Intermedio No sé adónde voy
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No sé adónde voy

Abayomi permaneció frente a la puerta durante casi un minuto entero sin lograr abrirla.

Su cuerpo seguía inmóvil, como si hubiera dejado de reconocer el significado mismo del verbo salir. Inspiró despacio, intentando ignorar aquel vacío compacto que llevaba días instalado en su estómago. Quizá semanas. El tiempo había dejado de tener contornos precisos desde que Dandara ya no estaba.

Necesitaba salir de aquella casa. Interrumpir el silencio.

Sintió que casi le faltaba el aire.

Siguió caminando.

Una manzana.

Luego otra.

Regresaron a ella palabras lejanas,

fragmentos escuchados años atrás durante una entrevista que sonaba distraídamente en la televisión. «El amor es banal.»

Abayomi recordaba haberse reído entonces.

Ahora aquella frase le parecía simplemente miserable.

Porque no había nada banal en la forma en que una persona consigue quedarse dentro de ti incluso cuando intentas arrancarla.

Porque ninguna teoría sirve realmente cuando el dolor se vuelve físico. Cuando la ausencia adquiere peso. Cuando amar a alguien significa seguir buscándolo aun sabiendo que no va a aparecer.

Pensó de pronto, con una violencia casi tierna.

En la manera en que la miraba cuando discutían.

En la rabia.

En las pausas.

En la sensación constante de no conseguir alcanzarse nunca del todo.

Le vino a la memoria un viejo partido que había visto de niña junto a su padre. El portero que negaba haber cometido penalti incluso frente a la evidencia. Seguía repitiendo que lo habría detenido de todas formas.

Eso era exactamente lo que estaba haciendo ella.

Seguir defendiendo algo que ya había ocurrido.

Seguir creyendo que, si encontraba las palabras adecuadas, el momento adecuado, el camino adecuado... quizá Dandara regresaría intacta.

Pero hay personas que no vuelven.

Te imagino

Abayomi apoyó lentamente la espalda contra la corteza.

Cerró los ojos.

Y Dandara llegó.

No como un fantasma. No como una aparición irreal.

Más bien como una posibilidad tan viva que le dolía.

La vio avanzar hacia ella con el cabello oscuro cayendo en suaves ondas, el rostro iluminado por aquella luz serena que parecía pertenecerle solo a ella.

Siempre había habido algo profundamente familiar en Dandara, algo que Abayomi había reconocido mucho antes de comprenderlo de verdad.

«¿Por qué siempre finges que no tienes miedo?», preguntó en voz baja, casi sin aliento.

En el silencio del parque, la respuesta pareció existir de todos modos.

«Porque tú tienes miedo suficiente por las dos.»

La imaginó sentándose a su lado con las rodillas recogidas contra el pecho, el rostro inclinado hacia el cielo como hacía cuando intentaba aligerar sus pensamientos.

Pero Dandara siempre pensaba demasiado.

Incluso cuando se reía.

Incluso cuando fingía que todo era sencillo.

Dandara atravesaba las cosas sin protección alguna.

Como si el dolor no fuera lo bastante importante para impedirle amar.

Abayomi abrió lentamente los ojos. Por un instante le pareció verla realmente apoyada contra el tronco frente a ella, envuelta en una luz suave, lo bastante viva como para confundirle la respiración.

Recordó de pronto una historia escuchada años atrás.

Dos niñas sentadas en el mismo pupitre. Las únicas que levantaban

la mano al mismo tiempo para ser porteras mientras todos querían marcar goles.

Porque quien protege es diferente.

Espera.

Imagina.

Sueña con el momento imposible en lugar de evitarlo.

Quizá había amado a Dandara de esa manera.

No para ganar algo.

«¿Sabes una cosa absurda?», murmuró. En su imaginación, Dandara se volvió hacia ella.

«¿Qué?»

«Que sigo viéndote mejor ahora.» Abayomi inspiró despacio.

Hay dolores que el tiempo adormece sin llegar a curar. Permanecen bajo la piel, silenciosos, hasta que algo los devuelve a la superficie exactamente igual que antes. Abayomi pasó lentamente una mano

sobre la corteza rugosa y alzó la vista hacia las ramas más altas.

«Quizá existes donde yo no puedo llegar», suspiró.