Capítulo 50
S iento que formo parte del reparto de Los vigilantes de la playa mientras corro por la orilla, con la ropa desperdigada por la arena y uno de los hombres más atractivos que he visto en mi vida observándome como si fuera a desaparecer si se atreve a parpadear.
—¿A qué esperas? —grito, mirando por encima del hombro a Theo y sonriendo al ver que se ha quedado boquiabierto—.
¡Theo! —río—. ¡Venga! —Su única respuesta es un movimiento de su nuez al tragar saliva y varios parpadeos lentos.
Vuelvo trotando hacia él, incapaz de borrar la sonrisa de boba de mi cara.
—¿Necesitas ayuda, grandullón? —Le subo el dobladillo de la camiseta por el torso, se la quito por la cabeza y la tiro a la arena.
Suelto un chillido cuando de repente recobra el sentido; sus brazos musculosos se estiran y me atraen hacia él, mientras sus manos bajan por mi espalda para agarrar y amasar mi culo.
—Dios —gruñe con la voz amortiguada contra mi cuello—.
Creo que nunca me cansaré de cómo te siento en mis manos.
Tienes la piel jodidamente suave. —Me agarra la parte posterior de los muslos y me obliga a rodearle la cintura con las piernas, ciñendo un brazo alrededor de mi espalda para sujetarme mientras me acuna la cara con la otra mano; esos ojos de color caramelo parecen escudriñar mi alma—.
¿Tienes idea de lo preciosa que eres? —pregunta con voz ronca—.
Tus pecas. Tus ojos. Y, joder, tu pelo. La madre que me parió.
Podría pasarme la eternidad explorándote y nunca sería suficiente.
—Saborea mis labios como si fueran un vino de reserva, pasando la lengua suave y lentamente por mi labio inferior.
Yo tomo las riendas, introduciendo la lengua en su boca y profundizando el beso.
Nos guía hacia la roca que le he señalado antes; sus dedos rozan el espacio entre mis piernas, prendiendo fuego a mi cuerpo con el calor de mil soles.
Me retuerzo contra él, frustrada porque todavía lleva los pantalones puestos.
Me aupa a la roca y sus músculos se tensan.
Recorro con la punta del dedo la vena que cruza su bíceps derecho, y luego lo hago con la lengua.
Él suelta un gruñido, me tumba sobre la roca con las rodillas bien abiertas.
—¿Estás mojada por mí, Girasol? —pregunta, pasando la nariz por la suave piel de mi cara interna del muslo.
—¿Por qué no lo compruebas? —susurro, jadeante, buscándolo. No se anda con rodeos; hunde el dedo corazón directamente en mi coño empapado, arrastrando la yema por el punto que me encanta antes de sacarlo y asomarse sobre mí—. Chupa.
Abro la boca de par en par, cerrando los labios alrededor de su dedo y limpiándolo con la lengua; después le agarro la nuca y tiro de él hacia abajo, deslizando mi lengua sobre la suya.
—Joder, Isla. Sabes tan malditamente dulce. Viviría con la cabeza entre tus muslos si me dejaras.
—No he dicho que no. —Mi risa se convierte en un gemido cuando hunde la cara en mi entrepierna, pasando la lengua por mi clítoris.
Le hundo los dedos en el pelo, acercándolo más, frotándome contra su boca mientras él aplana la lengua y me da lo que quiero.
Me paso el brazo por la cara; el destello verde de la roca de mi anillo me da ese impulso extra de emoción que me lanza al abismo del orgasmo.
Aprieto los muslos alrededor de su cabeza mientras llego al clímax con fuerza.
En lugar de apartarse para tomar aire cuando aflojo la presión, Theo me lame con suavidad mientras me recupero.
—Te juro que no voy a poder pensar en otra cosa que no sea cuándo podré hacer que tu cuerpo se mueva así otra vez —dice con la voz ronca de deseo.
—Ahora me toca a mí. —Me incorporo, trabando los talones tras su culo y deslizando la palma por el bulto de su polla.
—Ni hablar. —Se agacha, hincando el hombro en mi estómago y poniéndose de pie, levantándome sin esfuerzo.
Ignora mis maldiciones y alaridos, dándome un azote sonoro en el culo antes de echar a correr hacia el agua.
Dejo de forcejear cuando me doy cuenta de las vistas espectaculares que tengo de su trasero.
Lo único que podría haberlo mejorado es que estuviera desnudo.
Grito de verdad cuando se quita los zapatos de una patada y se mete en el agua helada.
—¡Tus pantalones! —Se va a arrepentir más tarde, cuando tengamos que volver a la cabaña.
—Merece la pena. —Tras un par de pasos más, el agua le llega a las costillas.
Se agacha de golpe, sumergiéndonos a los dos.
Salgo a la superficie resoplando, con el pelo y el agua cayéndome por la cara.
Me sumerjo una vez más para echarme el pelo hacia atrás antes de volver a salir.
Me quito el agua de los ojos y los abro para encontrar la mirada de Theo clavada en mis pezones, mientras el agua los acaricia.
—Ven aquí —dice ronco, agarrándome de la mano para atraerme.
Se agacha y cierra la boca alrededor de la punta sensible.
Suelto un grito ahogado, arqueando la espalda.
Tras dedicarle la misma atención al otro pezón, se yergue, con los párpados pesados de deseo.
El asombro cruza su rostro antes de presionar sus labios contra los míos, bebiéndome como si fuera el elixir de la vida.
—Creo que nunca he necesitado nada tanto como te necesito a ti ahora mismo —jadea, rompiendo el beso.
—Entonces, tómame. —Le desabrocho los pantalones y le saco la polla, rodeando el tronco con la mano y apretando fuerte.
En un movimiento rápido, me levanta y me empala de una estocada dura y profunda.
Mi gemido queda amortiguado por su hombro mientras mi cuerpo se adapta a su tamaño, pulsando a su alrededor.
Él me empuja las caderas hacia abajo, deslizándome por su miembro hasta que la punta de su polla queda en mi entrada, balanceándose de adelante hacia atrás, volviéndome loca.
Gimo, hincando los dientes en su hombro mientras él desliza la mano por la ranura de mi culo; su dedo roza mi ano, provocándome.
—Tengo los plugs anales en la cabaña —murmura, pasando la lengua por el lóbulo de mi oreja—. No puedo esperar a ponerte a cuatro patas en el sofá, metértelo y follarte duro. —Puntúa su frase empujando el dedo más allá de ese anillo muscular, quedándose quieto mientras yo me agito contra él.
—Es demasiado, Theo. Necesito correrme —jadeo, contorsionando mi cuerpo de todas las formas posibles para intentar que entre más profundo.
—Si crees que esto es demasiado, espera a ver lo de después.
—Me embiste una, dos veces, y luego sale de mí, respirando con dificultad.
Me sube a pulso contra su torso y me saca del agua, sin bajarme hasta que volvemos a la roca.
Se sube y me tumba con delicadeza, esparciendo mi pelo alrededor de mi cabeza antes de quitarse los pantalones y tumbarse de lado a mi lado.
El calor de la roca cala en mis huesos, sumiéndome en un estado de relajación profunda.
Theo me agarra la mano y la sostiene por encima de él, mirando el anillo.
—Te queda bien.
—Es perfecto, Theo.
Se apoya en un codo y recorre mi cuerpo con la mirada perezosamente antes de volver a mis ojos.
Me recoloca el pelo y luego se inclina, rozando mis labios con los suyos.
Le acuno la cara, con la barba incipiente áspera contra mis palmas, y lo retengo ahí, haciendo el beso más profundo.
Utilizo el factor sorpresa para empujarlo por el hombro hasta que queda tumbado bocarriba en la roca y luego me subo encima de él, deslizando mi coño por su miembro hasta que queda encajado en mi entrada.
Observo cómo el éxtasis inunda sus ojos mientras dejo caer mi peso, gimiendo mientras me ensancha, tocando cada parte de mí.
—Te juro que estamos hechos el uno para el otro —jadeo, moviendo las caderas. Él gruñe dándome la razón, con los dedos clavándose en mis caderas mientras intenta mantener el control. Aumento el ritmo, restregando mi clítoris contra su pubis, buscando el orgasmo con fuerza y rapidez.
—¡Jesucristo, Isla! —Sus manos se cierran de golpe, dejándome quieta en el sitio.
Con un gruñido, me levanta y me coloca a cuatro patas a su lado.
Antes de que pueda protestar, se sitúa detrás de mí, separándome las nalgas y lamiéndome desde el coño hasta el ano.
Ni siquiera puedo fingir vergüenza cuando se siente tan jodidamente bien.
—¿Te gusta eso, Girasol? —murmura, pasando la lengua por ese músculo tenso.
Me apoyo en los codos, empujando el culo hacia fuera para darle un mejor acceso, amortiguando mis gemidos contra mi brazo.
—No seas tímida. Quiero oírte, nena.
Me hunde dos dedos en el coño y luego presiona la lengua contra mi ano, forzando el músculo, y te juro que veo a Dios. Mi gemido rebota en las rocas circundantes y siento que sonríe contra mí. —Buena chica. Creo que es hora de volver a la cabaña para que pueda follarte como Dios manda.