Isla (La Secuencia del Amor 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

E l sol apenas asoma su adormilada cabeza por el horizonte cuando salgo al exterior, cerrando tras de mí la puerta de la cabaña.

Hace un frío inusual para esta época del año; ni siquiera mi parka y mi bufanda logran protegerme de la helada mientras subo por el sendero hacia la casa principal.

Le envío un mensaje a Henry por tercera vez esta mañana.

No hay respuesta. Llamo suavemente a la puerta principal, con la esperanza de que se esté poniendo las zapatillas y esté listo para ir al gimnasio.

Estoy a punto de llamar otra vez cuando el brazo de Henry sale disparado y me mete dentro de un tirón.

—Lo siento, Isla. No he oído la alarma —se disculpa, llevándome escaleras arriba hasta su habitación—.

Solo tardaré dos segundos en estar listo.

—Mi cerebro es incapaz de articular una respuesta, mi mirada se ha quedado clavada en la extensión de piel templada por el sueño a pocos centímetros de mí.

Aprieto los puños, resistiendo el impulso de alargar la mano.

—Isla. Mírame —dice él, con la voz ronca por el sueño.

No me atrevo, asustada por lo que pueda ver—.

Isla. —La orden en su voz me obliga a levantar la vista; el deseo puro que brilla en sus ojos me hace retroceder un paso—.

Buena chica. —Sostiene mi mirada mientras se pone una camiseta vieja—.

Ahora que estoy vestido y fuera de peligro, ¿a qué ha venido eso?

—pregunta, acercándose tanto que tengo que estirar el cuello para mantener el contacto visual.

Me aclaro la garganta. —Pensaba que necesitarías otra capa de ropa. Hace frío ahí fuera.

—No, no pensabas eso.

Mierda. —Pensaba en meterme bajo esas sábanas y entrar en calor. —Él arquea una ceja y me atrapa las manos desde donde las tengo cruzadas sobre el pecho.

—Dios, estás helada.

—Te he dicho que hacía frío... —Suelto un chillido cuando me agarra por la cintura y me lanza sobre la cama—. ¡Mis botas!

—Es el día de la colada, así que voy a lavar las sábanas de todos modos —dice él; el colchón se hunde cuando se tumba detrás de mí y nos cubre con la manta—. ¿Puedo...?

—Sí —susurro, sin tener ni idea de qué me está pidiendo, pero consciente de que le diría que sí a cualquier cosa que me pidiera ahora mismo.

Su mano ancha se extiende sobre mi cadera y me pega a su cuerpo, rodeándome con sus brazos.

Me derrito bajo su calor, encajando mis dedos congelados entre su antebrazo y su bíceps.

—¿Mejor? —pregunta, apoyando la barbilla en la coronilla de mi cabeza.

—Ahora que sé que eres un horno con forma humana, puede que me aproveche de ti.

Su risa resuena a través de mí como el whisky, prendiendo fuego a mis terminaciones nerviosas. —Eso me gustaría.

La tensión se desliza a nuestro alrededor como una serpiente, dificultando la respiración.

—Hoy no estás tan espinosa —reflexiona, y el calor de su aliento me acaricia la oreja—.

Eres más bien como una zarza repleta de moras.

Sabes que vas a acabar hecho trizas, pero vale la pena por ese dulce estallido de zumo en la boca.

Suelto un bufido. —Podrías ser poeta —digo, con las palabras goteando sarcasmo.

—Isla, una moza de las Tierras Altas de gran distinción, con pelo de fuego y pecas en su mano de pasión. Sus ojos verdes brillaban con picardía y alegría, en un castillo en lo alto, libre y salvaje vivía.

Se me cae la mandíbula. Me giro en sus brazos para mirarlo. —¡Eso ha sido bueno de verdad!

—Me siento un poco ofendido por tu sorpresa —se ríe, con los ojos azules chispeantes.

—Es que... —Me detengo antes de decir algo ofensivo—. ¿Escribes poesía a menudo?

—Escribo desde primaria. Sobre todo canciones, pero supongo que eso cuenta como poesía.

—¿Me escribirás una canción? —pregunto, incorporándome, entusiasmada con la idea. Henry arquea las cejas y su mirada se suaviza. Dobla el brazo tras la cabeza, haciendo que su bíceps se abulte de forma obscena.

—Sí. Me encantaría escribirte una canción.

Doy una palmada. —Perfecto. Estoy impaciente. —Miro mi reloj—. Probablemente deberíamos irnos. Puede que sea demasiado tarde para nadar, pero podríamos ir al gimnasio y luego tomar un café en la cafetería.

—Suena bien. Dame un minuto para prepararme.

—Se incorpora y me besa en la mejilla antes de desaparecer en el baño.

Me cubro la mejilla con la mano después de que cierre la puerta, atónita ante el abanico de emociones que rebotan en mi cerebro.

Respiro hondo y me obligo a recuperar la compostura.

A fin de cuentas, técnicamente no es más que otro turista que acabará marchándose.

Aún puedo sentir su mano en mi cadera, la forma en que sus dedos han rozado mi vientre.

Sé en el fondo de mi alma que me trastornaría la existencia por completo y luego me rompería el corazón al volver a Estados Unidos.

Guardo mis sentimientos en los rincones más profundos de mi corazón y me bajo de la cama, bajando las escaleras antes de hacer alguna estupidez como meterme con él en el baño.

—¿Quieres conducir tú? —le pregunto, agitando las llaves en el aire mientras él baja las escaleras trotando con un chándal azul marino.

—¿En serio?

Me encojo de hombros. —Si quieres. —¿Qué narices me pasa? Nunca dejo que nadie la conduzca. Jamás.

—¿Confías en mí?

Con mi vida , dan ganas de decir, pero cierro la boca y le lanzo las llaves. Me sacudo mentalmente. Contrólate, MacLeod.

A Henry le cuesta un par de kilómetros pillarle el tranquillo. Se le ve tan feliz que no digo ni una palabra cuando pasamos de largo por delante del gimnasio. Al cabo de unos diez minutos, le indico dónde girar para dar la vuelta.

—¿Por qué no me has dicho que nos lo habíamos pasado? —pregunta él, dándose cuenta de inmediato.

—Te lo estabas pasando demasiado bien conociéndola como para terminar tan pronto.

Frena y me mira, con el pelo oscuro y revuelto ondeando al viento y una gran sonrisa en la cara. —Gracias, Isla. Hacía mucho tiempo que no conducía un coche así.

—¿Solías echar carreras con Theo? —pregunto, intentando mantener la respiración bajo control mientras me agarra la mano y la pone sobre su regazo.

—En otra vida. Tenía dieciocho años y pensaba que podría medirme con los grandes. —Lleva nuestras manos a la palanca de cambios, pasando las marchas a medida que aceleramos. Maldita sea.

—¿Qué pasó?

—Theo tuvo un accidente y me pegué un susto de muerte. Verlo en aquella cama de hospital me hizo ser consciente de los riesgos. Decidí que quería estar vivo para tener una familia algún día. Nunca volví a correr.

Tengo ganas de preguntarle qué le pasó a Theo, pero sé que significará más cuando —si es que lo hace— se abra y me lo cuente él mismo. Henry sigue mis indicaciones y entra en el aparcamiento, agachándose para ver bien el edificio.

—Habías dicho que era un gimnasio pequeño.

—Lo es. Bueno, al menos empezó así. —Tecleo el código en la puerta y Henry me la abre, siguiéndome al interior mientras nos recibe un coro de saludos—. Henry, estos son todos. —Alzo la voz—: ¡Chicos, este es Henry! —Él los saluda con la mano, con una sonrisa tímida y un poco boba en la cara.

—¿Quieres que nos veamos aquí dentro de una hora? —pregunto, consultando mi reloj.

—Pensaba que íbamos a entrenar juntos —dice él, con la voz teñida de decepción.

Ah. —Eso parece una idea horrible —suelto sin pensar.

—¿Tan malo soy? ¿Huelo mal? —pregunta, con aspecto horrorizado.

—No —gruño, agarrándolo de la mano y arrastrándolo hacia las jaulas de sentadillas para que no montemos un numerito—.

Solo entrenaré contigo si me enseñas cómo conseguir unos cuádriceps como los tuyos.

—Henry se sienta en un banco, quitándose la sudadera para revelar una camiseta deportiva ajustada.

Dios. Esto va a ser una puta tortura absoluta.

A continuación se quita el pantalón de chándal, dejando a la vista unos pantalones cortos que muestran perfectamente los músculos marcados de sus muslos.

—¡Vaya, chaval, qué fuerte estás! —grita Lach desde el otro lado del gimnasio, moviendo las cejas cuando lo miro horrorizada.

—Eso viniendo de él es un cumplido —digo, con las palabras amortiguadas mientras me saco el jersey por la cabeza.

Él esconde la cara entre las manos, mirándome entre los dedos. —Maldita sea, Isla.

—¿Qué? —Me miro el sujetador deportivo, asegurándome de que todo esté en su sitio.

Siento su hombro cálido bajo mi palma mientras lo uso para mantenerme estable al quitarme las zapatillas y bajarme los pantalones de yoga; lo doblo todo y lo apilo con esmero al final del banco, esperando a que él haga lo mismo.

Se levanta sin mirarme, dejando su ropa junto a la mía.

—¿Qué va primero? —pregunto, intentando que no se me note la sonrisa mientras mira a cualquier parte menos directamente a mí.

—Suelo empezar con zancadas búlgaras.

—¿No son esas en las que pones el pie en un banco detrás de ti y haces la sentadilla con una sola pierna? ¿Así?

Él se pone de espaldas a mí y echa la cabeza hacia atrás, mirando al techo.

—¿Es que no vas a mirarme en todo el rato?

—¿Cómo dice el dicho? ¿Sácate un ojo si te hace pecar?

—Si es así, podemos sacárnoslos juntos, porque yo llevo pecando desde que te has quitado el chándal.

—No me lo estás poniendo nada fácil.

—Somos adultos. Yo he elegido ponerme esto. Es con lo que entreno siempre. —Él no dice nada—. Te doy permiso explícito para que me mires, Henry.

Finalmente se gira. —Joder —dice en voz baja, con una mirada que es como electricidad chisporroteando sobre mi piel—. Creo que tenías razón. Sería mejor que entrenáramos por separado.

—¿Te asusta un poco de tensión? —le provoco.

—¿Un poco? —Se acerca más, acorralándome contra la jaula de sentadillas—.

Esto no tiene nada de «poco». —Ni siquiera tiene que tocarme para que mi cuerpo responda ante él.

Mis pezones se endurecen bajo su mirada; la energía que vibra entre nosotros se instala en mi vientre, ardiendo como un incendio forestal por mis venas.

—Vente conmigo a la cabaña —suelto, con la lujuria desatada emborronando cada límite.

—Todavía no. —Me agarra la muñeca antes de que pueda escabullirme, con el orgullo herido—. Esto es algo más que eso, Isla, y lo sabes. —Me toca la barbilla con el dedo, obligándome a sostenerle la mirada.

—¿Y si yo no quiero nada más que eso? —pregunto.

—No mientas.

—Henry...

—Mira. Ya es tarde. —Levanta las manos en señal de rendición—. Esa personalidad espinosa tuya ha clavado sus garras en mi corazón y no piensa soltarlo. Mírame a los ojos y dime que no quieres esto, y te dejaré en paz. —Retrocede un paso como para demostrarlo.

No puedo hacerlo porque lo quiero más que a nada. —Te haré trizas —susurro.

—Y me encantará cada segundo.