Capítulo 51
—¿ Q ué tienes planeado para la semana que viene?
—me pregunta Henry mientras ocupo mi lugar a la mesa para cenar.
Me acomodo con cuidado, consciente del ligero dolor por el minucioso repaso que me dio Theo anoche.
Cojo un trozo de pan recién horneado de la cesta que Dylan pone sobre la mesa y mi anillo me llama la atención.
Theo pensaba que deberíamos esperar para mencionarlo para no presionar a sus hermanos, pero me negué a quitarme el anillo.
Se lo he dicho durante el desayuno esta mañana y han respondido con vítores, gritos y besos largos y pausados.
Ha sido la mejor respuesta que podría haber pedido.
Parpadeo para contener las lágrimas mientras mastico el trozo de pan, ganando tiempo para que no noten la emoción en mi voz.
—Sobre todo será preparar la fiesta. Tengo gente para el montaje y el desmontaje, pero aun así tengo que estar allí para asegurarme de que se haga bien. Además, siempre hago yo misma los arreglos florales.
—¿A qué se debe eso? —pregunta Dylan, sentándose a mi lado mientras Theo trae a la mesa un plato que huele de maravilla.
—Porque nunca he sentido que me cundiera el dinero cuando lo hacen otros. No es que hicieran un mal trabajo; es solo que nunca es lo que yo había imaginado.
—En otras palabras, no tenías el control —dice Henry con voz baja y ronca—. ¿Te gusta tener el control, Isla?
Me lamo los labios y sus pupilas se dilatan. —Depende de la situación. —Le guiño un ojo, sonriendo al ver cómo un adorable rubor le sube por las mejillas.
—¿Y eso qué significa para nuestro calendario de citas? —pregunta Theo, dejando un vaso de agua frente a mí y ordenándome que beba mientras se sienta.
Obedezco y doy varios tragos antes de responder. —Significa que se va a ir todo al garete. No sé por qué no pensé en eso cuando lo propuse originalmente.
—Sobreviviremos. Henry necesita tiempo contigo. ¿Por qué no os tomáis vosotros dos el fin de semana? Así nosotros podemos centrarnos en ayudarte a tenerlo todo listo la semana que viene.
—¿De verdad? —pregunto, mirando entre él y Dylan. Ambos asienten.
—Es importante que estés con Henry antes del próximo fin de semana, Isla. Si este fin de semana es el único momento que tienes libre, entonces tiene que ser una prioridad.
Miro a Henry y, no voy a mentir, parece que le va a dar un ataque al corazón. —¿Estás bien? —me río, alargando la mano para darle una palmadita en la suya.
Él traga saliva con dificultad. —Sabía que iba a llegar, pero no lo esperaba para pasado mañana. Tengo que planificar algunas cosas.
—Podemos quedarnos aquí simplemente —sugiero, queriendo quitarle estrés a la situación.
—De ninguna de las maneras. Esta tiene que ser una de las mejores noches de tu vida. Quiero que la recuerdes para siempre.
—Estoy segura de que la recordaré para siempre, sin importar dónde estemos.
Me lleva la mano a los labios y me besa la base del pulgar. —Solo lo mejor para mi chica —susurra, con los labios moviéndose contra mi piel.
—Cuando tengas tiempo, ¿por qué no escribes una lista de tareas para la semana que viene y así nos organizamos? —sugiere Theo, indicándome que tome un bocado de comida.
—Lo haré. ¿Cómo van las suites de invitados? —pregunto, dando un bocado enorme, masticando y luego abriendo la boca como una mocosa impertinente para enseñarle que me lo he tragado. Pongo los ojos en blanco ante su ceño fruncido.
—Solo nos quedan los remates, a menos que a Jack se le ocurra un nuevo proyecto para nosotros —dice Henry con alivio en la voz.
—¿Habéis sabido algo del visado ya? —pregunto, mirando de uno a otro.
—Tenemos una cita en Glasgow en dos semanas. Se negaron a darnos el visado solo por el pub. Si abrimos una empresa de construcción, nos permitirán la residencia. Tiene algo que ver con las habilidades que necesita la comunidad —explica Dylan.
—¿En serio? —suelto un chillido, dando saltitos en la silla—. ¿Entonces puedo dejar de preocuparme?
—¿Te estabas preocupando? —pregunta Theo, frunciendo el ceño.
—¡Pues claro que me estaba preocupando!
—Siento que no te lo hayamos dicho en cuanto nos enteramos. Parecías tan segura de que no tendríamos ningún problema que no pensé que te estuviera quitando el sueño —dice Theo, estirando el brazo y apretándome el muslo.
—Estar confiada y estar segura son dos cosas distintas —protesto.
—Cierto.
—¿Alguien quiere unos brownies? —pregunta Dylan, amontonando nuestros platos y llevándolos al fregadero.
—¿Qué clase de pregunta es esa? —me río—. No creo haber dicho que no a un brownie en toda mi vida.
Dylan sonríe. —Me parece justo. Dame más o menos una hora.
—Ven conmigo —dice Henry, agarrándome de la mano y arrastrándome hacia la puerta principal.
—¿Adónde vamos?
—Ya lo verás. —Me lleva al garaje y me tiende el casco de la parte trasera de la moto antes de pasar la pierna por encima, con los vaqueros tensándose sobre su culo.
—Sube.
Sí. Por favor, señor. En lugar de subirme atrás, dejo el casco y me subo a su regazo, a horcajadas sobre él.
—Isla...
—Henry... —susurro, enmarcando su rostro con mis manos, mirándolo fijamente, deleitándome con sus ojos azul oscuro, los planos angulosos de su cara, el hoyuelo de su barbilla. Nunca tendré ni idea de cómo me las arreglé para hacer mío a este hombre.
—Bésame —exijo. Y, Dios, lo hace. No hay vacilación, solo pasión desenfrenada.
Gime en mi boca, atrapando mi labio inferior con sus dientes, con las manos enredadas en mi pelo, tirando de mi cabeza hacia atrás para exponer mi garganta.
La suavidad de sus labios, unida a la aspereza de su barba de dos días, hace que mis nervios se disparen.
Se me corta la respiración y me quedo lánguida en sus brazos, fundiéndome con él.
Se ríe contra mi cuello, provocándome escalofríos por todo el cuerpo.
Lo quiero.
Ahora.
—Paciencia, Isla. —Él estira el brazo para coger el casco y me lo encaja en la cabeza, arrancando la moto mientras yo me aferro a él como un koala. Suelto un gritito cuando sale del garaje y se mete en la carretera.
—Solo vamos al castillo. Agárrate fuerte.
Me aferro a él, apoyando la barbilla en el borde exterior de su hombro, con nuestros cuerpos pegados, lo que dificulta pensar.
Dificulta respirar. Una vez que aparcamos en la entrada del castillo, me quita el casco y me alisa el pelo.
Me rodea con sus brazos y se pone de pie; su altura le permite pasar fácilmente la pierna por encima de la moto y alejarse.
Me suelta despacio, gimiendo mientras me deslizo por su cuerpo.
Intento aferrarme a él cuando siento el bulto de sus pantalones presionando entre mis piernas, pero la gravedad se empeña en tirarme hacia abajo.
Suelto un pequeño gemido de protesta y su risa de respuesta es lo más sexy que he oído en mi vida.
—Tendrás todo lo que quieras en un par de días, nena. Tenemos que darnos prisa antes de que oscurezca demasiado.
Por primera vez, me doy cuenta de que el sol está a punto de ponerse.
Juro que todo lo demás desaparece cuando estoy con él.
Lo único en lo que puedo pensar es en restregarme contra él como una maldita gata.
Entrelaza sus dedos con los míos y me lleva hacia el jardín lateral, con los rosas y púrpuras del cielo reflejándose en el lago.
Me fastidia admitirlo, pero echo de menos vivir en el castillo.
No echo de menos la falta de privacidad, pero la belleza es inigualable.
—¿Adónde vamos? —pregunto mientras me arrastra por el huerto y hacia el bosque—. No me estarás trayendo aquí fuera para asesinarme, ¿verdad? —bromeo.
—No cuando ni siquiera hemos tenido sexo todavía —dice él, guiñando un ojo.
Dios, es tan jodidamente sexy. Lo único que quiero hacer es empujarlo al suelo del bosque y cabalgarlo hasta que ambos nos hundamos en el olvido. No me importa si es especial o romántico. Lo quiero a él. Todo él. Ahora.
Henry se detiene de repente, girándose hacia mí. —Cierra los ojos.