9 #2
—Así como con las espadas —explica Douglas acercándose a la repisa donde están exhibidas las armas—, contamos con pistolas que llevan explosivos en las balas. Al impactar contra el objetivo, estás explotan soltando plata líquida en su sistema, lo que logra debilitarlos en gran medida.
—Bueno, sí que han mejorado los avances desde que me fui —dice al fin Jenkins, examinando la espada.
—No nos hemos detenido, nuestro propósito es ganar esta guerra a cualquier medida.
—¿Cualquier medida? —La voz de David es fría como el hielo.
—Sí, cualquier medida —responde el hombre apartando la vista de Jenkins.
—Ahora pasemos a los explosivos —dice señalando otra repisa—.
Los redondos azules, son de luz ultravioleta.
Para activarlos deben llevar protectores en los ojos, ya que la luz emitida es muy fuerte.
Estos logran reducir a cenizas a los convertidos y herir de gravedad a los originales.
Los rojos que están a la derecha, al explotar expulsan partículas de plata que se adhieren a la piel, para los convertidos representa un dolor terrible, al igual que para los originales.
Logrará debilitar a un gran grupo. Por último, las verdes, si llegan a activar una de esas, más les vale correr a una distancia segura.
Se demoran diez segundos en detonar, pero se llevan todo a su paso. Es el último recurso.
Anonadada. Así se siente Catarina mientras detiene sus ojos lentamente por cada arma en esa repisa. La cantidad de recursos con la que cuentan es impresionante.
Thomas estaría vivo hoy día si hubiesen contado con algo de esto. Ellis... ¿Cuántas vidas se habrían podido salvar?
—¿Por qué? —pregunta. Puede sentir el hormigueo de la ira invadir cada poro de su cuerpo. Aprieta tan fuerte la empuñadura del sable que sus nudillos están blancos.
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué tener todo este armamento y no usarlo en pos de los que están allá afuera muriendo? —Siente la rabia palpitar en su voz, y abrirse en su pecho como fuegos artificiales.
—Sí lo usamos —responde el hombre—. En misiones específicas.
No podemos darnos el lujo de salvar a todos solo porque sí, no llegaríamos a ningún lado.
Además, no es fácil producir estas cosas, niña.
Somos selectivos, miramos el panorama general y actuamos acorde a ello.
—Una respuesta evasiva y miserable, copia de la que les dio Alana al llegar—.
Si no tienen otra inquietud, los voy a dejar para que practiquen —camina hasta la puerta y se da media vuelta—.
Dentro de dos horas les entregaremos el plan de misión.
Hasta entonces, traten de no quemarse por favor —dirige una horrible sonrisa y sale de la habitación.
Desaparece por el mismo pasillo que Alana.
—Y bien, ¿qué hacemos? —pregunta Steve, ansioso como siempre.
—Vamos a practicar en parejas con las espadas, salir a la misión es inevitable. Lo mejor es estar preparados —dice David—. Carlo y Miriam, Amy y Steve. Owen, Catarina y yo haremos equipo. Empiecen.
“Por supuesto que me iba a poner en su equipo” , piensa.
Catarina está convencida de que Jenkins disfruta de ver la incomodidad reflejada en su rostro.
Y justo con Owen. Cada vez que piensa en el beso con David las rodillas le tiemblan, pero a la vez siente algo de remordimiento al ver a Owen.
El mundo está lleno de vampiros y ella ahí, con un dilema amoroso.
Si Thomas viviera estaría riéndose de lo lindo.
Alrededor los demás ya empezaron a practicar con las espadas encendidas, el zumbido del láser se adueña del lugar.
Clava sus ojos en el rostro barbado de Jenkins esperando las indicaciones.
La adrenalina comienza a adueñarse de ella, el hormigueo habitual que antecede la batalla, lo siente en su barriga y piernas.
—Bien, trabajaremos en la secuencia de ataques —dice David al pelirrojo y a Cat—. Primero ustedes dos me atacarán a mí, luego iremos intercambiando, ¿está claro?
Owen y Cat cruzan una mirada de duda, pero sabiendo como es Jenkins terminan asintiendo y poniéndose en guardia
—Muy bien, enciendan sus espadas —dice mientras se coloca en posición defensiva levantando un poco el sable de manera horizontal.
Obedecen sintiendo la vibración en las manos y el zumbido en los oídos. El pelirrojo se acomoda al lado derecho de Jenkins mientras que Cat toma el lado izquierdo.
Cat aprieta fuertemente la empuñadura, deja escapar algo de aire, cuenta hasta diez y se lanza al ataque. Avanzan con movimientos básicos, y a medida que se mueve en círculos mientras bate la espada en sus manos, puede sentir como la ira y frustración se van apoderando de ella lentamente.
En su cabeza las muertes de Thomas y Ellis se reproducen una y otra vez. La sensación de impotencia, frustración y derrota corroe sus venas como un veneno. Siente la fuerza en los brazos, y el zumbido ha desaparecido de sus oídos; está completamente sumergida en sus pensamientos.
Sigue atacando sin descanso, el sudor baja libre por su rostro y pecho, su respiración se agita, y el corazón le bombea desmedido.
Está por dar la estocada final cuando una mano le presiona con fuerza el otro brazo.
Se gira, lista para dar un golpe, pero se encuentra frente a frente con el rostro desconcertado de Owen.
Sus ojos verdes abiertos la miran con impresión.
De inmediato se da cuenta de que la mirada de todos está fija en ella, la ven con desconcierto. Baja el brazo y se gira con el pecho agitado hasta quedar al frente nuevamente. Entonces ve a Jenkins tendido de rodillas a sus pies con un hilo de sangre corriendo por su labio.
En ese momento se da cuenta de que estuvo a punto de herirlo de gravedad.
Deja caer la espada a su lado, el estruendo de la plata resuena en el silencioso salón. El aire no llega con suficiente rapidez a sus pulmones, la habitación de repente se siente pequeña, necesita salir.
Camina tan rápido como le dan los pies hasta la puerta, y de ahí apresura en dirección a la recámara en donde durmieron la noche anterior.
La presión en su cabeza va en aumento con cada paso que da, así que, en un movimiento, suelta la cola de caballo que sujetaba su cabello, permitiendo que caiga libre por sus hombros.
Llega a la recámara y se sienta en el borde de la cama, toma una gran bocanada de aire. Presiona sus ojos con una mano mientras su pie se agita incontrolable contra el suelo. Escucha la puerta abrirse y cerrarse, seguido de los pasos de unas botas acercándose.
—Lo siento —solloza sin siquiera levantar la vista, no necesita ver para saber que tiene a David al frente.
—¿Por qué?
—¿Lo dices en serio? Pude haberte matado…
O al menos herirte de gravedad. ¡Y tú lo permitiste!
pudiste haberme apartado o empujado, ¿por qué no hiciste nada?
—Su voz sale entrecortada a pesar de los esfuerzos de controlarse.
Aprieta las manos para disimular el temblor que no ha desaparecido.
Jenkins se sienta a su lado y coloca su mano sobre la de ella temblorosa y sudada.
Catarina puede sentir los callos de sus palmas, esos que solo se obtienen por años empuñando una espada.
—Porque sabía que lo necesitabas. Necesitas expulsar toda esa frustración y rabia.
Ellis murió, Thomas murió. Nosotros seguimos aquí y mientras siga así la lucha no se acaba.
Solo nos queda llevarlos en nuestros sueños y tener la esperanza de que sus muertes no hayan sido en vano.
Se que todo lo que ocurre aquí puede ser difícil de procesar…
pero debemos mantenernos juntos y sacar lo que nos oprime. Ahora dime, ¿funcionó?
Sin decir nada, apoya la cabeza sobre su hombro y al fin deja escapar el llanto que estaba martillando en su garganta. Jenkins coloca su mano izquierda sobre la espalda temblorosa de Cat y la envuelve en un abrazo. Puede sentir su olor, sus músculos muy pegados a su piel.
Toma una gran respiración, se separa unos cuantos centímetros de él y levanta el rostro. Su ojo gris está fijo en ella, puede leer el deseo en cada poro de su piel. Con la mano que antes sujetaba la suya, seca con delicadeza las lágrimas, rozando por último el labio inferior de Catarina.
En ese momento siente que el mundo se paraliza, todo su cuerpo, antes tembloroso por la frustración, quiere lanzarse sobre él, pero no es el mejor momento, no después de estar tan angustiada.
Así que, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se pone de pie.
Separarse de él en ese momento, sin duda es una de las cosas más difíciles que ha hecho.
—Deberíamos regresar, Douglas volverá en cualquier momento y sé que no se alegrará de que estemos caminando por ahí. Ya me siento mejor —le dice Catarina aún con la vista fija en los labios de él.
—Lo que tú quieras Catarina —responde con una mirada profunda, que hace que sus piernas vuelvan a temblar—. Adelántate, ya te alcanzo luego.
Sale de la habitación, y camina mientras acomoda su cabello en esa característica cola de caballo. Respira hondo varias veces, y aparta los pensamientos de David y sus músculos tan cerca de ella.
Una vez de vuelta en el cuarto de entrenamiento, Amy corre enseguida a su lado, está bañada en sudor y la inspecciona con sus enormes y expresivos ojos.
Una ola de vergüenza comienza a apoderarse de su cuerpo.
Todos son soldados con experiencia, todos son mayores, y todos de alguna forma sienten la misma angustia, pero solo ella explotó.
No puede evitar sentirse inmadura e inestable.
—¿Te encuentras mejor? —pregunta Amy.
—Sí, gracias… solo estaba...