Diablo romántico #2
—Algunos dirían que ahí es donde te equivocaste —la voz de Cain se quebró de forma inusual cuando Emma le pasó las uñas por la cara interna del muslo.
—Probablemente —Emma apartó su almuerzo a medio comer y se inclinó hacia Cain—.
Todos los demás querían que eligiera a algún chico criado entre maizales que se habría pasado la vida hablando de vacas y de qué darles de comer, pero la elección que hice me hace no querer desperdiciar ni un segundo durmiendo por si me pierdo algo.
No creo que esté mal querer compartir mi vida con alguien que la llena de amor, pasión y diversión.
—Me haces sonar como un destino de vacaciones.
—Si lo hiciera, me aseguraría de que los anuncios mencionaran las fantásticas atracciones que te dejan sin aliento. Solo me alegro de dar la talla para subirme.
Cain se rio y se llevó la mano de Emma a los labios. —Te he echado de menos, muchacha —señaló el plato de Emma—. ¿Has terminado?
—Guíame —dijo Emma mientras entrelazaba los dedos con los de Cain.
Uno de los hombres de Cain se quedó atrás para pagar la cuenta, y solo Lou se puso al volante cuando salieron.
Como siempre, la vigilancia del FBI estaba cerca, pero por una vez Emma casi olvidó que estaban allí mientras Cain le abría la puerta trasera y la ayudaba a entrar.
Emma no tenía ni idea de lo que Cain tenía en mente, pero se pegó a ella encantada y le devolvió el beso que Cain inició al subir detrás de ella.
Cuando el coche por fin se detuvo, estaban en el Aeropuerto Lakefront, en el este de Nueva Orleans, y el jet privado que Cain había organizado estaba listo para despegar. Emma observó la ciudad alejarse por la pequeña ventanilla antes de volverse hacia Cain.
—¿Adónde vamos?
—Dijiste que estabas dispuesta a probar algo nuevo, y tengo muchas ganas de algo dulce, así que la única pista que te voy a dar es que las dos conseguiremos lo que queremos —Cain sonaba juguetona mientras le acariciaba el pelo a Emma.
—¿Y los niños?
—Muriel —dijo Cain, refiriéndose a su prima— prometió que estarán bien hasta que volvamos. Le vendrá bien, porque la ayudará a decidir de una vez si quiere tener hijos o no.
—Estoy dispuesta a lo que sea que tengas en mente, y te has encargado de todo lo que me habría preocupado, así que me sentaré a disfrutar del viaje. La otra señal alentadora es que estamos solas en este avión.
La pequeña luz sobre la puerta del piloto se apagó, así que Cain fue a la nevera y sacó una botella de champán. —Los postres se disfrutan más cuando no son una actividad de grupo.
—Cierto, cariño. Entonces, ¿eso significa que Merrick, Lou y un montón de gente armada no van en un avión a seis metros detrás de nosotras?
—Solo estamos tú y yo, y el tipo detrás de esa puerta. Pero una vez que aterricemos, él no vendrá con nosotras, así que ¿crees que podrás aguantar si estamos solo tú y yo?
Emma aceptó la copa y dio unas palmaditas en el asiento de al lado.
—Esa no era una pregunta seria, ¿verdad?
—Se quitó los zapatos y se acurrucó con los pies recogidos—.
Preguntarme si quiero estar a solas contigo es como preguntarle a Hannah si le apetece un helado.
Créeme, no importa qué más esté pasando en la vida de nuestra hija, siempre le apetece un helado.
—Entonces brindemos por ti y por mí, y por todas las cosas dulces que nos esperan.
Chocaron las copas y bebieron, pero esta vez Cain no se preocupó por volver a llenarlas.
Cuando quedaron vacías, las dejó a un lado y atrajo a Emma a su regazo.
Durante el resto del vuelo la besó y acarició lo suficiente para excitarla, pero nunca tanto como para llevarla al clímax.
Emma casi gritó cuando Cain la sentó de nuevo en su asiento y se levantó a guardar las bebidas al encenderse la luz y sonar un leve timbre que anunciaba el aterrizaje inminente.
Habían estado tan ocupadas que Emma no tenía ni idea de cuánto tiempo llevaban en el aire, y cuando miró por la ventanilla, el paisaje no le resultó familiar.
—¿Qué tramas, mafiosa? —susurró, pero estaba tan emocionada que se le había puesto la piel de gallina.
*
Miguel Flores, el gerente de Carly's Sound, esperaba junto a un jeep a pocos metros de la escalerilla del avión.
Sentado a su lado había un agente de aduanas venezolano, listo para revisar los pasaportes que Cain llevaba en la mano y permitirles subir al helicóptero que Miguel tenía esperando al otro lado de la pista.
—Bienvenidas —dijo Miguel en su inglés con acento mientras las llevaba—. Espero que hayan tenido un vuelo agradable.
—Fue maravilloso, y si supiera dónde estoy, sería perfecto —dijo Emma.
El hangar hacia el que se dirigían tenía un logotipo pintado en la fachada, y aunque la guitarra apoyada en la palmera le resultaba familiar, todavía no conseguía ubicarlo.
—Piénselo así, señorita —Miguel bajó del jeep y esperó a que Cain ayudara a Emma a apearse—. Hay sorpresas que hay que temer, como el recaudador de impuestos que aparece en su casa con la mano extendida pidiendo más dinero.
Frunció el ceño, lo que hizo reír a Emma.
—Y luego están las sorpresas en las que no deja de pensar, deseando que vuelvan a ocurrir, de lo maravillosas que son —Abrió la puerta del helicóptero y las ayudó a abrocharse los cinturones—. Puedo prometerle una cosa.
—¿El qué? —Emma deseó haber elegido algodón esa mañana en lugar de cachemira.
—No soy el recaudador de impuestos, pero su esposa... parece de esas personas en las que uno no deja de pensar en lo maravillosas que son. ¿No?
—Sí, señor —dijo Emma alzando la voz cuando el helicóptero arrancó.
—Entonces no tiene nada de qué preocuparse.
Cain se rio mientras Emma señalaba a un lado y a otro cada vez que divisaba algo en el agua durante el corto trayecto hasta Carly's Sound.
—Poppy llamó antes e hizo todos los preparativos, Cain, pero avísame si necesitas algo más —dijo Miguel mientras las llevaba a su destino en el complejo turístico apartado.
—Gracias, pero después de oírla hablar de ti, estoy segura de que todo estará perfecto —Cain le estrechó la mano y llevó a Emma hasta el último bungaló.
Ahora lo usaban para la familia extensa de los Valente y sus amigos, pero originalmente se había construido para una mujer muy especial que dio nombre a la isla.
—¿Poppy? —preguntó Emma.
—Una vieja amiga —dijo Cain, y volvió a tomarla de la mano.
—Este lugar es precioso —dijo Emma mientras subían los escalones hacia el porche.
—Te contaré todo sobre él, pero ¿por qué no entras a cambiarte? Te espero aquí fuera.
—¿No vienes?
—Solo unas cuantas sorpresas más y luego te cansarás de tenerme cerca.
Emma encontró su equipaje en el segundo dormitorio y su ropa colgada en el armario.
O ya estaba todo en el avión o Cain lo había enviado por adelantado.
Cómo había llegado allí daba igual, pero había un sencillo vestido veraniego extendido sobre la cama, así que se desnudó y se lo puso.
Salió descalza, ya que no había zapatos, y supuso que no era casualidad.
Fuera, Cain también se había cambiado: llevaba pantalones blancos con cordón y una camisa holgada.
Descalza, parecía diferente. Más relajada de lo que Emma la había visto jamás.
No intercambiaron palabra mientras Cain la guiaba hasta un lugar desde el que contemplaron cómo el sol se hundía rápidamente en el agua.
Mientras paseaban de vuelta al bungaló, Emma notó que el tramo de playa ya no estaba vacío. Inclinó la cabeza hacia la mesa y las sillas que habían dispuesto. —Estás lista para el postre, supongo.
—Creo que es algo más que eso —Cain retiró la silla para Emma y descorchó la botella de champán que reposaba en el cubo de hielo.
Dos camareros descalzos sirvieron una cena ligera.
—¿Estamos celebrando algo? —Emma se sentía como si hubiera atravesado una nube y aterrizado en una de sus fantasías.
—Mi madre siempre me decía que incluso en los peores momentos de la vida, hay algo que merece celebrarse —Cuando los camareros se marcharon, le entregó una copa a Emma y se arrodilló a su lado—.
Si eso es cierto, imagina todo lo que hay que celebrar cuando las cosas están tan cerca de la perfección como es posible.
Emma se alegró de que la comida que les habían servido fuera una selección de frutas, queso y pan. Podía esperar. —¿De verdad tienes hambre ahora mismo?
—Hambrienta, pero no de mango —Cain dejó la copa y alzó a Emma en brazos, pero echó a andar en dirección contraria al bungaló.
—Estoy segura de que si me llevas por ahí —Emma señaló hacia las habitaciones—, encontrarás una cama estupenda.
—Creo que aquí fuera también hay una cama estupenda —Cain caminó hasta el lugar donde habían contemplado la puesta de sol.
Bajo las palmeras estaba la última sorpresa del día.
El personal había dispuesto una cama con dosel, cubierta de sábanas blancas que ondeaban al viento, y había colocado varias velas en faroles cerca.