Isla (La Secuencia del Amor 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

D ylan me sostiene la toalla abierta mientras salgo de la ducha, envolviéndomela alrededor de los hombros y usando otra para escurrir el agua de mi pelo.

La ternura de su toque hace que las lágrimas me escuezan en los ojos.

He tenido su polla entre mis labios hace menos de dos minutos, y aquí está él, secándome suavemente, cuidándome.

Hace que lo que hemos hecho —lo que vamos a hacer— parezca sagrado. Casi religioso.

—Calentaré la cena mientras te vistes —dice, poniéndose el pantalón del chándal y dejándolo caído a la altura de la cadera.

—Vale —susurro, mirándolo, sabiendo que tengo estrellas en los ojos y sin que me importe un bledo.

Este hombre me tiene comiendo de su mano y me encanta.

Me dedica una sonrisa ladeada y me besa con ganas antes de salir del baño.

Me presiono los labios hinchados con los dedos, girándome hacia el espejo.

La mujer que me devuelve la mirada no puede ocultar el rubor que le sube por las mejillas.

Hay un brillo extra en esos ojos verdes.

Un secreto tras esa sonrisa. Maldita sea.

Estoy en un buen lío. Me pongo el pijama y me paso un peine por el pelo, dejándolo suelto para que se seque al aire.

Recorro el corto pasillo hasta la cocina y asomo la cabeza por la esquina.

Dylan está junto a los fogones, removiendo algo en una olla grande, con dos cuencos al lado sobre la encimera.

—¿En qué puedo ayudar? —pregunto, observando cómo los músculos de su espalda se mueven con cada rotación de la cuchara. Me mira de reojo y luego se queda mirándome fijamente.

—¿Eso son cobayas? —pregunta, recorriendo mi cuerpo con la mirada, con las cejas casi tocando el nacimiento del pelo.

Miro mi pijama favorito, sin darme cuenta de lo ridículo que debe de parecer hasta este preciso momento. —No son precisamente sexis, ¿verdad? —me río encogiéndome de hombros.

—Podrías llevar un camisón victoriano hasta los pies y seguirías siendo sexi —dice, sirviendo el contenido de la olla en los cuencos—. Pero tengo que preguntarlo: ¿por qué cobayas?

—Tenía una cuando era pequeña. Se llamaba Little Bit. Era mi mejor amiga, la verdad. Me puse fatal cuando murió. —Cojo el cuenco de guiso que me tiende.

—¿Nunca tuviste otra? —Agarra dos cucharas y me guía hacia el salón.

—No. Y luego crecí y no tenía tiempo ni para cuidarme a mí misma, mucho menos a una mascota.

—¿Y ahora? —Dylan se sienta y me mira con esos ojos de color marrón chocolate.

—¿Ahora? —pregunto arqueando una ceja—. Supongo que no he pensado mucho en ello.

—Deberías. —Me hace un gesto para que me siente y señala las dos copas de vino que hay en la mesa de centro—. Me he tomado la libertad de abrir una botella de vino que he encontrado. Espero que no te importe.

—Está perfecto. Gracias, Dylan.

—De nada, Pecas. ¿Qué vemos? —Coge el mando y enciende la tele, navegando por las aplicaciones.

—He estado queriendo ver esta nueva serie de Netflix que se llama Engaños . ¿La has visto?

—No, todavía no. —Busca la serie y pone el primer episodio antes de dar un bocado a la comida—. Dios, esto está buenísimo —gruñe, entornando los ojos mientras mastica.

—¿Tú también cocinas? —pregunto, dándome cuenta de que nunca antes lo había visto cocinar nada.

—Solo si es algo sencillo, como un huevo frito o un sándwich de queso. Pero me encanta la repostería. Trabajé en una panadería cuando tenía diecisiete años.

—¿Qué es lo que más te gusta hacer? —pregunto, intentando imaginar a una versión más joven de él cubierto de harina, amasando una hogaza de pan.

—Bagels, probablemente.

—Hace una eternidad que no como un bagel —gruño, prácticamente salivando.

—Habrá que ponerle remedio, ¿no?

Los dos terminamos de comer al mismo tiempo, sumiéndonos en un silencio cómodo mientras vemos la serie.

Es un misterio de asesinatos que nos engancha rápido y, antes de que nos demos cuenta, ya vamos por el tercer episodio y estoy acurrucada en los brazos de Dylan mientras estamos haciendo la cucharita en el sofá. Es agradable. Más que agradable.

A medida que pasa la noche, la tensión entre nosotros crece, acelerando los latidos de mi corazón y haciendo que las mariposas de mi estómago se vuelvan locas.

Cuando ya no aguanto más, finjo que me recoloco para estar más cómoda, pero en realidad es para acercar el culo a su regazo.

Él extiende la mano sobre mi vientre, pegando mi cuerpo al suyo; su polla ya está en posición de firmes.

—¿Por qué no has dicho nada? —pregunto, mirándolo hacia atrás y mordiéndome el labio.

—Porque no quería que pensaras que esa es la única razón por la que quiero estar contigo.

—Sabes que existe eso de ser demasiado amable —digo, volviendo a apoyar la cabeza en su brazo.

—¿No quieres que sea amable?

—Ahora mismo no. —Mi susurro se convierte en un gemido cuando desliza la mano bajo mi camiseta y me acaricia el pecho.

Arqueo la espalda, presionando contra su mano.

Gruñe desde lo más profundo de su garganta, y el sonido hace que se me ponga la piel de gallina por todo el cuerpo.

Me giro para mirarlo y él me acaricia la mejilla, bajando la mano por mi hombro, por mi espalda y sobre mi trasero, agarrando la parte posterior de un muslo para pasar mi pierna por encima de su cadera.

Con un movimiento fluido, nos maniobra para que su espalda quede plana sobre el sofá y yo esté a horcajadas sobre sus caderas.

—Eres tan jodidamente guapa —jadea, tirando de un mechón de mi pelo, mientras el dorso de sus dedos roza mi pezón.

—¿Incluso con mi pijama de cobayas? —bromeo, inclinándome sobre él, con mi pelo creando una cortina alrededor de nuestras cabezas.

—Especialmente con tu pijama de cobayas —dice, bajando el tono de voz mientras desliza el pulgar por mis labios.

Me bajo al tiempo que él se eleva, y nuestras bocas colisionan en una guerra de dientes y lenguas.

Me pierdo en la sensación de su cuerpo contra el mío, en la forma en que me sostiene la cara como si fuera algo preciado y fugaz que pudiera desaparecer en cualquier momento.

Me hace sentir valorada y deseada y... y amada .

El corazón me da un vuelco al asimilar ese pensamiento.

Me separo de él, intentando recuperar el aliento.

—¿Estás bien? —pregunta, estudiándome con preocupación en los ojos.

—Más que bien —digo con sinceridad, incapaz de contener la sonrisa.

—Bien —dice, devolviéndome la sonrisa—. ¿Llevamos esto al dormitorio?

—¿Para qué querríamos hacer eso? —pregunto, balanceando mis caderas contra él.

—Joder, Isla —gruñe, estirando las manos para apretar mis pechos, haciendo rodar mis pezones entre sus dedos.

Una descarga de lujuria me recorre la columna, el deseo chisporrotea por mis venas como electricidad antes de asentarse en la parte baja de mi vientre, una bola de necesidad pura y dolorosa.

Sus ágiles dedos desabrochan los botones de mi parte de arriba y me la quita de los hombros.

Apoyando las piernas a un lado, se incorpora, apoyándose en el respaldo del sofá y atrayéndome hacia sí.

Hunde la cara entre mis pechos, respirando mi aroma antes de atrapar un pezón con la boca y rodearlo con la lengua.

—Nunca volveré a mirar tus tetas de la misma manera.

Lo sabes, ¿verdad? Aquella noche fue jodidamente increíble.

—Cambia su atención al otro lado, adorando mi cuerpo.

Adorándome a mí . Haciéndome sentir como la mujer más deseada del planeta Tierra.

Me mira como la gente mira una puesta de sol única en la vida.

Bañándose en mí, bebiéndome como si fuera el elixir de la vida y él estuviera a las puertas de la muerte.

La reverencia en su tacto derriba mi ya desmoronado muro de dudas, allanando un nuevo camino hacia algo con lo que solo he soñado.

—Llévame al dormitorio, Dylan —murmuro, con la emoción bloqueándome la garganta—. Hazme el amor.

—¿Lo dices de verdad, Isla? —pregunta, pegando su frente a la mía, con la esperanza aflorando—. Lo de hacer el amor, quiero decir —aclara, pasando un dedo por mi mejilla.

—Sí. No creo haber dicho nada tan en serio en toda mi vida.

—Gracias a Dios —suspira. Atrayéndome más, me mete la mano en el pelo, ladeándome la cabeza para conseguir el ángulo perfecto.

Sus labios son suaves, su lengua es como terciopelo.

Se levanta de repente, envolviendo mis piernas alrededor de su cintura y llevándome al dormitorio—.

Esta cama no es ni de lejos lo bastante grande para lo que quiero hacerte —refunfuña, mirando con desdén el pequeño colchón individual.

—O es esto, o volver a la casa con tus hermanos. Tú decides.

—Ni hablar. No quiero estar cerca de ellos esta noche. Esto es cosa tuya y mía, Isla.

—Tuya y mía —repito, trazando su mandíbula con los dedos. Camina hasta el borde de la cama y me deja en el centro, empujándome contra las almohadas. Doy un suspiro tembloroso mientras él engancha los dedos en la cinturilla de mi pantalón de pijama y me lo quita, dejándolo caer al suelo.

—Ahora tú —susurro con voz temblorosa. Da un paso atrás y se baja el pantalón de chándal, saliendo de él y quedándose ahí de pie; los dos nos miramos con absoluto y total asombro.

—¿Eres real? —pregunta con la voz quebrada—. ¿Es esto real?

Me bajo de la cama y le cojo la mano, presionando su palma contra mi corazón. Levanto la mano y hago lo mismo con él, y nos quedamos allí parados, con los corazones acelerados, apenas respirando.

—Dios, te quiero —suelta él con voz ahogada, acunando mi rostro entre sus manos, besándome como si hubiera estado esperando este momento toda su vida.