Regalos #3
El parque infantil quedaba entre Cannon Street y casa de la tía Rosa.
Mientras se acercaba, con las manos en los bolsillos, los nudillos rozando las cerdas del cepillo que siempre llevaba encima, los dedos cerrados en torno al cilindro metálico y frío del pintalabios, el cuello del abrigo subido y abrochado contra el viento que arreciaba, oyó el sonido de alguien golpeando una pelota rosa de spaldeen contra la pared del frontón.
A Tam le encantaba el frontón. Había ganado a los chicos del colegio tantas veces que ninguno se atrevía ya a arriesgarse a otra humillación.
El viento frío le hacía llorar los ojos.
Siguió caminando, lamentando tener que ir a casa de la tía Rosa.
A pesar de la decisión de Tam, se sentía como si la estuviera traicionando, y traicionándose a sí misma, porque aquello estaba mal, aquella negación de su pequeña familia de dos.
El sonido de la pelota se hizo más fuerte.
Los jugadores le estaban dando de lo lindo.
Críos, machacando las pelotas nuevas que les habían regalado por las fiestas.
¿Había pasado Tam la noche con su familia?
¿Estaba viéndose con alguien en la ciudad?
Tenía toda una vida en la universidad, una vida aparte, probablemente llena de tentaciones: chicas con más estudios que Angela, mujeres mayores que encontrarían a Tam irresistible, bares donde podía conocer a otras lesbianas.
Se rio de sí misma: ¿de qué más quería preocuparse el día de Navidad?
Los jugadores de frontón estaban al otro lado de la cancha, detrás del muro de hormigón.
La casa de la tía Rosa quedaba un poco más allá.
¿Debería dar media vuelta? No, quería ver a los críos disfrutar de sus spaldeens nuevas.
Sería una especie de celebración navideña para ella, compartir esa pequeña alegría.
Así no tendría que reunirse con su familia.
Volvería a casa, prepararía un chocolate caliente y estaría allí cuando llegara Tam, con una cena ligera lista para después del banquete festivo.
Había conseguido espantar la soledad caminando y se sentía bien.
Todo el mundo tenía conflictos en las fiestas; los suyos eran solo un poco más complicados que los de otros.
Una vieja bolsa de aerolínea estaba apoyada contra la valla, con una bolsa de compras llena de regalos envueltos a su lado. Aquel papel de Navidad le resultaba familiar. La bolsa también la conocía. ¿Qué hacía Tam allí, en lugar de estar con alguna chica de la universidad o con los Thorpe?
Tam siguió jugando mientras ella entraba en la cancha.
—Creía que estabas en casa de tu tía —gritó Tam.
—Casi cedo, pero entonces te vi —dijo Angela—. ¿Qué haces aquí, Tam?
—Esperándote para pillarte de vuelta de casa de tu tía. Pasé por casa. No estabas, así que supuse...
Una sonrisa le iluminó el rostro. Tam había sabido que cedería e iría con su familia.
—Oh, Tam —dijo, y se echó en sus brazos.
Tam le susurró al oído:
—Le dije a mi familia que no estaba bien, que nos separaran en las fiestas. Les di a elegir: las dos o ninguna. Dejé allí sus regalos y me vine a casa.
—Entonces, ¿qué es esto? —preguntó ella.
—Regalos que no les di. Creo que hay bastantes para tu familia. Pensé que podrías pasarte un momento a dejárselos.
Se habían separado, conscientes como siempre de las ventanas que flanqueaban las calles a ambos lados, del peligro de que la persona equivocada estuviera mirando en el momento equivocado.
El escalofrío automático de miedo seguía ahí, como siempre, pero saber que Tam se había enfrentado a su familia, que había defendido su derecho a estar con su amante, la fue calando como un calor reconfortante.
Los dientes dejaron de castañearle. Por primera vez en mucho tiempo, lo único que quería era ir a casa, llevar a Tam al dormitorio, a la cama, y hundir la boca entre sus piernas hasta que la cama temblara de pasión.
Los ojos redondos de Tam, con ese rasgo almendrado que se acentuaba cuando sonreía, se volvieron tiernos, como siempre que quería hacer el amor.
—Primero —le dijo Angela a Tam—, primero vamos a casa de la tía Rosa. Les vas a dar sus regalos. Si no insisten en que nos quedemos hoy, se van a arrepentir todo el año. ¿Qué te apuestas a que nos piden tarta de cereza el Día de Washington?
—Un momento —objetó Tam, riendo—. ¿Y champán en Nochevieja?
—¿Perritos calientes el Cuatro de Julio?
—¿Espaguetis el Día de Colón?
Angela se detuvo en los escalones de casa de la tía Rosa, le arregló el cuello de la camisa a Tam y le pasó el cepillo.
—Te he echado de menos, mi querida Tam —dijo.
—Pensé que íbamos a separarnos —le dijo Tam, con los ojos llenos de lágrimas.
Negó con la cabeza.
—Vamos a romper el hielo, pero no lo nuestro, ¿vale?
Tam se apretó los labios entre los dientes, como hacía cuando estaba nerviosa.
—Puedes hacerlo —le dijo.
Se imaginó la garza zancuda y corpulenta que había alzado el vuelo ante sus ojos.
—Te quiero por hacer esto.
La siguió mientras Tam subía los escalones de casa de la tía Rosa de dos en dos.