Interludios románticos 1 La jugadora
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La jugadora

Gabrielle Goldsby

—Hola, Gianna. Ha pasado mucho tiempo.

—Elle, no ha pasado suficiente tiempo.

Con esas palabras, Gianna Abatoli se dio la vuelta y se marchó.

Hubo un tiempo en su vida en que se había sentido honrada de atraer la atención de Elle Butler.

Pero eso fue hace mucho. Hoy, el rápido destello de ira que acompañaba cualquier mención del nombre de Elle se multiplicaba por diez: los años que llevaban sin hablarse.

Gianna siempre había imaginado que sería fría e indiferente si alguna vez volvían a encontrarse.

Quizás incluso diría algo mordaz, como: «Lo siento, ¿te conozco...

zorra?». En cambio, había soltado lo primero que le vino a la mente: la verdad.

El dolor y la humillación aún estaban demasiado frescos como para fingir que Elle era simplemente una compañera de universidad.

Gianna le había entregado su virginidad a Elle Butler, pero nunca habían sido amigas.

Gianna se abrió paso entre la multitud de invitados, ignorando por completo que Cori Hoffman, la anfitriona de aquella fiesta de inauguración con piscina, la estaba llamando.

—Gianna, ¿podrías esperar, por favor? ¡Maldita sea! Deja de caminar tan rápido, no puedo alcanzarte.

—Esa es la idea —murmuró Gianna, pero aminoró el paso justo al salir por la puerta principal de Cori. Aun así, ya iba por la mitad del camino de entrada cuando Cori la alcanzó.

—Gracias por aflojar el paso —resopló Cori.

—No he aflojado el paso para hablar contigo. Lo he hecho porque quiero que me devuelvas mis zapatos.

—¿Qué?

—He dicho que me devuelvas mis Jimmy Choos.

—¿Pero por qué?

Cori miró las bonitas sandalias destalonadas que combinaban con su vestido de verano, y luego a Gianna, como si le acabaran de pedir uno de sus riñones.

—Sabías que ella estaría aquí, ¿verdad?

Cori asintió y parecía tan afligida que Gianna se habría sentido mal si no estuviera segura de que a Cori le dolía más perder los zapatos que verla marcharse temprano de su fiesta.

—Dijiste que podía ponérmelos. Combinan con mi conjunto.

—He cambiado de opinión.

Gianna se sentía mezquina y rencorosa. Cori había sido su compañera de habitación en la universidad. Conocía todos los sórdidos detalles de por qué Gianna odiaba a Elle con toda su alma. ¿Por qué no la había avisado?

—Mira, fue ella quien me llamó, ¿de acuerdo?

Dijo que había aceptado un puesto de entrenadora en la escuela universitaria y que se había enterado de mi fiesta por ahí.

Intenté decirle que tú estarías aquí y que no te gustaría.

Pero dijo que ya era hora de que vosotras dos arreglarais esto como adultas.

Pensé que ya lo habías superado. Pasó hace diez años.

—Si pensabas que lo había superado, ¿por qué no me dijiste que vendría? Quítate los zapatos, Cori.

—Pero hay grava por todo el camino de entrada.

—Bien. Quítatelos.

—Pensé que podríais hablar. Quizás ella recuerda las cosas de otra manera.

Cori se quitó un zapato y se lo tendió con cautela, como si intentara alimentar con solomillo crudo a una leona hambrienta.

Gianna le arrebató el zapato de la mano.

—También necesitaré el izquierdo. Son un par.

Observó cómo Cori se agachaba para quitarse el otro zapato.

—¿Y qué quieres decir con que quizás ella lo recuerda de otra manera? ¿Cómo iba a ser así? Lo que pasó, pasó. Seguro que la cinta de vídeo todavía anda por ahí. Joder, no me extrañaría que ya la hubieran pasado a DVD.

—Solo quería decir que tal vez deberías hablar con ella. Podrías llevarte una sorpresa con lo que tiene que decir.

—El momento de hablar fue hace diez años.

—Ella lo intentó, Gianna, tú no quisiste verla. Te esforzaste por evitarla. Incluso dejaste de dar clases particulares al equipo de baloncesto solo para no tener que oír nada de ella.

—Sabes que esa no es la única razón.

—Lo sé, pero la cuestión es que no la dejaste hablar contigo. Intentó llamarte antes de irse a jugar al extranjero.

—Ya te lo he dicho, no teníamos nada de qué hablar. Me lié con una jugadora y me la jugaron. Lección aprendida. Me da igual lo que tenga que decir.

Pero el problema era que sí le importaba.

Daba igual con cuántas mujeres saliera, cuántos años pasaran y cuántas veces se dijera a sí misma que debía olvidar: Gianna todavía contenía la respiración cada vez que veía a una mujer alta y atlética de cabello oscuro.

Había creído vislumbrar a Elle en supermercados abarrotados, por encima de los percheros de ropa y en todoterrenos avanzando lentamente por autopistas congestionadas.

Pero hasta hoy, siempre se había quedado decepcionada y avergonzada de seguir buscando a la mujer que no solo la había dejado devastada, sino también desencantada de las relaciones.

Gianna levantó la vista justo cuando se abría la puerta principal de Cori.

Sus ojos se posaron en Elle con un anhelo que la sorprendió.

Se había pasado la última década diciéndose que Elle probablemente se había vuelto vaga y fofa como muchas exatletas.

Con rencor, había bautizado a uno de los personajes de su sexta novela con su nombre.

La Elle ficticia se había casado con un hombre mayor y corpulento por dinero y le había dado cuatro bebés cabezones en rápida sucesión, que habían convertido sus pechos, antes jóvenes y perfectos, en tristes lágrimas de carne caída.

Gianna había disfrutado enormemente convirtiendo a ese personaje en una criatura tan patética que incluso ella tuvo que darle la razón a su editora cuando le dijo que no le había dado a la Elle ficticia ninguna cualidad redentora con la que el lector pudiera conectar.

Al final, el personaje, como la Elle de verdad, había sido eliminado abruptamente de la trama y ella se había visto obligada a atar los cabos sueltos como buenamente pudo.

La Elle de verdad se dirigía hacia ellas, con el mismo aspecto atlético que a los veintitantos. Las pocas hebras plateadas que Gianna había detectado en su cabello durante su breve conversación no le produjeron ningún placer. Si acaso, aquel signo de madurez aumentaba su atractivo.

—Joder, sigue estando buenísima, ¿eh? —dijo Cori.

—Cállate y vuelve a ponerte los zapatos —dijo Gianna con los dientes apretados. Cori cogió los zapatos e incluso usó el hombro de Gianna como apoyo mientras se los ponía de nuevo con un suspiro de satisfacción.

—¿Puedo hablar contigo antes de que te vayas?

Elle sonaba vacilante, como si esperara que la rechazaran otra vez.

—Vuelvo a mi fiesta y os dejo un poco de intimidad —dijo Cori. Sin mirar a Gianna, subió corriendo por el camino de entrada y entró en su casa.

—Tengo prisa —dijo Gianna—. ¿Por qué no me das tu número de teléfono y te llamo en algún momento?

—Me gustaría tener la oportunidad de explicarte mi versión.

—No sé de qué me hablas.

Gianna se sonrojó. Había sido una estupidez decir eso.

Ambas sabían que lo recordaba. ¿Cómo iba a olvidar que su amante de ensueño le había quitado la virginidad y que esa misma amante le había roto el corazón pocos días después?

¿Cómo iba a olvidar la humillación de asistir a clase a diario durante tres años más con el temor de que la deportista sentada detrás de ella hubiera visto su cuerpo desnudo, la hubiera oído suplicar que la hiciera acabar?

Nunca sucedería. Nunca podría olvidarlo. Por mucho que lo intentara.

—Gianna, por favor —dijo Elle con esa voz suave tan suya.

Gianna se sintió atrapada como las luciérnagas que había encerrado en tarros de cristal cuando era niña.

Como la mayoría de sus amigas, no se lo había pensado dos veces antes de usar los cuerpos aplastados de aquellos seres vivos para escribirse los secretos más íntimos en el pecho.

Amo a Kate Strawberry. Gianna se descubrió mirando fijamente dos pechos bien redondeados y firmes.

Intentó apartar la vista, pero quedó atrapada por los intensos ojos oscuros de Elle.

—¿Podemos ir a algún sitio a hablar? —preguntó Elle.

—No, no podemos. No tengo nada de qué hablar contigo.

—Vale, entonces ¿podemos ir a algún sitio y no hablar?

La sonrisa torcida y peculiar de Elle siempre le había provocado un vuelco en el estómago, pero que todavía lo hiciera, después de tantos años, la enfurecía.

—Fue hace mucho tiempo. Sea lo que sea de lo que creas que tenemos que hablar, estoy segura de que ya lo he olvidado.

El dolor en el rostro de Elle marchitó cualquier otra palabra en los labios de Gianna.

¿Qué demonios? ¿Todavía estaba usando esa mirada perdida e inocente?

Pues claro que sí. ¿Por qué no iba a hacerlo?

Esa mirada era todo lo que había necesitado para conseguir que Gianna, con sus ingenuos dieciocho años y su virginidad intacta, acabara con las piernas abiertas gritando cuánto la amaba. Gianna se estremeció ante el recuerdo.

—Si todavía te sientes culpable, no te molestes. Lo hecho, hecho está. Ya es hora de que pases página. Yo ya lo he hecho.

Sus palabras fueron tan frías como la sensación que tenía en la boca del estómago.

—Ese es el problema. Lo he intentado.

Aquella expresión de niña perdida volvió a cruzar el rostro de Elle. Sacó algo del bolsillo del abrigo y lo apretó entre las manos.

—He guardado esto con la esperanza de poder devolvértelo algún día. Pero después de que me fuera del país y tú te graduaras, temí que hubiera pasado demasiado tiempo.

Elle le tendió un sobre blanco y grueso. En voz baja, añadió:

—Dentro hay una tarjeta con una dirección. Ahí estaré mañana a las dos. Si no vienes, lo entenderé. Pero espero que vengas.

Gianna estuvo a punto de negarse a coger el sobre, pero la curiosidad y la súplica en los ojos de Elle se lo impidieron. Lo cogió y dejó caer la mano a un costado como si el contenido le diera igual.

—Gracias. Espero verte mañana —dijo Elle.