Intocable (Amar a un cowboy 1)
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Prólogo
Saril llevaba años fuera del rancho donde vivió con su marido. Se marchó porque ese hombre acabaría por matarla tarde o temprano. Pero ahora todo había acabado. La muerte se había llevado a ese desgraciado y ahora el rancho Bennet era suyo.
Lo que no esperaba era encontrar a un niño de catorce años con un hijo pequeño en sus brazos que eran su familia.
Se había tenido que ir lejos porque su marido era un monstruo y su hija, igual.
Le hicieron la vida imposible hasta que no le quedó más remedio que marcharse lejos para no hundirse en ese rancho.
No había sabido nada de ellos hasta ahora.
Su marido y su hija se habían matado en un accidente de tráfico y el rancho estaba ahora a nombre del niño al que acababa de conocer.
Un niño del que no sabía nada y que sujetaba a otro.
Eran su nieto y su biznieto.
Madre mía, no podía asimilar todo esto.
Se sintió culpable al ver los ojos de alguien tan pequeños llenos de dolor y de tormentas. Era igual de atractivo que lo fue su abuelo. Tal vez no había salvación para él. Tal vez.
—Soy Darren Bennet. No sé quién eres, pero esta es mi casa y no pienso dejar que nada malo le pase a Max.
Sujetó al niño protegiéndolo con su vida. Estaba demacrado. Eran un niño cuidando a otro.
Saril vio algo en sus ojos que nunca había visto en los de su marido, ni en los de su hija. Miró al hombre que la había encontrado, el capataz del rancho. El mismo que la ayudó a escapar y le salvó la vida.
—Temía que si te contaba cómo estaba todo no volvieras —dijo Robin, o Rob, como lo llamaban todos.
Se centró en los pequeños y supo que no se iría a ninguna parte. Ahora ellos eran su hogar.
—Soy tu abuela.
—¿Saril?
—La misma, y este es ahora mi rancho. He vuelto para quedarme. Para cuidar de ti…, de vosotros.
Saril vio como Darren temblaba. Estaba asustado. Joder. Era solo un niño. ¿Qué había pasado en ese lugar para que se encontrara algo así?
—¿Y la madre del pequeño?
—No quiere ser madre. Yo lo cuidaré. Le daré todo…, todo. —Saril vio como se le llenaban los ojos de lágrimas.
Los acababa de conocer, pero los abrazó con fuerza.
Se hizo la promesa de dejarse la piel por ellos.
Por cuidar a ese par, aunque sentía que Darren ya nunca sería un niño más.
Que algo se había roto en él. Pero que algo, también, había nacido de esa herida.
Tal vez la responsabilidad. Y si tenía dudas, lo vio con los años.
Darren se centró en el rancho y en su hijo.
Se lo dio todo a ambos sin quedarse nada para él.
Como si lo que pasó antes de su llegada hubiera matado sus fuerzas para poder ser feliz.