Diablo romántico #3
Cain depositó a Emma suavemente en el suelo y la besó hasta que Emma enredó las manos en la tela de su camisa. Con toda la lentitud que pudo, Cain le subió el vestido y se lo quitó, dejando a Emma en bragas. Antes de que pudiera quitárselas también, Emma la detuvo con una mano en el pecho.
—Déjame verte —le dijo a Cain mientras le desabrochaba la camisa.
Los pantalones fueron más fáciles: un ligero tirón del cordón y cayeron a los tobillos de Cain.
Desde su reencuentro habían hecho el amor las veces suficientes para aliviar el dolor de la pérdida, pero aquello seguía sintiéndose como la primera vez que estuvieron juntas.
Solo que ahora Emma no sentía ni la más mínima vacilación.
Puede que muchos temieran a Cain, pero ella pertenecía en cuerpo y alma a Emma.
Cada gemido, cada roce de sus labios y cada caricia de sus dedos le pertenecían a Emma, y solo dejarían de hacerlo si Emma los entregaba.
Pero eso no volvería a suceder jamás en esta vida, ni en la que viniera después.
En los brazos de Cain había encontrado no solo aceptación, sino un hogar, y daba gracias a cualquier poder superior que la escuchara por haberlo encontrado de nuevo con la puerta abierta, esperándola.
Emma tumbó a Cain sobre la cama y se sentó a horcajadas sobre sus caderas, deseando darle todo eso a cambio. Cain deslizó las manos bajo su ropa interior y Emma se echó hacia atrás para que pudiera verla entera. —Si me deseas...
Antes de que Emma pudiera terminar, la tela cedió cuando Cain perdió la paciencia con aquella barrera entre ellas. Pero Emma se resistió cuando Cain intentó darle la vuelta. —Te daré lo que quieras, pero todavía no —le dijo, y llevó la mano hacia atrás para apoyar la palma sobre su sexo.
Emma sonrió cuando Cain arqueó ligeramente las caderas.
—Me has enseñado tanto sobre el amor. —Se inclinó hasta que sus pezones apenas rozaban el pecho de Cain—.
No hagas pucheros —dijo, pues para acercarse tanto a sus labios había tenido que apartar la mano, pero eran esos labios lo que deseaba en ese momento.
En cuanto se besaron, la lengua de Cain se adentró en su boca mientras le apretaba los pechos, haciendo que Emma embistiera con las caderas contra ella. Emma se apartó. —Pórtate bien.
—Lo intento —dijo Cain, y volvió a tratar de darle la vuelta.
—Ah, ah. —Emma le sujetó las manos contra la cama para darle un beso más.
No tenía nada que demostrar; solo quería tocarla primero y mostrarle exactamente lo que sentía.
Sus pezones fueron rozando el cuerpo de Cain mientras descendía sin prisa—.
Como te dije, me enseñaste sobre el amor, pero cuando estamos así de juntas me alegro tanto de que también me enseñaras sobre la pasión.
—Emma la abrió, colocó los dedos índice y medio sobre el clítoris endurecido de Cain y apretó.
—Por favor, cariño —suplicó Cain con voz desesperada.
Emma soltó y alzó las manos con las palmas abiertas, pidiéndole en silencio que la sujetara. Cuando Cain entrelazó sus manos con las de ella, Emma bajó la cabeza y la tomó con la boca. Por mucho que Cain moviera las caderas, no la soltó hasta que gimió su nombre mientras el orgasmo la recorría.
Cain la atrajo hacia arriba y la abrazó. —Gracias, pero quería...
Emma la besó para hacerla callar. —Tenía que hacer algo para demostrarte cuánto me han encantado las sorpresas. No sé por qué te has tomado tantas molestias, pero hoy te has lucido.
Esta vez Emma se dejó llevar cuando Cain le dio la vuelta. —Mi amiga Poppy me dijo que este era el lugar más hermoso para ver una puesta de sol.
—Ha sido preciosa.
—Tienes razón, lo ha sido, pero no es esa la verdadera razón por la que estamos aquí.
—Cain le acarició la garganta hasta el centro del pecho—.
Hay un viejo dicho: si amas algo, déjalo libre.
Te fuiste, y aunque me dolió como nada en la vida, te dejé ir.
Pero ahora has vuelto. Has regresado a mí, y si el resto del dicho es cierto, entonces me perteneces.
—Oh, cariño mío, deberías haberlo sabido desde el primer momento en que me viste. Pero si no lo sabías, será un placer pasar el resto de mi vida demostrándotelo.
—No tienes nada que demostrar, cariño. Como me perteneces, quería regalarte una hermosa puesta de sol.
Podrás recordar esta y saber que todas las que vengan después, hasta el final de mi vida, las pasaré contigo.
—Cain le besó el pecho, justo sobre el corazón, y le secó las lágrimas que le habían brotado.
Repitió las palabras que había oído decir a su madre a su padre en cada aniversario—.
Mi amor es feroz, mi corazón es sincero, y todo lo que soy es tuyo.
—Gracias —dijo Emma, y la palabra se le escapó en un jadeo cuando Cain le mordió suavemente un pezón—. Ahora hazme el amor, diablilla romántica.
Fue una orden que Cain obedeció encantada, y sus risas y su deseo resonaron sobre las olas hasta que el sol empezó a salir. Cain había crecido inmersa en la tradición, y qué bendición poder empezar a crear la suya propia con Emma.