Capítulo 35. Bonnie
Bonnie
Ya estoy mejor. He vuelto al trabajo tras tres días en cama. Max ha estado pendiente de mí, pero solo él. Darren no se ha acercado. Pensé que era para no contagiarse, pero ahora siento que me está evitando porque Max no me deja sola y no quiere que nos pille.
Max me contó lo que habló con su padre acerca de lo que le pasó en el instituto. Estaba tirado a mi lado en la cama y me dijo que en el pueblo la gente se metía con él y la hacían putadas para vengarse de su bisabuelo.
—Cuando pase la fiesta regresaré a casa —me dijo—. ¿Te parece bien?
—Sí.
Cogió mi mano y la acarició.
—Le he dicho a mi padre lo de tu problema con la comida…
, y no me digas que no una vez más. ¿Te has visto?
Comes de todo y estás preciosa, Bonnie. Sin tanta tontería para tratar de ser alguien que no eres.
—Noté los ojos llenos de lágrimas y me abrazó—.
Eh, tranquila, todos tenemos nuestras mierdas mentales.
Por eso nos llevamos bien. Nos reconocimos como niños rotos.
Y es cierto. Al mirar a Max sentí que podía entenderme sin palabras. Yo no lo obligaba a ser quien no era, o a hablar, ni él a mí.
—Somos perfectos el uno para el otro.
Me lo dijo entre sus brazos. El dolor en mi pecho se expandió, porque entendí que tenerme era su forma de triunfar ante una vida que le había hecho tanto daño. Era su puerto seguro. Lo abracé con fuerza, sabiendo que lo quería en mi vida, pero que amaba a su padre con todo mi ser.
Tengo miedo de que Darren, tras contarle Max todo eso, quiera alejarse de mí antes de tiempo.
Toco a la puerta de su despacho. No el de su casa, no, sino el que tiene cerca de las caballerizas donde pasa ahora tanto tiempo.
—Adelante —su voz dura me hace estremecer. Abro la puerta y, cuando ve que soy yo, el pesar y el anhelo en sus ojos es evidente—. Bonnie —paladea mi nombre.
Entro y cierro la puerta tras de mí, luego echo el pestillo para que nadie nos moleste. No sé qué decirle, o qué hacer. Entonces se separa de la mesa y me hace un gesto para que me siente sobre él. Lo hago y nos abrazamos, solo eso. Pero, tras días de miedo y dudas, es mucho.
—Me has evitado —le digo con la cabeza apoyada en su cuello.
—Sí, eran demasiadas emociones que asimilar.
Y Max…, joder, me contó todo. No lo vi. No me di cuenta.
Y yo estaba ahí. Cada noche hablaba con él y no noté nada.
No vi las heridas de su alma. ¿Y luego digo que lo quiero más que a nada?
¿Qué clase de padre soy, si no sequé sus lágrimas?
¿Si no curé sus heridas? —Lo miro, su gesto de dolor total.
—Eres un gran padre y te admira mucho. Siempre habla muy bien de ti.
—Y mira a quién tengo entre mis brazos. —Apoya su frente en la mía—. Me importas mucho, Bonnie, y cuanto más me importas, peor padre me siento. No sé cómo hacerlo bien esta vez. No sé cómo no fallarle de nuevo.
—Entonces, ¿esto se acaba ahora? —Noto las lágrimas caer por mis mejillas y odio no poder retenerlas.
—No, cariño, no puedo alejarme de ti. —Seca mis lágrimas—. Encontraré la forma de teneros a los dos.
Mientras dure el verano. Esto no lo dice, pero lo siento en el pecho. Me quedo aquí abrazada a él. Un día nos despediremos, pero no hoy. Hoy sigue siendo todo mío.
—Así no puedo trabajar. —Me río.
—Te fastidias. —Besa mi cuello. Y busco su boca.
—Me gusta verte bien. Me preocupé mucho y, antes de que digas que no te hice caso, Max me contaba todo el tiempo cómo estabas.
—Vale, te perdono por esta vez. —Lamo su boca—. Te necesito, Darren, son muchos días sin ti.
—No puedo ahora. —Besa mi boca y luego mete la mano bajo mi vestido hasta llegar a mi sexo y aparta la tela—. ¿Está necesitada mi chica?
—Sí, mucho. —Mete los dedos dentro. Echo la cabeza hacia atrás—. Dijiste lo que me harías en esta mesa. ¿No lo vas a poner a prueba?
—Alguien puede entrar. —Lo beso.
—Pues sé rápido. —Me siento en su mesa tras apartar las cosas que hay en ella. Luego me quito el tanga y se lo tiro—. ¿No quieres?
Abro las piernas y pongo los pies en los apoyabrazos de su silla.
Su mirada se oscurece al ver mi sexo mojado y listo para él. Tiro de mi vestido hacia abajo y luego pellizco mis pezones. Saca el móvil y me graba mientras lo tiento sobre su mesa de trabajo.
—Deja que vea lo necesitada que estás, cariño.
Nunca creí que el que me grabara me pusiera tanto. Y aquí estamos. Mirándolo a él mientras me graba medio desnuda sobre su mesa de trabajo para luego poder correrse conmigo así.
Abro los pliegues de mi sexo y paso los dedos por él. Meto un par de dedos dentro y me doy placer fuera de mí.
—Darren…
—¿Necesitas mi boca, cariño?
—¡Sí!
Deja el móvil y se acerca sin levantarse. Pasa mis piernas por sus hombros y lame mi sexo de arriba abajo. No gritar me cuesta la vida.
—Deliciosa. —Me mira entre mis piernas—. Siempre te veré aquí cuando trabaje.
—Esa es la idea.
—No podré concentrarme en otra cosa que en tenerte así siempre. Abierta y mojada para mí. —Mete los dedos dentro y vemos como se pierden en mi interior.
Su lengua lame mi sonrojado clítoris mientras mueve los dedos dentro de mí tocando mi punto G. Jadeo y lloriqueo mientras me muevo follando su cara. Me encanta sentir su barba corta por mi sexo. Aprieto los muslos cuando no puedo más. Abre mis piernas. Tiro de mis pezones. Nos miramos.
No puedo más.
—Darren…
—Si no tuviéramos prisa me tomaría mi tiempo para esto.
Aumenta las embestidas de sus dedos y los círculos de su lengua en mi clítoris. No deja de darme placer hasta que me corro en su boca. Saca los dedos y me sienta sobre él. Arregla mi ropa mientras me recompongo.
—Estás muy duro. —Besa mi boca.
—Ya sabes con qué vídeo me correré luego.
Tocan a la puerta. Agitada, miro hacia ella. Arreglo mi ropa. Lars pide entrar. Por suerte es él, que sabe lo nuestro y no dirá nada si ve algo sospechoso.
—¿Nos vemos más tarde?
—Iré a tu cama luego. Esto no ha acabado, Bonnie.
—Más te vale, vaquero.
Salgo y Lars me mira dejando claro que sabe lo que hemos estado haciendo. Voy hasta uno de los jardines y cojo flores para hacer ramos para las mujeres más mayores del rancho.
Max viene a buscarme aquí para ir a entrenar.
Me encuentra cogiendo jabón de lavanda de uno de los patios.
—Ahora sí que tienes mejor cara. —Me ayuda a guardar el jabón que me han regalado.
—Y estoy lista para patearte la cara.
Andamos hasta el granero donde entrenamos. Allí guardo pantalones y ropa más cómoda. Tras cambiarnos, Max me entrena. Escuchamos pasos y al volvernos vemos a Darren. Anda con paso tranquilo y se apoya en la pared. Me dedica una mirada hambrienta antes de apartar los ojos.
—Vengo a ver si no tendré que lamentar esta fiesta.
—Ellos sí lo van a lamentar —anuncia Max.
Max y yo continuamos hasta que Darren me sustituye.
Verlos pelear es sexi. Nunca creí que ver luchar a dos hombres tendría tanta belleza.
Los dos se mueven seguros de sí mismos y, aunque Max es bueno, Darren es rudo y ha aprendido lo que sabe a las malas.
Max sufrió de niño, pero Darren tal vez más.
Cada uno lo superó a su forma, y a la vez de la misma manera, ocultándose de la vida con el trabajo duro.
No son tan diferentes como creen.
Max da su padre en la cara, lo celebra, y Darren lo derriba con un puñetazo en el estómago.
—No bajes la guardia hasta el final.
—Cabrón —dice de broma, y vuelven a pelearse.
Hago un vídeo y varias fotos. Se las mando a mi hermana y, como ya esperaba, responde:
Gretel: Me pido al rubio. Pero, madre mía, cómo están los dos. ¿Y hacer un trío?
Bonnie: ¡Gretel! Eres una salida.
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Pelean hasta que no pueden más. Se sientan a mi lado. Uno a cada lado, mientras beben agua. Soy feliz por tenerlos a los dos. Ojalá todo fuera más fácil y no tuviera que renunciar a ninguno, porque los dos son los hombres favoritos de mi vida, cada uno de una forma diferente.
—Les vamos a patear el culo —apunta Max.
—Cuenta con ello.
Los dos se miran sedientos de sangre. Miedo me dan estas fiestas de la venganza.