Epílogo
RORY
TRES MESES DESPUÉS
Lo que pasa con enseñar innovación táctica a soldados velkorin es que toman apuntes. No apuntes informales, de garabatear en los márgenes: apuntes meticulosos y organizados que habrían hecho llorar de envidia a mis antiguos profesores del community college.
—El concepto clave aquí —dije, señalando la pantalla holográfica de la Sala de Entrenamiento Tres: mi sala de entrenamiento, asignada oficialmente, con mi nombre en el horario— es la flexibilidad bajo presión.
La doctrina tradicional os da un plan. Lo que yo os estoy enseñando es a tirar ese plan a la basura cuando la situación cambia y a construir uno nuevo en tiempo real.
Treinta soldados me miraban con una intensidad que ya había aprendido a reconocer como comportamiento estándar de aula velkorin. Nadie se removía. Nadie mandaba mensajes por debajo del pupitre. Ningún crío de doce años con una marcadora amenazando a nadie por una pizza.
Los echaba un poco de menos, a los de doce años. Pero eso no pensaba decírselo jamás.
—Podéis retiraros. Mañana corremos el escenario del cañón. Traed vuestras peores ideas. Cuanto más estúpidas, mejor.
Salieron en fila y yo recogí mi material de clase —pantallas tácticas holográficas y cuadernos de espiral, codo con codo, porque hay herramientas que trascienden las fronteras planetarias— y me fui hacia el comedor.
La cafetería iba tomando forma. Me había hecho con un espacio cerca del atrio principal: una esquina que se usaba de almacén y que, según argumenté yo, era un desperdicio de suelo social de primera.
La reforma la estaba haciendo un equipo de soldados que habían ofrecido sus horas libres, en parte porque el concepto les picaba la curiosidad y en parte porque les había prometido acceso prioritario a la carta.
La carta era un trabajo en curso. Las papilas gustativas velkorin no funcionan como las humanas: procesan los sabores amargos como dulces y viceversa, lo que significaba que yo estaba básicamente haciendo ingeniería inversa de todas las bebidas que había preparado en mi vida.
El prototipo actual era una bebida caliente hecha con granos velkorin tostados que a mí me sabía a café extremadamente cargado con un final de miel.
Los soldados que la habían probado estaban enganchados.
La llamé «The Battlezone Brew». Vrex dijo que el nombre era «innecesariamente dramático». Yo le contesté que tenía gracia viniendo de alguien cuya especie les pone a sus hijos nombres como «Talon» y «Krenix».
Tres meses. Tres meses desde que decidí quedarme, y cada día parecía el primer día de una vida que no sabía que me estuviera permitida.
Daba clase de innovación táctica tres días por semana.
Asesoraba en el comité de reforma del código de honor dos días por semana.
Pasaba las tardes en el local de la cafetería, probando recetas y discutiendo con el contratista sobre la distribución de los asientos —asientos cómodos, insistía yo, no de reglamento militar—, porque el sentido de todo aquello era darle a la gente un espacio para no ser soldados durante una hora.
Y hablaba con mi familia. El relé de comunicaciones que había construido Zenir era ya una instalación permanente, y llamaba a Jess todas las semanas y a mis padres cada dos.
Las conversaciones habían evolucionado desde el «explícame otra vez qué es un velkorin» hasta el «¿cuándo podemos ir a visitarte? ».
Y eso iba a pasar de verdad. El mes que viene.
Mi madre y mi hermana iban a coger un transporte del Negociado; yo había negociado una cláusula de visitas familiares en mi acuerdo de ciudadanía, que el Consejo había concedido con la tolerancia perpleja de quien no acaba de entender el concepto de «familia política» pero está dispuesto a acomodarlo.
Vrex estaba nervioso por conocerlas. Vrex, el guerrero que había derrotado a Krenix en combate singular, que mandaba una división de dos mil soldados, que había librado una guerra de tres años y la había ganado, estaba nervioso por conocer a mi madre.
—Es tu progenitora —había dicho, como si eso lo explicara todo—. En la cultura velkorin, la aprobación de la familia de una compañera de vínculo es...
—Vrex. Mi madre mide un metro cincuenta y siete y su mayor preocupación es si comes suficiente. No te va a pasar nada.
—¿Y si no me aprueba?
—Ya te aprueba. Preguntó si te gustaba el pot roast.
—¿Qué es el pot roast?
—Es una comida de la Tierra. Te va a encantar.
No quedó convencido. Lo quise por eso.
VREX
La familia de Rory llegó un martes.
El transporte del Negociado depositó a dos mujeres humanas en la zona de recepción del complejo exactamente a la hora prevista, una hazaña de puntualidad que sospeché motivada por el deseo del Negociado de mantener su relación, recientemente mejorada, con nuestra división, dado que Rory había presentado un documento de valoración de diecisiete páginas sobre sus procedimientos operativos y el director del Negociado se había disculpado personalmente por el error de traducción original.
La mujer mayor era pequeña. Más pequeña que Rory: un metro cincuenta y siete, según mi escáner, con el pelo castaño de Rory veteado de plata y los ojos castaños de Rory engastados en un rostro que era a la vez más suave y más temible que el de su hija.
Salió del haz de transporte aferrando un gran recipiente térmico y con una expresión de buena voluntad decidida.
La mujer más joven —Jessica, la hermana de Rory— era varios centímetros más alta que Rory, de pelo más oscuro, y salió del haz de transporte mirando ya en todas direcciones con la curiosidad de una académica que se topa con datos nuevos.
—Mamá. Jess. —Rory se dirigió hacia ellas con la velocidad de quien lleva contando los días, y yo sabía que los había contado, porque había encontrado su lista, actualizada a diario, sobre el escritorio de nuestros aposentos.
Las tres colisionaron en una configuración de abrazos que no comprendí del todo, pero cuyo significado sí reconocí. Hubo llanto. Hubo risas. Hubo un momento en que la madre de Rory la sostuvo con los brazos estirados, le miró la cara y dijo:
—Estás distinta.
—¿Distinto bueno? —preguntó Rory, y en su voz asomó la vieja incertidumbre: tenue, casi curada, pero presente.
—Distinto bueno —dijo su madre—. Pareces tú misma.
Después se volvieron hacia mí.
Yo me había preparado para aquel encuentro con la minuciosidad que aplico a las operaciones militares.
Había estudiado las costumbres humanas de saludo.
Había practicado mi pronunciación del inglés.
Había ajustado los controles ambientales de la zona de recepción a una temperatura cómoda para los humanos.
Y, por sugerencia de Rory, me había puesto ropa civil en lugar del uniforme, aunque la ropa civil velkorin seguía pareciéndoles bastante militar a unos ojos humanos.
Lo que no había previsto, pese a toda aquella preparación, era la manera en que la madre de Rory me miró.
Era pequeña. Iba desarmada. Era una mujer humana entrada en años, sin instrucción de combate y sin autoridad política alguna.
Y levantó la vista hacia mí —dos metros diez de guerrero velkorin, con escamas, garras, marcas bioluminiscentes y todo lo demás— con una expresión que yo había visto en la cara de los comandantes que evalúan la valía de un subordinado.
—Conque tú eres el que se dio cuenta de que mi hija no comía —dijo.
Miré a Rory. Rory escondía la sonrisa detrás de la mano.
—Yo... sí —dije—. Me pareció un detalle importante.
—Lo era. —La madre de Rory me tendió el recipiente térmico—. Pot roast. Rory dice que nunca lo has probado. He hecho de más.
Acepté el recipiente. Estaba caliente. Olía a carne cocinada y a algo herbáceo que mis receptores olfativos no lograron identificar, pero que registré como profunda, fundamentalmente reconfortante.
—Gracias, señora Sullivan —dije.
—De nada. Ahora enséñame esa cafetería de la que tanto oigo hablar.
La visita duró cuatro días.
En ese tiempo aprendí que la madre de Rory encajaba la realidad de una civilización alienígena con la adaptabilidad pragmática de quien ha sacado adelante sola a dos hijas tras un divorcio difícil.
Hacía preguntas sensatas, aceptaba respuestas extraordinarias con un mínimo de sobresalto y reorganizó el almacenaje de mi cocina a las dos horas de entrar en nuestros aposentos, insistiendo en que la distribución era «ineficiente».
No le faltaba razón.
Jessica hacía aproximadamente cuatrocientas preguntas al día, tomaba apuntes extensos y declaró que se estaba planteando especializarse en derecho contractual intergaláctico, «porque está claro que alguien tiene que revisarle los términos y condiciones al Negociado».
La segunda noche, la madre de Rory se sentó conmigo en el balcón de nuestros aposentos mientras Rory y Jessica exploraban el complejo con Zenir de guía. Zenir había asumido el papel de guía turística con dedicación.
—Quieres a mi hija —dijo la madre de Rory. No era una pregunta.
—Más de lo que tengo lenguaje adecuado para expresar.
—Era invisible, ¿sabes? Antes de todo esto. Era buenísima en lo suyo y nadie lo veía.
—Yo lo veo.
—Ya lo sé. Por eso estoy aquí. —Miró hacia el valle: el territorio que habíamos ganado, la tierra por la que habían muerto mis padres, el hogar que Rory y yo estábamos construyendo—. Cuídamela.
—Ella se cuida sola. Simplemente me aseguro de que se acuerde de comer mientras lo hace.
La madre de Rory sonrió. Era la sonrisa de Rory: la de verdad, la que significaba que había decidido que merecías su tiempo.
—Buena respuesta —dijo.
Al cuarto día llegó el transporte del Negociado para llevarlas de vuelta.
Hubo más abrazos. Más lágrimas. La hermana de Rory arrancó la promesa de llamadas mensuales y de un recorrido completo por las propuestas de reforma del código de honor.
La madre de Rory arrancó la promesa de que le transmitiría los resultados de la receta del pot roast, porque quería saber «qué opina un velkorin de la ternera guisada a fuego lento».
Se fueron. Rory se quedó mirando el haz de transporte hasta que se desvaneció, con los ojos brillantes y la sonrisa temblorosa.
—Le has caído bien —dijo Rory.
—Creo que «buena respuesta» fue su valoración exacta.
—Viniendo de mi madre, eso es prácticamente una bendición matrimonial.
—Se volvió hacia mí, de pie en el balcón que dominaba el valle.
El sol se estaba poniendo y pintaba el cielo en tonos de ámbar y rosa que hacían juego con el brillo de mi bioluminiscencia, la cual, tres meses después, seguía sin volver al nivel que tenía antes de Rory.
—Te quiero —dijo. Lo decía a menudo, con facilidad y con naturalidad.
Yo había aprendido a devolvérselo del mismo modo, aunque el vínculo velkorin lo expresaba de otra manera: en el brillo constante de mis escamas, en el marcaje con el olor que no podía controlar, en la forma en que mi cuerpo se orientaba hacia el suyo en cualquier sala que compartiéramos.
—Lo sé —dije.
Se le abrió la boca. Después se echó a reír: esa risa luminosa e inesperada que me había recableado algo en el pecho tres meses atrás y que no había dejado de recablearlo desde entonces.
—¿Me acabas de hacer un Han Solo?
—Zenir me ha estado instruyendo en referencias culturales terrestres. Indicó que esta respuesta sería «apropiada y demoledora».
—Voy a matar a Zenir.
—Le complacerá saberlo.
Rory negó con la cabeza, todavía riéndose. Se acercó y se encajó contra mi costado como hacía siempre: metida bajo mi brazo, la cabeza contra mis costillas, su calor como presencia constante. La atraje más y apoyé la mandíbula en su coronilla, con el valle extendido allá abajo.
La tierra por la que murieron mis padres. El territorio que habíamos ganado juntos. El hogar que estábamos construyendo: la táctica y el guerrero, la humana y el velkorin, la persona equivocada para el puesto que resultó ser exactamente la adecuada.
—Tengo que llamar al Negociado —dijo.
—¿Para qué?
—Tengo unas cuantas notas sobre su algoritmo de traducción. Diecisiete páginas de notas, en realidad. Y una sugerencia: que inviertan en software de pago antes de abducir por accidente a alguien que sí sea peligroso de verdad.
Me reí. El sonido resonó por el valle, nuestro hogar.
—Eres peligrosa —dije—. Eres la persona más peligrosa que he conocido en mi vida.
—Ya te digo. —Me besó, allí en nuestro balcón, con el resplandor de mis escamas pintándonos a los dos de luz rosa dorada—. Y ahora entra. Quiero probar el pot roast.
Entramos.
Nos comimos el pot roast, que estaba excelente.
Más adelante pediría la receta a través del relé de comunicaciones, para inmensa satisfacción de la madre de Rory.
Nos sentamos en nuestro balcón a ver aparecer las estrellas, y Rory hizo una lista de todo lo que quería conseguir el año siguiente —programas de entrenamiento, reformas del código de honor, apertura de la cafetería, mejoras del relé de comunicaciones— y, al final, con letra más pequeña:
Que este lugar sea un hogar.
Ya lo era.
Fin