Capítulo 46
C uando reservé el hotel, no me detuve a investigar; simplemente elegí el más cercano y pagué, sabiendo que habría gastado una cantidad exorbitante solo por tenerlo dentro de mí cinco minutos antes.
—No bromeabas con lo de tener prisa, ¿verdad? —pregunta Dylan, riendo mientras pongo el coche en punto muerto treinta segundos después de salir del aparcamiento.
—No tienes ni idea. —Tres minutos después, me está presionando contra el lateral del ascensor y nos estamos besando apasionadamente, con nuestros corazones sincronizados y la lujuria como una droga embriagadora latiendo por nuestros sistemas.
Chocamos con cada pared de camino a nuestra habitación, con mi rodilla enganchada alrededor de su cintura aquí, su mano bajo mi camiseta allá.
Para cuando entramos atropelladamente por nuestra puerta, mi blusa ha quedado olvidada en el pasillo y sus pantalones le cuelgan de las caderas.
Le quito la camiseta por la cabeza antes de que se cierre la puerta, presionando las palmas de mis manos contra los duros planos de su pecho, la piel suave saltando bajo mi tacto, su aliento temblando contra mi sien.
Respiro hondo, intentando controlarme y frenar el ritmo.
—No —raspa él, acunando mi rostro entre sus manos, sus pulgares acariciando mis mejillas—. No te guardes nada. Te quiero toda para mí, Pecas.
Dios. ¿Cómo sabe ya exactamente lo que necesito oír? —¿No te asusta? —susurro, bajando la mirada.
—¿Qué es lo que me asusta?
—Esta... esta desesperación. Este anhelo. —Me presiono la mano contra el pecho, pues me faltan las palabras.
—¿Cómo puede asustarme cuando yo siento lo mismo?
Las palabras desaparecen mientras nos miramos a los ojos, con una necesidad desesperada fluyendo entre nosotros como electricidad.
Él mantiene mi mirada mientras inclina la cabeza, rozando sus labios con los míos en la más tierna de las caricias.
Enredo mis dedos en su pelo, hundiéndome en él mientras profundizamos el beso.
Me eleva en sus brazos, con las yemas de sus dedos clavándose en mi culo, manteniéndome cerca.
Me presiona contra la pared, liberando sus manos, y me besa como si fuera lo más importante de su vida.
Un tesoro que ha pasado toda una vida buscando y que, ahora que lo ha encontrado, no va a dejar escapar jamás.
Me pierdo en sus suspiros, en los susurros de su tacto, en la suave insistencia de sus labios, en el roce de sus dientes.
—Creo que nunca tendré suficiente —dice, con el aliento tembloroso contra mi oreja. Presiona besos en mi mandíbula, mi cuello y el hueco de mi garganta. Me retuerzo contra él, intentando acercarme más, si es que es posible.
—Necesito que estés dentro de mí —gimo, sin reconocer el tono ronco de mi propia voz.
—Lo sé, amor. Pronto. —Me lleva a la cama y me tumba con delicadeza, quitándome lentamente el resto de la ropa. Su tacto es suave. Reverente.
—Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida, Isla —espira, enrollando un mechón de pelo rojo en su dedo, maravillado por el color.
—Dylan...
—Deja que te adore, Isla. —Él se aparta de mis dedos ansiosos, sujetándome mientras me besa de peca en peca, creando constelaciones en mi piel.
Estrellas fugaces nublan mi visión con cada roce de sus labios, con cada toque de su lengua.
Mis muslos se abren para él mientras apoya las rodillas en el suelo, apretando y masajeando mi carne a medida que se abre camino hasta el mismo corazón de mi ser.
—Podría pasarme la vida entera entre tus piernas, Isla.
Esos pequeños sonidos que haces. La forma en que te mueves bajo mis manos.
Bajo mi lengua. —Lame un camino hacia arriba por mi hendidura, aplanando la lengua cuando llega a mi clítoris y deslizándola de un lado a otro sobre mí, riendo entre dientes mientras me retuerzo bajo él.
—¿Qué te parece si estrenamos algunas de las cosas que he comprado hoy? —pregunta, con los labios moviéndose contra mí.
—Mientras me hagas llegar, no me importa —jadeo. Me mantiene justo en el límite, tan cerca de caer que no consigo recobrar el aliento.
—No te muevas. —Me planta un beso entre las piernas antes de levantarse. Me pongo el brazo sobre los ojos, respirando profundamente mientras le oigo abrir cajas; luego suena el agua, el susurro de sus pantalones cayendo al suelo, el colchón hundiéndose bajo su peso.
—Déjame ver —digo, echándole un vistazo.
Sostiene el más pequeño de los plugs anales y una varita vibradora. —Todavía puedes decir que no.
—No creo que esa palabra esté en mi vocabulario cuando se trata de vosotros tres.
—Date la vuelta para mí, preciosa. —Me pongo boca abajo, con la piel de gallina recorriendo mi cuerpo mientras el sonido grave de su deseo me envuelve. Me agarra de la cintura y tira de mí hacia atrás para que mi culo quede en el aire, y entonces su boca está sobre mí, robándome el alma.
—Joder, Dylan —gimo, presionando contra su cara, con todo mi cuerpo estremeciéndose.
Él se pone de pie, y mi protesta muere en mis labios mientras me arrastra hasta el borde de la cama, situando su polla en mi entrada y arremetiendo contra mí con un sonido ahogado.
Me estira como nadie lo ha hecho antes, llenando partes de mí que no sabía que estaban vacías.
—Te juro que fuiste hecha para mí, joder —dice, balanceando las caderas.
—Dylan —le ruego, estoy tan cerca.
—Todavía no. Te necesito cerca para no hacerte daño, pero no tienes permiso para correrte todavía. ¿Entiendes?
—Sí —gimo, presionando hacia atrás contra él—. Pero date prisa. —Su risa baja escala por mi columna, mi espalda se arquea como si él lo hubiera ordenado, dándole un acceso fácil.
—Relájate y respira hondo —me instruye, con la palma de la mano caliente sobre la mejilla de mi culo.
Tenso todos mis músculos, aflojándolos uno a uno hasta estar segura de que todo está lo más relajado posible, y luego asiento con la cabeza mientras respiro hondo.
Tiemblo cuando rocía lubricante sobre mí, mi cuerpo pegando un respingo mientras rodea mi ano con el plug y luego aplica presión lentamente, introduciéndolo poco a poco.
—Lo estás haciendo muy bien, Isla. Respira.
Me concentro en respirar lenta y profundamente mientras él desliza el plug, una sensación de plenitud como nada que haya experimentado antes. Aprieto el edredón con los puños, empujando hacia atrás, con el cuerpo tenso como un arco.
—Joder —gimo contra el colchón, con las extremidades temblando mientras mi cuerpo se tensa contra él.
—Buena chica, Isla. Dios, ojalá pudieras ver cómo te mueves. Eres jodidamente sexy.
Los centros de recompensa de mi cerebro estallan como si acabara de ganar el premio gordo de mil millones de dólares.
Me balanceo hacia delante y luego me estrello de nuevo contra él, mi realidad reduciéndose lentamente hasta que lo único que existe es la forma en que él aviva las llamas de mi orgasmo con su polla perfecta.
Se ancla con una mano en mi cadera y con la otra me rodea, trazando círculos con las yemas de sus dedos sobre mi clítoris.
Lo recibo entero y luego me muevo hacia delante, arrastrando mi clítoris sobre sus dedos, y luego hacia atrás otra vez.
Me aprieto con fuerza alrededor de su miembro, y su gruñido de respuesta me envía temblores, llamas altísimas de un incendio forestal que me quema viva.
—Ahí está, mi propia Afrodita —susurra Dylan, con la voz profunda y ronca de deseo—.
Sí —gruñe mientras empuja con fuerza, con las yemas de sus dedos clavándose en mi cadera.
Se sale tan de repente que no tengo tiempo de protestar, me da la vuelta sobre mi espalda y me lanza más arriba en la cama.
Me mete una almohada bajo las caderas y entonces está encima de mí.
Dentro de mí. Sus ojos se clavan en los míos mientras cataloga cada expresión que hago, cada mordisco de mi labio, cada vez que pongo los ojos en blanco, avivando las llamas más y más.
Combustionamos, embistiendo el uno contra el otro, exprimiendo cada gota de placer hasta que él se desploma encima de mí, con nuestra piel resbaladiza y los pulmones luchando por aire.
—Maldita sea, Pecas —jadea, con el aliento resoplando contra mi cuello—. Nunca había tenido un sexo así.
—¿Cómo qué?
—Absoluto. Tan jodidamente perfecto que podría llorar.
Cojo su cara entre mis manos, mirando fijamente esos grandes ojos marrones, dejándome perder en la alegría y la felicidad que irradian entre nosotros. —Te quiero, Dylan —susurro, besándole mientras contengo las lágrimas que asoman a mis ojos.