8 #3
—¿Qué hay de la niña que salvó Thomas? ¿Estás diciéndome que su sacrificio fue en vano?
No, Catarina. Yo prefiero salir y tratar de brindarle una segunda oportunidad a alguien, dar mi vida para que los niños tengan el chance de ver un día más.
—Se acerca a ella y levanta su barbilla con el dedo índice—.
¿Tú que quieres? —pregunta— ¿Luchar o rendirte a tus demonios?
—Rendirme no. Salvar personas —murmura con la vista clavada en su ojo gris—.
Lo volvería arriesgar todo por intentar salvar a la niña.
No me siento culpable por ello. Cuando mis padres murieron…
Estuve sola por mi cuenta un tiempo, cada día que lograba sobrevivir era un triunfo.
Muchos fueron indiferentes a mí sufrimiento, me ignoraron, me dejaron para que muriera o no se tomaron más de dos segundos mirando en mi dirección...
Hasta que alguien se apiadó de mí. Me propuse hacer lo mismo por cada niño que vea.
—Muy bien Catarina. —Recoge un mechón del cabello de ella y lo pone detrás de su oreja.
El corazón le late desmedido y siente como la sangre fluye directo a sus mejillas—.
Esa es la razón por la cual te escogí en mi equipo.
Asesinos ya hay muchos, gente que sepa manejar una espada, o disparar sin pensarlo...
pero un corazón bondadoso y alguien capaz de sacrificarse por los demás, es muy raro encontrarlo hoy día.
Yo solía conocer a alguien así... Hace mucho tiempo.
De repente está increíblemente cerca, sus dedos juegan con los mechones cafés del cabello de Cat y no sabe por qué razón su cuerpo se niega a moverse.
Una ola de calor la golpea, y sus manos están empezando a temblar.
Sus dedos abandonan el mechón de cabello pasan a su mejilla y antes de que siquiera pueda reaccionar, sus labios besan los de Cat.
Tierno al principio y poco a poco apasionado.
Muchas cosas se arremolinan en el pecho de la joven, toda la presión del día anterior, la información reciente.
Se abandona al beso, sus manos, como por voluntad propia, viajan a su nuca y su cabello. Catarina juega entrelazando en sus dedos, mientras que los de él la aferran con fuerza en la cintura. Muy despacio separa sus labios de ella y en ese momento la realidad la golpea con fuerza.
“Estoy besando al jefe”, “¡Oh, por Dios! ¿Qué he hecho?”.
Lo aparta con gentileza y nota en su rostro una mirada entre diversión y confusión. Abre y cierra sus manos en busca de qué decir.
—Oh, bueno, gracias... por todo... yo, debo ir a dormir ahora —tartamudea Catarina mientras retrocede dos pasos. Él la mira con una media sonrisa.
Da media vuelta, consciente que le acaba de agradecer que la besara y deseando que la tierra se la tragara. Camina a paso rápido y vuelve a entrar en la habitación, se mete en la cama cubriéndose con la áspera cobija de pies a cabeza e increíblemente se queda dormida.
Alana abre la puerta de la habitación conjunta; vestida de pies a cabeza con un traje blanco a medida, que sabrá dios de dónde lo sacó en estos tiempos.
Los despierta cuando el reloj de la pared marca las cuatro de la madrugada.
Después de un baño y el desayuno igual de sustancioso que la comida de la noche anterior, se reúnen en el salón esperando la continuación del discurso.
Sin embargo, Jenkins no está con ellos. Los ojos de Catarina recorren toda la habitación con la taza de té en las manos, pero no hay señales de él.
Al parecer se levantó primero que todos y se reunió con la mujer desde muy temprano
“¿Qué estará pensando?, ¿cómo pude permitir que eso pasara?”.
—Cat, ¿en qué piensas?
—Ah, en nada, Amy. Solo me pregunto cuánto tiempo más nos harán esperar —miente dándole sorbos a su té.
Las puertas dobles de metal se abren con un chirrido ligero, y a través de ellas entra Jenkins seguido de Alana, vienen hablando de algo en tono muy bajo, algo solo para ellos, que hace que la mujer se ría abiertamente.
El estómago de Cat hormiguea así que aparta la vista, clavándola en su taza de té que ya está vacía.
Owen y Steve están sentados en frente de ella, a la izquierda Carlo y Miriam.
—Espero que todos hayan descansado bien, y que hoy, ya con los ánimos más calmados, podamos terminar de hablar —comienza a decir Alana—. Hay una situación para la que voy a necesitar su ayuda.
—¿Qué situación? —pregunta Owen.
—Vamos a dejar que Alana hable primero, y después hacemos las preguntas —interviene Jenkins. Owen le hace una seña con la mano a la vez que le lanza una mirada asesina a Jenkins.
Jenkins cruza una mirada con la mujer, esta asiente y enciende las pantallas. En una de ellas aparecen los restos del vecindario que incendiaron. En las demás se ven otras colmenas de convertidos. Hay cientos de ellos en cada una.
Todos son indiferentes a las cámaras que los graban, y en cada colmena, se pueden apreciar restos humanos colgados en los postes.
—Como se darán cuenta, nuestro cubrimiento es casi total en Inglaterra.
Según me informó David, ya están al tanto de lo sucedido en Argentina.
La criatura que se tomó buenos aires es el resultado de los experimentos que se llevan a cabo aquí, en Londres y Berlín.
Los invasores están cambiando, están mutando y por lo tanto se están haciendo más fuertes.
Sabemos que la plata y la luz solar directa los debilita, pero si siguen adaptándose, nada de esto servirá.
Hace una pausa y toca algo en la pantalla, aparecen las fotos de varias personas, la más grande es la del vampiro Edmund, alias: Rex.
—Rex era nuestro puente directo a la cabeza —continúa la mujer—. Por ahora le hemos perdido el rastro, pero sabemos cómo atraerlo. Verán, Rex es muy rencoroso y ustedes redujeron a cenizas a un gran número de sus seguidores.
—¿Nos usarán como carnada? —cuestiona Miriam con la indignación marcada en su voz
—Si, necesitamos que él venga por ustedes.
—¿Qué hay con los demás, las demás fotos? —pregunta Steve.
—Son las cabezas de las demás colmenas, al menos las que tenemos identificadas.
—O sea que, no volveremos a nuestra base —concluye Carlo.
—No por ahora —responde Jenkins.
—Y una vez que tengamos cerca al vampiro ¿Qué? ¿Lo matamos? ¿Lo secuestramos? ¿Cuál es el plan? —vuelve a preguntar Miriam
—No, nada de eso —dice la mujer haciendo un gesto con la mano—. Les daré nuevas armas e implementos tecnológicos. Lo que quiero que hagan es simple: lo atraen, lo engañan, y lo dejan ir. Le colocarán un rastreador. Es todo.
—¿Es todo? ¡Es todo! ¿Por qué no lo hacen ustedes? —explota Carlo—. Nos estás mandando a morir sin siquiera poder defendernos ¡Es una locura!
—Sí nos defenderemos —responde Jenkins—.
Él no vendrá solo, pero tenemos que ser más listos.
Necesitamos acabar con la cabeza de Londres.
Piensen en las miles de personas que son usadas como esclavos, comida o ratas de laboratorio.
Aún no sabemos exactamente con qué fin están creando a los bebés, pero si este plan nos da una posibilidad de hallar una forma de entrar y acabar con eso, ¿no la tomaremos?
—El rastreador —pregunta Cat—, ¿cómo lo pondremos?
—Buena pregunta —felicita la mujer—. Tienen que introducirlo en su cuerpo.
—Tiene que ser una broma —protesta Amy— ¿Cómo sugiere que hagamos eso? ¿Ofreciéndonos como bocadillo?
—Douglas les explicará esa parte más adelante, junto con el uso de las armas que les daremos.
—¿Cómo colocan las cámaras en los barrios de los vampiros? —Quiere saber Owen.
—Eso es información confidencial, lo siento —dice ella desviando la vista.
—¿De dónde sacan los recursos? —vuelve a preguntar Owen— ¿Quien más está a cargo aquí?
—Nuevamente, información confidencial.
Cat ve a Owen y nota que esa respuesta lo dejó aún más intrigado. Amy está inquieta, es la primera vez que la ve así, y no es para menos, todo este plan es una locura.
—Tengo que subir a encargarme de algo —dice Alana—. En un rato Douglas vendrá a hablar con ustedes.
Da media vuelta y sale de la habitación. Todos los ojos de los presentes se clavan en Jenkins, exigiendo algún tipo de explicación.
—Sé que están molestos, y que esto no era lo que esperaban —comienza—, pero por el momento no podemos hacer nada más que seguir sus órdenes.
—Entonces, ¿no podemos solo irnos de aquí? —pregunta Miriam— ¿Somos prisioneros?
—No tenemos armas, ni provisiones, ¿cuánto crees que duraremos afuera por nuestra cuenta?
—Entonces nuestra única opción es la misión suicida. ¡Es una locura! —grita Steve— ¡Nos usarán y nos desecharán!
—Sé que es una locura, pero también sé que podemos hacerlo.
—¿Tú trabajaste aquí con ellos? —interroga Owen.
Jenkins se queda en silencio unos segundos, su semblante cambia, un músculo se tensa en su mandíbula, y sus manos se cierran en puños. La sombra de un recuerdo oscurece su mirada.
—Sí, yo solía ser el segundo al mando en este lugar.