cuanto sus caderas dejan de agitarse, me incorporo y desabrocho el cinturón, quitándome la ropa lo más rápido que puedo, desesperada por él.
Me lee como un libro y su gemido de necesidad ciega coincide con el mío.
Me giro, poniéndome a cuatro patas, y luego bajo el pecho y la cabeza hacia la cama, esperando a que me embista.
—Joder, Isla. Estás tan preciosa cuando estás necesitada.
—Me lame desde el clítoris hasta el ano, sujetando mis nalgas y abriéndome bien.
Gruñe con satisfacción y mi cuerpo responde con un torrente de deseo que me baja por los muslos.
—Tu coño está llorando por mí. —Las limpia a lametones, besándome y mordiéndome mientras yo empujo hacia atrás contra su cara.
—Dime qué quieres, Isla.
—Necesito tu polla dentro de mí, Henry. Por favor.
Alinea su miembro con mi entrada y se mete de golpe, llegando hasta el fondo antes de salir y volver a hacerlo.
Marca un ritmo castigador, embistiéndome, dándome exactamente lo que necesito.
Enroscando mi pelo en su puño, me levanta hasta que mi espalda queda contra su pecho, ordenándome que mire el espejo de la pared.
Desplaza su mano de mi pelo a mi cuello, deslizando la otra por mi vientre y entre mis piernas, rodeando mi clítoris, manteniéndome quieta mientras me folla, con su polla golpeando mi punto G con cada estocada.
—Mírame —ordena, apretando el agarre en mi cuello.
Mis ojos encuentran los suyos en el espejo mientras me rindo a él, sintiéndome completamente segura en sus manos expertas.
Mantengo su mirada, sin hacer nada más que concentrarme en cómo me está haciendo sentir y en la creciente ola de placer que está a punto de arrasarnos a los dos.
—Córrete conmigo, Henry —susurro.
—Todavía no —raspea, con la respiración entrecortada. Me presiona contra la cama, levantándome las caderas con ambas manos, y luego desliza el pulgar por mi raya, rodeando mi ano.
—Henry —gimo, empujando hacia sus manos, animándolo.
—Tienes un culo tan bonito —jadea, hundiendo su pulgar dentro de mí.
Me balanceo contra él, prácticamente delirante por la necesidad de correrme.
Se agacha, hundiendo su cara entre mis nalgas, follándome con la lengua hasta que sollozo contra el colchón.
—Déjame follarte el culo, Isla. Por favor.
No sé si podré aguantar otro día más sin saber qué se siente ahí dentro.
—No me importa lo que hagas, Henry. Solo quiero correrme.
—Grito en protesta cuando se baja de la cama, pero regresa en veinte segundos con un dildo y un vibrador.
Dobla una almohada y la coloca bajo mis caderas, y luego me estira las piernas.
Poniéndose a horcajadas sobre mis muslos, empuja lentamente el dildo en mi coño y lo enciende una vez que está totalmente dentro.
La madre que me parió.
Coge el segundo juguete, lo enciende y me lo pone en la mano.
—Sujeta esto entre tus piernas, cielo.
Levanto las caderas y deslizo mis manos entre las piernas, presionando el vibrador contra mi clítoris.
—Oh, Dios —jadeo, con las caderas empujando contra él, mientras la marea sube por momentos.
Henry me cruza las piernas, asegurándose de que el dildo no se mueva, y luego echa lubricante en mi culo, extendiéndolo antes de follarme el ano con un dedo, luego dos, asegurándose de que esté lista.
—Estoy cerca, Henry —susurro con las palabras amortiguadas por las sábanas, con todo mi cuerpo tensándose, intentando no correrme antes de que esté dentro de mí.
Se acerca poco a poco hasta que sus muslos golpean mi culo y luego se inclina sobre mí, apoyando su cabeza hinchada en la entrada.
Palpita allí, dilatándome lentamente lo suficiente como para dejarle paso.
Una vez que el glande de su polla atraviesa el estrecho anillo muscular, se hunde en mi interior con un gemido.
—Esto me va a marcar de por vida —gime. Si supiera que hay fuegos artificiales explotando tras mis párpados, que el placer palpita en cada célula de mi cuerpo, sobrecargándolo hasta que apenas puedo respirar, apenas puedo pensar, no puedo hacer nada más que empujar hacia atrás y recibir cada milímetro de su polla dentro de mí.
Me aprieto a su alrededor mientras él se retira, intentando retenerlo dentro.
—Oh, joder, Isla. Quería que esto durara, pero la forma en que tu culo está estrangulando mi polla me va a liquidar.
—Vuelve a entrar con fuerza, embistiéndome con fiereza; ambos nos quedamos sin palabras mientras nos arrastra un tsunami de éxtasis que ninguno de los dos puede comprender.
Grito su nombre mientras me corro, y él grita el mío, con la voz quebrada mientras se vacía dentro de mí.