Isla (La Secuencia del Amor 2) Capítulo 45
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Capítulo 45

— R ogaré por ti encantada ahora mismo.

—Eso no funcionará, Pecas. —Me levanta por la cintura, deslizando mi cuerpo sobre el suyo mientras me baja al agua; cada relieve, cada bulto envía descargas de deseo que recorren mi torrente sanguíneo.

Me detiene a la altura de su cintura, riendo entre dientes cuando intento bajar más, necesitando sentir cómo me llena, cómo me estira.

Captura mi gemido de frustración con sus labios, en un beso salvaje y frenético.

—¿Es esto lo que quieres? —murmura, presionándome contra el borde de la piscina, manteniéndome quieta mientras encaja la punta de su polla en mi entrada.

—Sí —siseo, forcejeando contra su agarre.

—Para —exige él, con los ojos oscurecidos.

No me queda más opción que obedecer, quedándome quieta bajo él.

—Buena chica —jadea, hundiéndose en mí, constante y lento.

Puedo sentir cada centímetro, disfrutando de la tirantez ardiente a medida que llega al fondo, llenándome por completo.

Me quedaría así con él para siempre. Apoya su frente contra la mía, nuestros jadeos se mezclan, el éxtasis chisporrotea en el aire, cubriendo nuestra piel.

Desliza una mano entre nosotros, presionando mi clítoris con la yema de un dedo, haciéndolo rodar mientras bombea lentamente de delante hacia atrás.

Es casi demasiado, pero nunca lo suficiente.

No para hasta que me retuerzo bajo él, desesperada por liberarme de su agarre, por tomar, tomar y tomar.

Sus músculos se tensan bajo mis manos y, de repente, se aparta de mí; me quedo vacía y él está de pie a un metro de distancia, con el pecho agitado.

—Eso ha estado demasiado cerca.

—No lo suficiente, joder —digo haciendo un puchero, con mi coño apretándose alrededor de una polla fantasma, desesperada por correrme.

—Si tienes paciencia, te daré el mejor orgasmo de tu vida, Pecas.

—Más vale que eso sea una promesa. —Cruzo los brazos sobre el pecho, lanzándole una mirada asesina.

—Es más que una promesa. —Ve que me castañetean los dientes antes de que pueda apretar la mandíbula y sacude la cabeza ligeramente, como si estuviera decepcionado consigo mismo por no haberse dado cuenta antes.

Entrelaza sus dedos con los míos, tirando de mí hacia las escaleras, y luego entramos corriendo en el vestuario, de vuelta a la ducha de agua caliente.

Es increíblemente romántico estar aquí con él de esta manera.

El deseo es denso entre nosotros a pesar de nuestro revolcón anterior en el bosque, a pesar de que su semen todavía gotea de entre mis muslos.

Lo empujo contra la pared de azulejos, poniéndome de puntillas para ajustar mi boca a la suya, mientras nuestra piel de gallina desaparece poco a poco.

Me besa la coronilla y me guía bajo el chorro de la ducha, echándose gel en las manos y haciendo espuma entre sus palmas antes de frotar el cloro de mi piel.

—¿Qué te gustaría hacer? —pregunta, agachándose para pasar las manos por mis piernas—. ¿Volver a la feria? ¿Ir a cenar?

—¿Ir a casa? —pregunto esperanzada.

—O ir a casa —concede, riendo entre dientes.

—Podemos pasarnos por el pub para cenar si tienes hambre —digo, esperando por Dios que sea comida para llevar; lo que sea que nos lleve a casa lo antes posible.

—Me parece perfecto. —Cambiamos de lugar y lo enjabono, asegurándome de llegar a cada rincón y recoveco para no notar el sabor a cloro cuando lo lama de pies a cabeza más tarde.

Tengo tantos planes para él. Hay tantas cosas que necesito saber si le gustan.

El calor se acumula entre mis piernas solo de pensarlo.

—Antes de ir a casa, tenemos que hacer una parada rápida —dice Dylan, con la respiración entrecortada mientras paso una mano enjabonada de arriba abajo por su polla.

—¿Una parada rápida dónde? —pregunto, deleitándome con la forma en que se mueve su nuez, la forma en que se lame los labios y cómo se le ponen los ojos en blanco al cerrarlos.

—Joder, Pecas —gruñe, empujando contra mi mano antes de alejarse de mi alcance.

—Theo me dijo que tenemos que buscar un sex shop y comprarte un plug anal.

Joder.

Estamos empapados y húmedos por habernos puesto la ropa sin secarnos antes, lo que nos obliga a mantener las ventanillas bajadas mientras Dylan me ayuda a llegar hasta una casita que parece de jengibre en las afueras del pueblo.

Nunca he estado en un sitio así. He pedido cosas por internet, por supuesto, pero ¿ver paredes, estanterías y expositores con todo tipo de juguetes sexuales? Es un poco intimidante.

—No has estado nunca en uno, ¿verdad? —pregunta Dylan, leyendo mi cara como un libro abierto.

Solo puedo sacudir la cabeza mientras lo observo todo.

—La primera vez abruma. Bueno, las primeras veces. Pero, con el tiempo, no será para tanto.

—¿Cuántas veces has estado tú en un sex shop? —pregunto, preguntándome exactamente cuánto no sé de él.

—Solía trabajar en uno.

—¿Qué? Pensaba que eras panadero.

—Lo era. Pero también necesitaba un trabajo a tiempo parcial, y era el único sitio donde contrataban. Solo fue durante un verano. Un verano increíblemente informativo.

—Seguro que sí —digo, con las palabras goteando sarcasmo. ¿Qué es este sentimiento? ¿Celos? ¿Tengo celos de que Dylan tuviera una vida antes que yo... de que aprendiera a usar juguetes con alguien antes que conmigo?

Sí. Sí, los tengo.

Guardo ese pequeño dato para reflexionar más tarde. No recuerdo ninguna vez en la que haya tenido celos de parejas sexuales pasadas. Si soy totalmente sincera, no sé si alguna vez me importó lo suficiente como para estar celosa.

—Vale, señor experto, guía el camino. —Lo sigo al interior de la tienda, y la intimidación se convierte lentamente en algo que me calienta la sangre y me acelera el corazón.

Nos detenemos ante la pared del fondo, que está completamente llena de cualquier cosa que puedas desear para el sexo anal.

—¿Qué es lo mejor para empezar? —pregunto, preguntándome cómo algunas de estas cosas pueden siquiera caber en un cuerpo humano.

—Algo así —dice Dylan, señalando un juego de tres plugs anales de color magenta; el primero apenas es más ancho que mi pulgar, y el más grande es unas tres veces mayor, ambos con una base ancha.

—Pero eso no es ni de lejos tan grande como tú.

—Y por eso compraríamos algo como esto para después de que hayamos probado esos. —Coge una ristra de bolas anales, que empiezan siendo pequeñas en la punta y van aumentando de tamaño hasta la última, que es más o menos del tamaño de una bola de golf.

—Sé que parece raro, pero se siente muy bien al salir, Isla.

—Tendré que confiar en ti en eso.

—También podemos comprar un consolador que sea más o menos del mismo tamaño que nosotros para ayudarte a acostumbrarte a la sensación antes de que lo intentemos por primera vez.

—Vale —susurro; el calor acumulado en mi interior es casi insoportable.

—Oye. —Desliza un dedo bajo mi barbilla, inclinando mi cara hacia la suya—. ¿Estás bien? No tenemos que comprar nada de esto si no quieres.

Me está malinterpretando. Siento como si mi cuerpo estuviera en llamas, con los latidos de mi corazón palpitando entre mis piernas. —Estoy bien. Coge lo que quieras. Tenemos que irnos.

La comprensión brilla en sus ojos y sus mejillas se sonrojan, con las pupilas totalmente dilatadas. —Vete a esperar al coche —dice, entregándome las llaves—. Seré rápido.

Lo sigo con la mirada mientras sale de la tienda; veo la sorpresa en sus ojos cuando me ve en el asiento del conductor y luego su sonrisa de complicidad. Salgo de la plaza de aparcamiento antes de que se haya abrochado el cinturón.

—¿Prisa por algo? —pregunta inocentemente, parpadeando con esos grandes ojos marrones.

—Tengo tanta prisa que he reservado un hotel.

La sonrisa de Dylan es radiante.